El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 32
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–G racias por unirte a nosotros con tan poca antelación, Sarai.

El príncipe Balior se acerca tan campante por el despacho hacia el rincón donde han dejado tanto a Tuleen como a Amir.

Están atados, amordazados, con el rostro hinchado y magullado.

Nos encontramos en la parte alta del palacio, entre las nubes y el humo arremolinado.

El cielo está pintado de negro. Un aire denso y preñado de polvo entra por la ventana, pero el príncipe Balior parece totalmente despreocupado ante la grisura que se desplaza por la estancia.

Yo toso a causa de la abrasión que siento en la garganta.

Tras el príncipe Balior se extienden la ceniza y las llamas.

A pesar del terror que me debilita las rodillas, me obligo a enderezarme. Sin vacilación. Sin miedo.

—¿Acaso has perdido el juicio? ¿De qué te va a servir este reino si lo quemas hasta los cimientos? —Señalo al rey y a la reina de Ammara—. ¿Así piensas tratar a la gente bajo tu nuevo régimen? Eres una desgracia.

Él curva el labio superior.

—Tus intentos de avergonzarme no darán resultado. Deberías darme las gracias por haber permitido que estos dos sigan con vida. Sobre todo ella, que se ha mostrado especialmente salvaje. —Se señala un tajo cerca del ojo del que aún mana sangre.

Una profunda sensación de orgullo me hincha el pecho. Tuleen es toda una luchadora.

—Deja que se vayan. No te han hecho nada.

—¿Crees que soy un necio? —Se pasa los dedos por entre el cabello—. No, me parece que de momento los voy a dejar aquí.

Me abalanzo sobre mi familia, pero unos zarcillos sombríos se desplazan por el suelo, me agarran del tobillo y me arrojan hacia atrás de un tirón. Mi espalda choca contra una pared y caigo con un fuerte resoplido. La sombra retrocede y vuelve a la palma extendida del príncipe, donde se desvanece.

—Princesa Sarai. —Da un paso al frente y la oscuridad se acumula bajo sus botas, como si pisase sobre charcos de tinta—.

Por desgracia, tus modales parecen haber empeorado durante el tiempo que hemos estado separados.

Deja que te lo explique. Por la presente eres mi invitada; vas a presenciar todo lo que está a punto de suceder. Te moverás solo si yo te lo permito.

Nada de esto es real. Pero los gritos son demasiado penetrantes como para confundirlos con otra cosa.

Los ojos de mi hermano y de Tuleen están desorbitados de miedo y desesperación.

Con cautela, me pongo en pie. El príncipe Balior no es un dios, pero tiene el mismo poder que si lo fuera.

Un regalo de la bestia a la que ha liberado.

—¿Qué quieres? —exijo saber.

Él chasquea la lengua.

—Admitiré —dice— que no te creía capaz de escapar viva del laberinto. Pero poco importa ya. Me alegra tener más público. Así de hospitalario soy.

Examino al príncipe con cuidado. Da la sensación de ser más alto de lo que era la última vez que nos vimos.

Sus ojos negros parecen absorber la luz en lugar de reflejarla.

Se muerde el labio inferior con unos dientes de un blanco resplandeciente.

Tiene las mejillas henchidas, como manzanas maduras, y los pómulos tocados de un saludable tono rosado.

—Ya has hecho lo que viniste a hacer —digo en tono brusco—. Lo has conseguido. Márchate de Ammara, deja a su pueblo en paz. Permítenos reconstruir la capital. No te pertenece.

El príncipe Balior me contempla como se contemplaría a una niña particularmente obtusa.

—A mí Ammara me da igual. Siempre me ha dado igual. ¿De qué me sirve a mí un reino en franca decadencia? Vuestros embalses se secan. Vuestras cosechas languidecen. No tengo motivo alguno para quedarme aquí. Al contrario, Sarai. Lo que estoy haciendo es esperar.

¿Esperar a quién? Pero en realidad ya lo sé.

La más leve sonrisa asoma a su boca.

—Notos es una persona muy sensata. No querrá que la familia de su amada sea asesinada sin motivo alguno. —La sonrisa se ensancha—. Sois mi moneda de cambio, querida.

Entonces comprendo lo que he hecho. Mi presencia no hace sino contribuir al éxito del plan del príncipe Balior. Tres rehenes en lugar de dos. Siento náuseas, estoy mareada por culpa del asfixiante humo. Se me nubla la vista y me agacho en el suelo, en busca de aire puro.

—No les vas a tocar ni un pelo —siseo—. No te lo permitiré.

Con aspecto despreocupado, el príncipe Balior se mete las manos en los bolsillos de los pantalones.

—¿Y quién me va a detener?

Miro en derredor, desesperada. Amir intenta ponerse en pie con esfuerzo, pero el príncipe Balior le arrea una fuerte patada en el abdomen.

Se le escapa un grito gutural, amortiguado por la mordaza que le tapa la boca.

Tuleen está sentada, casi inmóvil, con expresión vacía.

No tengo la menor idea de dónde está Notos, de en qué estado se encuentra.

No tengo modo alguno de defenderme, ni a mí ni a mi familia.

Pero no es la primera vez que me enfrento a la adversidad.

Soy una superviviente de la cabeza a los pies.

Giro en redondo y agarro un candelabro de una mesa cercana. Lo arrojo con todas mis fuerzas a la cara del príncipe Balior. De la palma de su mano brota un puñado de sombras que me derriban tanto a mí como al candelabro volador al mismo tiempo.

Despacio, Balior se me acerca, con las facciones petrificadas en un rictus de rabia inhumana. Yo retrocedo a gatas hasta que mi espalda choca contra la pared.

Su poder de ébano me rodea el cuerpo y me estrella una, dos, tres veces contra la piedra. Siento un estallido de dolor en el cráneo; veo las estrellas. Un grito amortiguado se cuela entre el zumbido de mis oídos. ¿Será Tuleen o Amir?

Me hundo bajo el peso de la sombra. El dolor es tan intenso que se me encoge el estómago. Siento la cabeza a punto de estallar. Algo me gotea por el cabello…, sangre.

Cuando consigo abrir los ojos, veo las hermosas facciones del príncipe Balior a menos de un palmo de distancia.

—De verdad te digo que no quiero hacerte daño —susurra. Su aliento fresco me acaricia la boca—, pero, si sigues negándote a cooperar, no me quedará más remedio.

Me suelta. Mis extremidades se doblan y me desplomo contra la pared, gimoteando a causa del dolor que se acumula tras mis ojos, que se me clava en el cuello.

Con bastante esfuerzo, consigo centrar la atención en las siluetas arrebujadas de Amir y Tuleen.

Mi hermano lleva la mordaza atada con tanta fuerza que se le dibujan líneas blancas en las comisuras de la boca.

—¿O prefieres a lo mejor que castigue a tu familia en vez de a ti? —prosigue el príncipe, y se gira hacia los monarcas de Ammara—. ¿Serviría para que te lo pensases mejor?

Dicho esto, ataca con sus sombras a mi hermano. La negrura inunda las facciones de Amir, que se ve sacudido de un lado a otro, con brazos y piernas atados, incapaz de liberarse.

—¡Basta, por favor! —Caigo hacia delante y me arrastro hacia el príncipe Balior. Me tiemblan los brazos a causa de mi propio peso. Todo mi entorno se emborrona y vuelve a perfilarse—. Cooperaré…, pero no les hagas daño.

El príncipe reflexiona sobre mi súplica, pondera mi desesperación.

Aprieta un puño y la sombra se desvanece.

Amir se derrumba sobre el suelo, jadeando, con los ojos desorbitados.

A mí se me contrae el pecho. De no haber estado tan consumida por el resentimiento hacia Notos, ¿habría sabido identificar las aviesas intenciones del príncipe?

Si no soy capaz de matarlo, ¿qué he de hacer?

—Me alegra saber que has cambiado de opinión, princesa Sarai. —Me dedica una mirada de compasión—. Lo único que necesito es una audiencia con el Viento del Sur. No puedo arriesgarme a que mate a la bestia que he liberado. De lo contrario arruinaría mis planes. Estoy seguro de que lo entiendes.

—¿Y cuáles son tus planes? —Aparte de propagar la oscuridad por los reinos mortales.

—Por desgracia, no puedo decírtelo.

Valiente necio arrogante.

—Has sido engañado —digo con voz firme—. Eres una herramienta para la bestia, nada más. Le has concedido lo que deseaba, la libertad, y ahora ya no le resultas útil.

Compruebo con satisfacción que las palabras le impactan. Capto un sutil cambio en sus facciones.

—La bestia necesita mi protección hasta que tenga pleno uso de sus facultades, hasta que se complete su transformación. Sin mi protección es vulnerable.

—¿Y qué pasará cuando se haya recuperado del todo? —insisto, y veo que las leves grietas de su seguridad se agrandan—. ¿Quién dice que no recuperará el poder que te ha concedido?

Él alza una mano, con una mirada oscura en los ojos.

Entonces la puerta sale volando de sus goznes y recorre toda la estancia hasta estamparse contra las estanterías con un estruendoso crujido de astillas.

Varios tomos pesados caen sobre el escritorio, que acaba volcado.

Tuleen ahoga una exclamación bajo la mordaza, al tiempo que el príncipe Balior me agarra del pecho y me levanta de un tirón, rodeándome la cintura con un zarcillo sombrío.

El Viento del Sur agacha la cabeza para entrar en la habitación impregnada de humo.

Un viento inmenso aúlla y se convierte en un vórtice arremolinado de humo, ceniza y escombros.

Un instante después, el viento muere. En silencio, Notos recorre todo el espacio con la mirada: los monarcas de Ammara, atados y amordazados; yo misma, inmovilizada contra el pecho del príncipe Balior.

La túnica de Notos le cuelga de los hombros, hecha jirones.

Trae la piel y el pelo salpicados de sangre y cenizas.

Sus ojos están vacíos, completamente desprovistos de emoción.

—Te lo voy a poner fácil —gruñe Notos con una voz tan preñada de rabia que casi no la reconozco—: suelta a Sarai y a su familia y te concederé una muerte rápida.

Sin embargo, el príncipe se limita a sonreír.