El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 33 #2
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Aunque no alcanzo a ver el interior de la capucha del Señor de la Montaña, estoy segura de que sus ojos buscan los míos. Siento un hormigueo por toda la piel. Quizá el hermano de Notos no es tan frío como yo había creído.

—Gracias —digo, y vuelvo a hacer otra reverencia al tiempo que una ráfaga de viento cargado de lluvia me sopla a la espalda.

«Que tengas suerte.»

Monto en mi yegua y la guío por el sendero que bordea la ­ladera de la montaña.

Horas más tarde llegamos al palacio. Desmonto y corro hacia el patio donde descansa el laberinto.

Toda la zona está desierta. No me sorprende.

Muchos de los guardias murieron durante el ataque.

Otros, gravemente heridos, se están recuperando en el dispensario.

Así pues, la arcada por la que se entra en el laberinto está abierta para quienquiera que se atreva a cruzarla.

Coloco la palma de la mano sobre el símbolo tallado en la puerta y la abro con un quejido de madera vieja.

He dejado atrás el miedo. Estoy ansiosa por descubrir lo que me espera en el interior, el cambio que pueda conseguir.

Una oscuridad fría y susurrante me aferra, me rodea con su frígido abrazo y me arrastra hacia altos muros de piedra cubiertos de una pesada penumbra.

Ahí está el espejo, como si me esperase.

Contemplo el cristal reflectante y veo a una mujer que se ha obligado a llegar al mismísimo límite de lo que significa ser hija, princesa, ciudadana de su pueblo. Tiene veinticinco años aunque las arrugas de su rostro sugieren muchos más.

Sin embargo, lo que estudio son sus hombros.

¿Por qué no están hundidos? ¿Cómo es que no está encorvada de tantas cargas pesadas?

No es el caso. Enderezo aún más la espalda y comprendo algo más.

Estoy ante el reflejo de una mujer que ha vivido.

Su vida ha tenido facilidades y sufrimiento, pruebas y triunfos.

Una mujer que sabe lo que quiere. Y a la que ya no le da miedo exigirlo.

Extiendo la punta de los dedos y toco la fría superficie del espejo, que ondula, tiembla y revela una puerta que lleva a profundidades desconocidas. Esbozo una sonrisa.

Y cruzo.

Me encuentro en un amplio corredor de piedra ribeteado de incontables puertas.

Están hechas de vidrio y madera, de yeso y barro, de hierro escarchado.

Algunas poseen ventanas redondas de cristal tintado.

Otras están hechas de diminutos azulejos que forman arrebatadores mosaicos.

Y aún hay más, pintadas de lila y escarlata.

Incluso una cubierta de enredaderas trepadoras.

El aire helado me pica en la nariz. No capto ninguna familiaridad en él, tiene un aroma foráneo, vívido y frío, que me hiela la piel. Lentamente, giro sobre mí misma. ¿Me ha traído el espejo a las Tierras Yermas, tal y como yo esperaba?

Con un fruncimiento de ceño, empiezo a caminar.

Mis sandalias se deslizan sobre las baldosas grises con un siseo.

Al final del pasillo, giro a la derecha.

Más puertas, docenas de ellas. Abro la más cercana, que está hecha de madera y cubierta con una mano de descascarillada pintura blanca.

Contemplo el otro lado, conmocionada: montañas cubiertas de nieve, una resplandeciente cascada congelada.

Cierro esa puerta y abro la siguiente. Un callejón atestado que desemboca en la plaza de un mercado.

La cierro y avanzo a toda prisa. No tengo la menor idea de lo que estoy buscando.

—¿Quién eres?

Giro en redondo al oír la pregunta y veo a una mujer al otro extremo del pasillo.

Lleva en brazos a un bebé envuelto en mantas.

A la altura de sus rodillas, un niño pequeño se aferra a la costura de su vestido color musgo.

No parece ser ammarana, aunque tiene la piel tan oscura como la mía.

Da un paso al frente y a sus ojos asoma un destello de advertencia al decir:

—Si en algo valoras tu vida, más te vale que hables. ¿Quién eres? ¿Cómo has llegado aquí?

Mi postura refleja la suya: piernas bien afianzadas, hombros cuadrados.

—Soy la princesa Sarai Al-Khatib —digo, una declaración adecuada para este enorme pasillo de piedra—. ¿Con quién tengo el honor de hablar?

Ella entrecierra los ojos y me dice:

—¿Cómo has entrado en mi casa, princesa Sarai Al-Khatib?

Una pregunta excelente, aunque no ha respondido a la mía con su propio nombre. No la culpo.

—Sé que puede sonar extraño, pero he entrado a través de un portal desde mi propio reino.

La mujer tuerce la boca con gesto suspicaz. La larga cicatriz que tiene en la mejilla derecha se estira. Me fijo en que tiene las botas muy desgastadas. Desde luego, ni ha crecido ni vive entre algodones.

—¿Y de qué reino se trata?

—Mamá. —El chico alza una manita. La mujer se la agarra con un gesto mudo de consuelo.

—Se llama Ammara —digo—. Vengo de Ishmah, la Ciudad Roja.

—Ya veo. —Frunce el ceño mientras su hijo intenta subírsele por las piernas y el bebé que lleva en brazos empieza a protestar—. Es cierto que estas puertas llevan a otros reinos. Sin embargo, eso no explica tu presencia aquí. No sabía que otras personas pudieran cruzarlas a voluntad.

Si tuviese algo que se asemejase remotamente a una explicación, se la daría de buena gana. Tal y como está la situación, solo puedo contarle la verdad:

—No sé cómo funciona el laberinto exactamente, pero he venido en busca de una persona en concreto. Creo que por eso me ha traído a este lugar. Quizá sintió que aquí podríais ayudarme.

—¿Y cómo podríamos ayudarte, Sarai Al-Khatib?

—He venido a buscar a Bóreas.

Sus ojos se entrecierran y rodea con un brazo a su hijo para escudarlo. Mira por encima de mi hombro y niega levemente con la cabeza, pero cuando yo me giro, no veo nada, apenas un destello de luz. Con voz queda, me pregunta:

—¿Para qué quieres ver a Bóreas?

En vista de que esta mujer parece a punto de apuñalarme o de pedir refuerzos, decido poner toda la carne en el asador:

—Estoy enamorada de su hermano, el Viento del Sur. Es uno de los…

—Anemoi —dice ella—. Lo sé.

Nos miramos la una a la otra con una mezcla de cautela e interés reticente. Qué extraño, qué rematadamente extraño, poder mirar a esta mujer desconocida y sentir como si contemplase una especie de reflejo mío.

—¿Qué sabes tú de Notos? —le pregunto.

La mujer vacila. Su cautela es patente, pero la curiosidad puede mucho más. Aprieta contra sí al bebé y le murmura algo a su hijo, que la suelta y se queda ahí plantado con un mohín.

—Me llamo Wren —dice—. Ven conmigo.

Me lleva por una ornamentada escalinata con una barandilla resplandeciente.

Todos los pasillos que cruzamos están ribeteados de puertas.

Giramos un recodo y entramos en una biblioteca de paredes esbeltas y curvas con una impresionante colección de libros.

Su hijo corre entre las estanterías de la biblioteca con sus dos piernecitas rechonchas, gritando:

—¡Papá!

Un hombre se levanta de un sillón acolchado cerca de una ventana.

El chico da un salto y el hombre lo atrapa en el aire y lo gira en sus brazos con una risa grave y retumbante.

Sus facciones de tono alabastro están talladas en mármol, y sus ojos son del pálido color de la escarcha.

Sin embargo, en cuanto me ve, su semblante se cierra en banda.

—Hola, amor mío. —Wren alza la cabeza para darle un beso, que él le devuelve con una ternura que contradice el aire agresi­vo que lo envuelve de repente. Ella intenta apartarse, pero él la aprieta contra sí y se coloca como un escudo ante mí para proteger a su mujer y a sus hijos.

—¿Quién es? —Su voz repta, grave y fría.

—Es Sarai Al-Khatib. —Wren no parece ni percatarse de este intento de protegerlos. Le tiende al bebé envuelto en cobijas, que suelta un pequeño chillido de enojo—. Es nuestra huésped.

—Sí, pero ¿quién es? —El hombre mece al bebé hasta que este se calla y me recorre de la cabeza a los pies con ojos entrecerrados—. Ese nombre me suena.

—Te lo acabo de decir —dice Wren—. Es nuestra huésped.

—Pero no la hemos invitado.

Wren suspira y se gira hacia mí, con la boca torcida en una ­expresión sardónica.

—Te presento a mi esposo, Bóreas, el Viento del Norte. —H ace un gesto hacia el hombre, que me sigue clavando la mirada, con aspecto de tener más ganas de clavarse hierros al rojo en los ojos que de hablar conmigo—. Te prometo que no da tanto miedo como parece.

Así que este es Bóreas. Es tan diferente de Notos como un pez lo es de un pájaro, tanto en apariencia como en talante. Notos es seguridad y estabilidad, mientras que su hermano está hecho de la negrura del invierno.

—He venido a suplicar vuestra ayuda —les digo—. Notos tiene problemas.

El Viento del Norte se endereza. Parece más rígido aún que antes, si algo así es posible.

—¿Qué le ha pasado a mi hermano?

Niego con la cabeza.

—Nada bueno.

—Siéntate, por favor. —Wren señala hacia un sillón cercano y luego exclama—: ¡Orla!

Una mujer de aspecto agradable y rechoncho, con un sencillo vestido, irrumpe de golpe en la biblioteca.

—¿Sí, mi señora?

—¿Te importa llevar a los niños a la cama, por favor? —Bóreas le tiende al bebé envuelto en cobijas. Su hijo hace un mohín, pero agarra obediente el vestido de la mujer, consciente de qué implica irse a la cama—. Gracias.

La mujer sale de la estancia y yo parpadeo, estupefacta. ¿Acaso me engañan mis ojos? Acabo de ver brillar la luz de una vela a través del cuerpo de la mujer. De su cuerpo transparente.

—¿Qué es esto? Puedo… puedo ver a través de ella.

—Orla es un espectro —responde Wren, y toma asiento en el sillón junto a su marido—. Al igual que todos los que trascienden al más allá. Como señor de las Tierras Yermas, Bóreas es responsable del juicio de los muertos. Te aseguro que son bastante inofensivos.

Miro a Bóreas.

—¿Siempre has juzgado a los muertos?