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—¿Por qué? —pregunto con voz estrangulada—. ¿Por qué lo has hecho?
—Shhh. —Una mano grande se cierra sobre la mía para aplacar el temblor que me recorre desde el centro de mi ser—. No desesperes.
Sus ojos se cierran, temblorosos. Al verlo, me abalanzo sobre él con un agudo grito:
—¡Notos!
Abre de nuevo los ojos, y yo suelto un aliento tembloroso.
—Pensaba… —No puedo decirlo. No puedo hacerlo real—. ¿Qué hago? ¿Cómo te curamos?
Miro en derredor. El humo ahora es muy denso. Es difícil hablar y hasta respirar. Pego la boca al hombro y toso, me restriego los ojos empañados de lágrimas.
—No se puede —dice él en tono quedo—. La muerte por arma tocada por los dioses es irreversible.
Mi corazón, ese órgano incrustado de diamantes, se encoge hasta hacerse añicos.
—No —susurro—. No, no, no, no… Eres inmortal. Saldrás de esta. No es más que una estúpida hoja.
—Está tocada por los dioses.
—Pero… tú eres el Viento del Sur. Puedes hacerlo todo —susurro, cada vez más angustiada—. Lo he visto. Eres imparable, resiliente…
Se me quiebra la voz y agacho la cabeza. Tengo los ojos tan anegados de lágrimas que las facciones del Viento del Sur se han convertido en una mancha cálida.
—No es justo —lloro—. Acabo de recuperarte y…
—«No puedo perderte.» Ahora que sé que voy a vivir, ¿cómo puedo aceptar que sea a este precio?
Me llevo un puño al pecho para aliviar la presión que siento.
Se me contrae el semblante y se me escapa otro sollozo quebrado de entre los labios—.
¿Por qué me abandona siempre la gente a la que amo?
—No te voy a abandonar, Sarai.
—Sí que me vas a abandonar.
—No, o al menos no voluntariamente. Mírame. —Me levanta la barbilla y me mira a los ojos—. Estaré aquí siempre. —Coloca dos dedos a la altura de mi corazón—. Por favor, escucha lo que tengo que decirte.
Mis dedos rozan los suyos, como un hilo fortísimo que nos atará para siempre.
—No puedo…
—Por favor. No me queda mucho tiempo.
Aprieto los dientes en un intento de reprimir el grito que martillea contra mi mandíbula apretada. Impotente, asiento.
—Hay cosas que… lamento —empieza a decir Notos, con palabras lentas y enredadas—.
De haber sabido que mi hogar eras tú, le habría plantado cara a Fahim.
Jamás te habría abandonado. Eres mi corazón, en todos los sentidos de la palabra.
Eres la mujer con la que imaginaba que pasaría el resto de mis días.
—No pasa nada —lo consuelo, y recojo una lágrima que le brota por el rabillo del ojo—. Te perdono. Comprendo por qué te fuiste.
—Fui débil. Pensé que tu hermano sabía lo que era mejor para ti.
Pensé que yo también lo sabía. Al marcharme renuncié a la persona que me era más preciada.
Y ahora me voy a marchar de nuevo —susurra, a medida que la fuerza abandona su voz—.
Mi única preocupación es saber quién cuidará de ti si te marchas de Ishmah.
¿Quién te protegerá? ¿Quién te consolará? ¿Quién te amará?
Enjugo mis lágrimas, que brotan sin cesar. La verdad es que eso a mí también me preocupa. Me preocupa estar sola. ¿Cuánto tiempo iré a la deriva esta vez hasta que pueda volver a salir de esa nada negra, si es que encuentro fuerzas para hacerlo?
Pero no pienso echarle esa carga encima a Notos. Así que le digo que todo irá bien. Le aseguro que podré cuidar de mí misma. Tengo a Amir, a Tuleen, a Roshar. Tengo nuestros recuerdos.
—Sé quién soy —digo—. No tengo miedo.
Parte de la inquietud desaparece de su rostro al oír eso. Creo que he hecho lo correcto.
—No olvides nunca que eres fuerte. —Sus dedos se quedan laxos y sueltan la empuñadura de la daga que le asoma del pecho.
El pomo de esmeralda está cubierto de una capa de sangre—.
Eres Sarai Al-Khatib —dice con voz estrangulada y palabras torpes.
Le mana sangre de la boca—. No permitas que el mundo te diga lo contrario.
—No lo permitiré —digo, con la cabeza inclinada—. Te lo prometo. Pero… quédate un poco más conmigo.
Y pensar en todas las historias que quiero contarle, en todas las risas que podríamos compartir…
La sangre fluye por entre nuestras manos unidas, se filtra por las grietas.
—Háblame de tu infancia —le digo—. Cuéntame cuál es tu sonido favorito de todo el mundo. Cuéntame… cuéntame cómo fue venir a Ammara por primera vez.
Creí que tendría el lujo de hablar de todo esto, pero ese futuro jamás existirá.
Su expresión se contrae al recordar.
—Ammara era hermosa. Jamás había visto una tierra tan enorme, tan despreocupadamente cruda. Había poder aquí, un poder más allá de mis sueños más demenciales, aunque no provenía de ningún dios que yo pudiera ver.
Le tiembla el pecho. Gira la cabeza hacia mí.
—Y entonces te vi a ti —susurra— y comprendí que la belleza que había contemplado en el desierto palidecía en comparación con el brillo de tu sonrisa, con la inteligencia de tu mirada. Me atravesaste el corazón, Sarai. Me lo sigues atravesando.
Lloro aún más, y aplasto la cara contra su hombro.
—Notos. —Mis dedos se cierran en torno a su muñeca; ese hueso es la única ancla que tengo contra esta marea creciente.
Tal y como he aprendido ya, la vida seguirá.
El sol se alzará, la luna completará sus ciclos.
Y sin embargo, me da miedo un mundo sin la firme naturaleza del Viento del Sur—. ¿Qué puedo hacer?
—Vive la vida, Sarai. Sé feliz. —Me acaricia la cara—. Es lo único que deseo para ti.
—No quiero vivir la vida sin ti.
—Será solo por un tiempo —susurra mientras se le van cerrando los párpados—. Volveremos a vernos. Si no en esta vida, en la siguiente.
—Notos —le agarro la mano tan fuerte que bien podría dejarle un moratón—, tienes que seguir despierto.
—Sarai —dice él, arrastrando las palabras—, soñaré contigo.
Y dicho esto, el Viento del Sur se apaga.