El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 33
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A pesar de la gran esfera que es el sol, no veo más que humo.

Ishmah, abrasada y derruida, es una ruina achicharrada en las semanas que siguen al ataque del príncipe Balior.

El humo es horrendo. Mis ojos se encuentran en un estado constante de irritación, aunque no sé si es por el humo o por las horas que me paso llorando.

Ishmah ha soportado mucho, al igual que yo misma, al igual que todos los que tienen su hogar en la Ciudad Roja.

Hay cadáveres amontonados por las calles, tanto de personas como de umbrandantes.

Desde las ventanas de mi despacho veo que la gente saca arrastrando cuerpos de los edificios derruidos: madres, primos, tíos, amigos.

Seres queridos que caen de rodillas presos de la angustia.

Gritan y se tiran de los cabellos. Suplican a los dioses, a cualquiera que los pueda escuchar.

Cuando lo veo, me llevo una mano al corazón y les deseo la paz en el más allá.

En dos ocasiones me he internado en la ciudad en busca del consuelo de las historias de Haneen, en las que hay amistad, aventura y triunfo.

Desde que la bestia escapó del laberinto, Amir se ha enterrado prácticamente en los trabajos de reconstrucción.

Cuando no está en alguna reunión con el consejo o ayudando a reconstruir el anillo inferior —donde ha tenido lugar la peor parte de la devastación—, se encarga de organizar funciones para distraer a la corte de todo lo que esta ha perdido, de la certeza de que se ha liberado un mal aún mayor.

Yo no asisto a estas funciones, ni tampoco Tuleen, que está encinta. Aunque Amir hace todo lo posible para volver a recomponer nuestra ciudad, yo me mantengo encerrada. Mi mente se hace pedazos en un esfuerzo por resolver una situación que no se puede cambiar ni alterar a fuerza de voluntad.

He escrito cartas. He depositado ofrendas en cada templo derruido, en cada santuario diminuto y olvidado. He leído cada libro, tomo, pergamino y carta de la enorme biblioteca de Ishmah. He implorado a los dioses. «Salvadle», he suplicado. «Salvad a este dios al que amo.»

El Viento del Sur sigue yaciendo en mi cama.

Tumbada en el borde del colchón, me apoyo contra él y le aparto el cabello de la frente. Su ancho pecho se hincha y se contrae con suaves exhalaciones. Su piel está caliente al tacto.

No murió, tal y como yo había supuesto cuando se atravesó el corazón con la daga del príncipe Balior. Cuando me di cuenta de que seguía con vida, derramé lágrimas de gratitud. Pero los días pasaron y no se despertó. De algún modo, se ha sumido en un sueño eterno.

Le he fallado de muchas maneras. He malgastado mucho tiempo. Muchísima amargura e ira mal dirigida. De no haber estado tan absolutamente enterrada en la cueva oscura de mi trauma, quizá el destino se hubiese desarrollado de otra manera. Tal y como ha salido todo, no hay respuestas, no hay cura.

Alguien llama a la puerta.

—¿Sarai?

Yo cierro los ojos ante una repentina oleada de agotamiento.

—Pasa.

La reina Tuleen Al-Khatib de Ammara entra en mis aposentos, vestida de negro en señal de luto. La puerta se cierra con un suave chasquido.

En lugar de acercarse a la cama, Tuleen se dirige a la ventana, cerrada tras las cortinas echadas. Agarra la pesada tela y me mira en busca de permiso.

—¿Puedo?

Me encojo de hombros, y ella aparta las pesadas cortinas. Una luz frágil se derrama por la penumbra. Acto seguido, Tuleen llena un vaso de agua de la jarra que descansa en mi mesita de ­noche.

—Bebe —dice, y me tiende el vaso. Lo acepto sin protestar y apuro hasta la última gota.

Tras tomar asiento en la silla frente a la cama, Tuleen me mira con preocupación.

—¿Algún cambio? —pregunta en tono vacilante.

—No.

Lo he intentado todo, pero el Viento del Sur no despierta. Ella contempla su rostro suave y terso. Tiene hinchada la piel alrededor de los ojos, señal de haber dormido poco.

—¿Qué piensas hacer?

—He hecho todo lo que he podido.

Ahora he de preguntarme qué pasará a continuación.

¿He de permitir que Notos siga durmiendo?

¿Es justo mantenerlo en este estado intermedio sin esperanza de resurrección?

¿Cómo impactaría algo así en mi vida? ¿Podré seguir adelante o me obsesionaré con lo que aflige a Notos, tal y como me obsesioné con mi propio dolor?

Tuleen se reclina en la silla.

—No sabía que eras de las que se rinden fácilmente —murmura.

Yo me envaro.

—No me estoy rindiendo. Es que…

La reina de Ammara enarca una ceja. Muy astuta.

Tiene razón. No se trata de aceptar o no el estado de Notos.

Se trata más bien de saber hasta dónde estoy dispuesta a llegar para que regrese.

Me doy cuenta de que hay algo que no he hecho.

Quizá lo único que podría despertar al Viento del Sur de ese condenado sueño.

Me pongo en pie, con la piel hormigueando por una emoción a la que no me atrevo a poner nombre.

—Volveré.

Ella hace un gesto con la cabeza, con un atisbo de sonrisa de satisfacción.

—Yo vigilaré a Notos por ti.

Sospechaba que lo haría. Pero yo…

Yo necesito un caballo.

Horas más tarde llego a la cima del Monte Syr.

Un viento árido me despeina el cabello. Me apresuro a desmontar.

Dejo que Zainab se ponga a pastar por entre las escasas hierbas que asoman por las grietas del suelo.

El cielo en las alturas es una boca enorme que todo lo devora.

En la lejanía, Ishmah resplandece bajo ondas de calor, una mancha roja y borrosa.

No hay tiempo que perder. Tal y como imagino que padre hizo hace mucho, me arrodillo ante el gran trono desde el que se ve toda Ammara, el más sagrado de sus santuarios. Estoy tan desesperada que me siento mareada. ¿Y si esto no funciona? Pero, por otro lado, ¿y si sí funciona?

—Señor de la Montaña, yo te lo imploro. ¿Me concedes audiencia, por favor?

El aire tiembla y, tras un parpadeo, el Señor de la Montaña, Euros, se hace visible, apoltronado en el enorme trono. Es portentoso, inmenso. Dos puntos brillantes relucen en el interior sombrío de su capucha.

«Hola, Sarai.» Su voz grave y áspera me pone los vellos de punta. «No esperaba verte tan pronto.»

Yo tampoco. Me inclino hacia delante y rozo con la frente la piedra erosionada del primer escalón. Hoy soy fuerte, y lo seré todos los días que me quedan.

—Señor de la Montaña, hace veinticinco años, mi padre se postró a tus pies y te suplicó que me salvases la vida. Ahora yo he venido a pedirte un favor similar.

El dios guarda silencio. Me contempla con una inmovilidad de depredador. Digo:

—Notos ha sucumbido al sueño eterno. He de saber cómo revertir su estado.

Un viento caliente sopla por esta tierra yerma. No huele a desierto, sino a dulce lluvia. Sin embargo, cuando alzo la cabeza, no veo una sola nube que manche la franja azul del cielo.

«¿Cómo ha sucedido?», pregunta el dios.

Brevemente, le explico las circunstancias que han desembocado en el estado actual del Viento del Sur.

«Descríbeme la daga.»

—Era antigua, deslustrada. Tenía una esmeralda en el pomo.

Él se endereza…, la única señal de interés que capto.

«¿Una esmeralda, dices?»

Asiento, curiosa.

«Si eso es cierto, parece que el príncipe Balior se las arregló para hacerse con una hoja tocada por los dioses.

El pomo de esmeralda distingue a las armas que pertenecen al dios Sueño, que las suele empapar con un poderoso elixir.

Parece que ese elixir ha infectado a Notos.

Por desgracia», prosigue el Señor de la Montaña, «eso significa que no puedo ayudar a Notos.

» No suena en absoluto afectado, aunque supongo que no debería sorprenderme habida cuenta de la última interacción que tuvieron los dos hermanos.

«Ni siquiera yo tengo poder para anular la influencia de Sueño. »

—¿Y quién la tiene? —pregunto, porque si hay algo que he aprendido de los dioses, es que siempre existe una autoridad mayor.

«Eso no importa. Eres mortal, no se te permite hablar con ellos.»

—¿Y eso quién lo dice?

«El Concilio de los Dioses.»

Si no ando equivocada, Notos mencionó en una ocasión al Concilio de los Dioses.

Fueron los responsables del destierro de los Cuatro Vientos, los Anemoi: Notos, Bóreas, Euros y Céfiro.

Fueron exiliados a los cuatro rincones del mundo.

Hay pocas probabilidades a mi favor, pero me niego a aceptar la derrota.

—Por favor. —Una vez más, inclino la cabeza hasta que mi frente roza la piedra—. Sé que no tienes ninguna lealtad hacia tu hermano, pero sí que eres leal a ti mismo y a lo que es correcto.

El silencio habla. Me dice que este dios está sopesando mis palabras, aunque reticentemente.

«No puedo ayudarte», dice al cabo. La voz que resuena en mi interior está impregnada de frío, «pero quizá haya alguien que sí pueda. Bóreas…, nuestro hermano mayor.»

Me enderezo de golpe. El sol brilla en su cénit.

—¿Cómo puedo encontrarlo?

«Ya sabes cómo hacerlo.»

—Te aseguro que no lo sé.

Él pasa un brazo por el reposabrazos del trono de piedra.

«No puedo decirte nada más. El resto está en tus manos.»

Dice que ya sé dónde encontrar a Bóreas, un dios con quien nunca he coincidido. Lo único que sé de él es que gobierna las Tierras Yermas, el reino de los umbrandantes.

Y, de pronto, lo comprendo. Existe un portal que lleva a las Tierras Yermas en algún rincón del laberinto. Debo de haber recorrido hasta el último centímetro de ese lugar infernal, pero no he visto ese portal. No había ninguna salida…, excepto el espejo.

¿Qué fue lo que me dijo en su día el Señor de la Montaña?

«El espejo muestra lo que ha sido, lo que es y lo que será.

» ¿Y si el espejo es el portal? A fin de cuentas, me transportó a mis propios recuerdos.

Me mostró Ishmah bajo el fuego y el humo del asedio.

¿Quién dice que no puede transportarme a las Tierras Yermas?