32 #2
—Bienvenido, Notos. Me alegro de que hayas podido venir. —Hace un gesto hacia el despacho, que ahora no es más que un puñado de muebles astillados y pergaminos. Todo está cubierto de hollín—. Me habría gustado que pudiésemos encontrarnos en, digamos, circunstancias más amigables.
Notos da un paso al frente.
—Suelta a Sarai. Ahora.
El príncipe ladea la cabeza, contemplativo. Pasea la vista entre Notos, Amir, Tuleen y yo. Luego suelta un largo suspiro.
—Bueno, eres duro negociando —dice, deshaciéndose en sonrisas—. Pero está bien. —Señala a la cintura del Viento del Sur—. A cambio de la libertad de tu prometida, me entregarás tu espada. Y tu vida.
La mano de Notos se acerca a la empuñadura. El arma cuelga, protectora, en su vaina de cuero.
—Si piensas que te la voy a dar, es que estás loco —gruñe—. Por última vez: apártate de Sarai si valoras tu vida.
El príncipe Balior se echa a reír sin parar.
—¿Quieres que me aparte de ella? Es sencillo: dame tu arma.
—Ya te he respondido —dice Notos entre dientes.
—Creo que no comprendes lo peliaguda que es vuestra situación —replica el príncipe Balior.
La sombra que rodea su cuerpo me sube por el pecho hasta cerrarse amorosamente alrededor de mi garganta.
Con lentitud, la sustancia se endurece. Yo agarro su forma viscosa y forcejeo con ella sin el menor éxito.
La soga se va apretando más y más. Unas manchas negras aparecen ante mis ojos, en medio de esta luz enfermiza. Resuello, cada vez más débil.
Se oyen un rugido y un estruendo. La soga se desvanece y yo me desplomo.
Una punzada de dolor me recorre el cráneo al chocar contra el suelo.
Notos alza la cimitarra y le lanza un tajo al príncipe Balior, que levanta un escudo sobre el que se desliza la hoja.
Notos retrocede y le arroja una fina esquirla de aire al príncipe, que se tira al suelo y rueda sobre sí mismo.
Un latido después vuelve a levantarse e invoca una cúpula protectora.
El viento impacta en ella con un gran estruendo.
Una sombra mana del príncipe Balior, una criatura hecha de tinieblas con muchos brazos que se abalanzan sobre Notos y lo agarran de las muñecas, las piernas, la cintura, el pecho.
El Viento del Sur ruge e intenta liberarse.
El viento intenta cortar dos de los brazos, que se disuelven pero vuelven a tomar forma de inmediato.
Ambos hombres desaparecen tras la creciente nube de humo.
Yo aprovecho la oportunidad para arrastrarme hasta Amir y Tuleen.
Sus rostros cubiertos de ceniza asoman bajo las mordazas, pálidos de miedo.
Casi he llegado hasta Tuleen cuando una bola de sombras destroza las estanterías.
A ella se le desorbitan los ojos y empieza a sacudir la cabeza, frenética.
Algo se enrolla alrededor de mi cintura y me lanza hacia atrás de un tirón.
Me estrello contra el pecho del príncipe Balior.
—Basta ya —espeta, y, de pronto, una larga daga de acero se materializa en medio de la oscuridad que mana de su mano extendida.
Yo contemplo la daga. Mi hermano está apoyado contra una pared, con los brazos en una postura antinatural, porque se ha dislocado el hombro al intentar librarse de sus ataduras.
Tuleen, por su parte, contempla al príncipe Balior con total repugnancia.
El miedo que la ha obligado a agazaparse en el suelo se ha endurecido, se ha convertido en algo irreductible, implacable.
—¿De dónde has sacado esa arma? —pregunta Notos. Contempla como hipnotizado la empuñadura: gemas talladas y acero bruñido.
—La he conjurado del reino de los dioses.
—Me la coloca bajo la mandíbula y la aprieta contra el punto del cuello donde me late el pulso.
Yo me encojo ante el beso helado del metal—.
Ahora ya ves que hablo en serio. Con esta arma tocada por los dioses puedo matarte yo mismo si es necesario, pero prefiero darte la oportunidad de acabar con tu existencia en tus propios términos. Si te niegas, tu amada morirá.
Aprieto los dientes e intento reprimir las lágrimas. El dolor que siento en la parte trasera del cráneo se ha vuelto insoportable. Me siento a punto de desmayarme.
—¿Por qué haces esto? —le siseo al príncipe—. ¿Por qué no te marchas de Ammara tal y como viniste? Regresa a Um Salim y déjanos reconstruir todo lo que hemos perdido.
—Pretendo reconstruirlo todo, Sarai. —Roza la herida que tengo en la parte de atrás de la cabeza.
Yo me encojo con un gemido bajo—. Pero esta tierra será diferente ahora que la bestia ha sido liberada.
Con el poder que me ha sido concedido, puedo gobernar sobre Um Salim y extender nuestras fronteras, compartir nuestra prosperidad con naciones menos desarrolladas.
Puedo asegurarme de que nuestro reino jamás tenga que inclinarse ante fuerzas mayores.
—Necio. —La voz del Viento del Sur es puro trueno—. ¿Tienes la menor idea de lo que has hecho? La bestia hará llover fuego sobre tu reino y sobre todos los demás.
El príncipe Balior le dedica una mirada insulsa.
—La opinión que tengas de mí me da igual, Notos. Sé bien de lo que es capaz la bestia. Y sé bien que busca venganza. No puedo arriesgarme a que le claves una espada tocada por los dioses una vez que haya recuperado su forma humanoide.
Porque el poder del príncipe Balior depende de la vida de la bestia, comprendo. Aunque no es divina en sí misma, sí que es descendiente de un toro divino. Es vulnerable a las armas tocadas por los dioses.
El príncipe desliza la punta de la daga por mi clavícula y dice:
—Podemos hacerlo por las buenas o por las malas. Tu vida o la de Sarai. Tú eliges.
El Viento del Sur se queda petrificado. Un gemido amortiguado sale de la boca de Amir, que se arrastra de rodillas hacia delante hasta que un látigo de sombras le golpea la cabeza y se la sacude hacia un lado.
Verlo me estremece por completo. El príncipe escupe un juramento.
Clava las puntas de los dedos justo en la articulación de mi cuello, junto al hombro, y me obliga a quedarme quieta.
Yo jadeo, con los ojos desorbitados de desesperación.
—No te lo voy a volver a preguntar —dice el príncipe Balior.
El Viento del Sur estudia a su adversario. Poco importa que no sea mejor espadachín que él. Ahora mismo, el príncipe tiene ventaja.
—Acepto el trato —dice Notos—. Con una condición. No quiero morir por mi propia cimitarra, pues hace muchos siglos que me acompaña. Te la cambiaré por tu daga y me quitaré la vida a cambio de la de ella.
Yo lo miro, boquiabierta.
El príncipe Balior también se queda pasmado, a juzgar por el silencio que sigue. Sin embargo, es un hombre muy codicioso. Quiere lo que quiere.
—Acepto.
—Notos, no. —Se me rompe la voz.
Él me mira, con ojos increíblemente tristes. Mis pulmones se crispan, se me corta la respiración. El humo desciende como un denso velo entre nosotros. ¿Por qué me siento como si ya hubiera muerto?
—Si se te ocurre alguna jugarreta —advierte el príncipe Balior—, le romperé el cuello.
—¡Espera! —Vuelvo a forcejear. El príncipe Balior me clava los dedos más hondo en el hombro y me obliga a quedarme quieta.
La sombra se aprieta sutilmente en torno a mi cintura—.
Esta… esta no es la solución. Notos, por favor…
, piensa en lo que estás haciendo. —Mi pánico crece sin parar.
Debe de haber otro modo. Una laguna en su razonamiento.
Sin embargo, en este momento me siento impotente, poco más que un animal que da vueltas en su jaula—.
Una vez que lo hagas, no habrá vuelta atrás.
Él agacha la cabeza, con gesto derrotado.
—Si he de elegir entre tu vida y la mía —dice—, no hay nada que elegir. Doy de buena gana mi vida por la tuya, Sarai.
El Viento del Sur le tiende la espada por la empuñadura, y la daga del príncipe flota por el aire hasta su mano extendida.
Notos contempla el brillo opaco de la hoja, la punta afilada.
Me mira a mí. Y entonces comprendo que ha tomado la decisión.
Aprieto los dientes, temblando. Me corren lágrimas por la cara.
—No te vayas —susurro.
—Perdóname —dice Notos, y se clava la daga en el corazón.
Hay un grito.
Es un sonido estridente y quebrado que proviene de las más oscuras profundidades del dolor. El grito sigue y sigue. No me doy cuenta de que brota de mí hasta que la tensión de mi garganta me obliga a cerrarla y, de pronto, el alarido se corta de golpe.
La sangre empapa la túnica del Viento del Sur. Se le escapa una brusca exhalación, un sonido húmedo y roto. Dobla la columna hacia delante, como una torre de piedra que se desploma. Yo me abalanzo hacia él y lo agarro antes de que caiga al suelo.
El príncipe Balior contempla al dios caído con gesto desapasionado. Luego mira a Amir.
—Dile al hermano de Notos que la bestia va a por él.
Dicho esto, se confunde con las sombras y desaparece.
Siento que el corazón se me va a salir del pecho. Apoyo a Notos en el suelo; la alfombra ya está empapada de sangre. Me va a abandonar. No quiere irse, pero estoy viendo igualmente cómo desaparece.
Un juramento en voz baja aparta mi atención de Notos. Tuleen se libra de la cuerda; ha conseguido desatar el nudo. Después de liberar a Amir, se me acerca a trompicones y se quita la mordaza de la boca.
—¿Cómo te ayudo?
El Viento del Sur me mira, con la respiración trabajosa. Sus ojos están nublados; ya no es capaz de centrar la vista.
—Busca un sanador… si puedes —susurro.
Tuleen sale corriendo de la habitación. Amir la sigue, probablemente para asegurarse de que su esposa no sufre ningún daño.
Y entonces, Notos y yo nos quedamos solos.
Su silueta se convierte en un borrón ante mí; las lágrimas de mis ojos la distorsionan antes de caer.
El aire está cargado, afilado. Me duele respirar y necesito hacer un gran esfuerzo para alzar las manos y colocarlas sobre las ásperas mejillas cenicientas del Viento del Sur.