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—Desde que me desterraron, sí. Aunque no sabemos qué sucederá una vez que fallezcamos Wren y yo. Puede que nuestros hijos reciban esa responsabilidad, o que el Concilio de los Dioses elija a un sucesor.
—¿No eres inmortal? —le pregunto sorprendida al Viento del Norte.
Él mira a su esposa y responde:
—Hace más de dos años que dejé de ser inmortal.
Ese dato se me clava por dentro con una extraña certeza. No sabía que fuera posible renunciar a la propia inmortalidad. Creía que era algo inherente, de la sangre.
El Viento del Norte se acomoda a su vez en el asiento y estira las piernas. Un rizo negro le cae sobre la frente.
—¿Qué le ha pasado a mi hermano? —pregunta en tono quedo—. Imagino que sigue con vida.
¿Cómo se puede definir eso de seguir con vida? ¿Qué sentido tiene seguir con vida sin poder despertar?
—Está atrapado en un sueño eterno. La oscuridad se ha cernido sobre mi reino.
Wren y Bóreas intercambian una mirada silenciosa. La ternura y el amor que comparten resultan evidentes. Wren enarca una ceja al tiempo que Bóreas frunce el ceño. Ella pone los ojos en blanco con gesto juguetón y luego se gira hacia mí.
—Tienes toda mi compasión —me dice, y se pasa una mano por el muslo—, pero no estoy segura de cómo podríamos ayudarte. Jamás hemos estado en Ammara. No sabemos nada de esa oscuridad de la que hablas ni de la maldición que aqueja a Notos.
—Nada de eso es asunto nuestro —añade el Viento del Norte.
—Ah, ¿no? —digo—. Pues es que, según he podido averiguar, la bestia que escapó del laberinto te conoce… y tiene una cuenta pendiente con tu hermano Euros.
—¿Euros? —pregunta Bóreas, con suspicacia afilada—. ¿Y qué es esa oscuridad de la que hablas? ¿A qué bestia te refieres?
—En mi reino hay un laberinto que fue construido hace un cuarto de siglo para aprisionar a una bestia que proviene de la Ciudad de los Dioses.
La bestia culpa a Euros de su aprisionamiento.
Se ha aliado con un príncipe llamado Balior al que ha concedido poderes oscuros.
El príncipe Balior quiere ayudar a la bestia a cobrarse su venganza para luego extender la oscuridad por los reinos.
A lo largo de las décadas, los umbrandantes se han multiplicado por Ammara.
Creemos que hay un portal que conecta las Tierras Yermas con el laberinto por el que han escapado los umbrandantes.
El silencio se adueña de la enorme cámara llena de libros. Wren me contempla horrorizada. La expresión de Bóreas es más difícil de descifrar; supongo que es algo inherente a toda su familia. Tras un instante, Wren se gira hacia su marido y susurra:
—Pensaba que habíamos purgado a todos los umbrandantes.
—Y así fue.
Ella le clava la mirada.
—¿A todos?
—Que yo sepa, sí. —La confusión envuelve a Bóreas para luego dar paso a una inquietante idea—.
El Abismo. —Ante el desconcierto de su esposa, explica—: Todos los umbrandantes fueron eliminados…
, excepto los que estaban presos en el Abismo.
Supongo que es de ahí de donde han escapado.
—Se pasa una mano grande por los cabellos—.
Recuerdo a la bestia. Recuerdo que despreciaba profundamente a Euros.
No estoy seguro de cómo consiguió expulsarla de la Ciudad de los Dioses teniendo en cuenta que por aquel entonces ya llevaba siglos desterrado. Imagino que encontró el modo.
—Con independencia de que tu hermano consiguiese aprisionar a la bestia —digo para reorientar la conversación hacia el tema más acuciante—, hay poca gente lo suficientemente poderosa como para enfrentarse a esta oscuridad. Notos es uno de ellos. Si queremos vencer…
—Lo amas —dice Wren con ojos tiernos.
Se me escapa una repentina exhalación del pecho. Dioses, por supuesto que sí.
—Sí. —Tras un instante, prosigo—. Entiendo que nos acabamos de conocer y que no me debéis ninguna lealtad, pero os suplico que me ayudéis a salvar a Notos, a devolverle la consciencia. ¿Hay algo que podáis hacer? Lo que sea.
Wren tamborilea con un dedo sobre el reposabrazos de su asiento, con la cabeza ladeada y la expresión reflexiva. El ritmo se detiene.
—El Concilio de los Dioses.
Bóreas frunce el ceño con más animadversión de la que yo jamás haya visto en una sola persona. Resulta bastante impresionante.
—No es una opción, y lo sabes.
Ella se encoge de hombros, totalmente impertérrita ante la reacción de su esposo.
—Vale la pena intentarlo.
—Será una pérdida de tiempo.
—Siempre tan pesimista.
Me adelanto hasta el borde de la silla. Euros también mencionó el Concilio de los Dioses.
—¿Cómo puedo hablar con ellos?
—No lo entiendes —responde Bóreas, clavándome una mirada asesina—. Hablar con ellos no es una opción. Está prohibido.
Justo lo que me dijo el Señor de la Montaña. Pero si el laberinto me ha traído hasta las Tierras Yermas, es porque debe de haber un modo de saltarse esa prohibición.
—¿Por qué eres tan reticente a ayudar a tu propio hermano?
—No es que no quiera ayudarle —espeta Bóreas, con las mejillas sonrojadas de irritación—. Es que no puedo. Fuimos desterrados de nuestra tierra natal. Todos nosotros. Nuestras súplicas cayeron en oídos sordos. No hay nada que yo pueda hacer.
Aunque soy mucho más menuda que Bóreas, alzo la barbilla y le dedico una mirada altiva. Sea o no una antigua deidad, el Viento del Norte ha de saber que esto no me complace.
—O sea, que me estás diciendo que en esta empresa eres inútil.
Wren resopla y se lleva una mano a la boca.
—Me gustas —me dice, para gran exasperación de su marido.
Yo me pongo en pie y comienzo a caminar en círculos. He de hacerlo. Si me mantengo en movimiento, las sombras no me tocarán.
—Tengo que hablar con el Concilio de los Dioses.
—Lo prohíbo —gruñe el Viento del Norte.
Wren le da una patadita en la espinilla acompañada de una mirada de advertencia.
Bóreas masculla un juramento y guarda silencio.
Ella se gira hacia mí. Es un reflejo de mí misma.
Puede que ahora tenga este hogar, este amor y esta seguridad, pero no siempre fue así.
Bajo esas aristas suavizadas, veo lo que en su día fueron filos mortales.
—Mi marido lo negará —dice Wren—, pero todos los dioses tienen debilidades. ¿Qué podrías ofrecerle al Concilio que este no tenga ya?
Hubo una época en la que mi respuesta habría sido: poco, casi nada, nada. Las deidades desean el poder por encima de todo, y yo no tengo poder que regalar. Sin embargo, mis manos ya no están tan vacías como yo creía.
—Algo puedo ofrecer, sí —digo, ignorando la punzada en mi esternón. Si esto es lo que hay que hacer, que así sea.
—En ese caso, no hay tiempo que perder —dice Wren.
Los dos salen de la biblioteca y yo les piso los talones.
El Viento del Norte y su férrea esposa recorren numerosos pasillos.
Al cabo nos detenemos frente a una puerta forjada en oro batido entre docenas de puertas repartidas por un corredor.
Bóreas estudia el ornamentado pomo con notable desagrado.
—Sea lo que sea lo que ocurra tras esta puerta —me informa—, ya sea un castigo o una recompensa, yo no seré responsable de nada. ¿Entendido?
Asiento, y noto un peligroso hormigueo de esperanza.
La puerta se abre. La cálida luz del sol se derrama desde el otro lado.
—Buena suerte —susurra Wren.