31 #2
Corro. El viento me impulsa, me lleva hacia delante.
Me pican los ojos por el humo a medida que me acerco a la capital.
Ahí abajo, Ishmah está en llamas. Los edificios son pequeños bloques de piedra roja, como juguetes.
Las personas son brillantes puntos de telas de colores.
Poco a poco, el viento empieza a bajarme hacia las calles de la ciudad.
Me duele el corazón ante lo que veo. El caos se extiende por todas partes.
Jamás había visto tantos umbrandantes. Debe de haber cientos de ellos.
Deambulan por todas partes, como moscas alrededor de carroña.
Rasgan la carne, sorben la vida y el aliento de los vivos.
Y mientras tanto, hordas de ciudadanos corren por la Calzada de la Reina.
Arrastran carretas, cabras, niños, todo lo que puedan cargar.
Algunos no tienen suerte. Son lentos, están enfermos, son ancianos.
Presas fáciles. Aparto los ojos y capto destellos plateados entre las sombras ahí abajo.
El ejército del príncipe Balior acorrala a los ciudadanos de Ishmah como si fueran cabras de camino al matadero.
Mis pies aterrizan al fin sobre tierra firme y me dirijo a toda prisa al palacio, arrastrada entre la corriente de quienes huyen.
Las calles están tan atestadas que es como atravesar una muralla de carne.
El sudor chorrea por todos los poros de mi piel, me resulta difícil respirar por culpa de la humareda cada vez más densa. Inspiro entrecortadamente, resollando.
Me rodean manos anhelantes, desesperación cerril. Intento mantenerme en pie. Mis súplicas para que me abran paso caen en oídos sordos. Una carretilla choca contra mis gemelos. El codo de otra persona se me clava en la cadera.
El camino describe una curva al pasar por los jardines públicos.
El aire se vuelve aún más abrasador, lo baña todo de luz anaranjada.
Más allá de la verja de hierro, las numerosas plantas del jardín sucumben bajo las llamas, que saltan entre árboles, arbustos y parterres.
Contengo una tos; me arde la garganta. Y entonces alguien grita.
Mi cabeza latiguea. No veo nada detrás de mí, pero…
ahí. Dos umbrandantes avanzan, lanzando golpes entre la multitud.
Los chillidos son escalofriantes; el camino está bloqueado al frente.
Cambio de dirección y corro por un callejón lateral.
Por desgracia, muchos han tenido la misma idea que yo. Intento colarme entre una familia numerosa cuando de pronto una mujer escuálida se gira hacia mí, con ojos enrojecidos y lacrimógenos.
—¿Dónde está mi hijo? —exclama—. ¡Tengo que encontrar a mi hijo!
Recorre con la mirada mi vestido, mi rostro desnudo y empapado de sudor. Sus ojos se desorbitan al reconocerme.
—Princesa Sarai. —Susurra mi título como si se tratase de una fortuna olvidada hace mucho—. Por favor, ayudadme.
Una mano con forma de garra me aferra del brazo. La mujer me empuja contra la pared de un edificio.
—Suéltame —gruño, pero no puedo librarme de ella.
—¡Es la princesa Sarai! —grita la mujer, entre lágrimas—. ¡Ha venido a salvarnos!
La multitud que nos rodea se abalanza sobre nosotras, se aplasta contra las paredes, trepa por montículos de residuos.
—¡Princesa!
—Mi hermana ha desaparecido, alteza…
—Haced algo para ayudarnos…
La negrura empieza a nublarme la vista, pues el humo no deja de volverse más denso. El fuego se extiende sin cesar. Aparto a la mujer de un empujón, con un jadeo. Ella vuelve a abalanzarse sobre mí, como un animal enjaulado.
—Tenéis que dejarme pasar —consigo decir.
Nadie se mueve. Mis ojos vuelan hacia un lateral y escrutan el callejón. A la izquierda, el camino está bloqueado. A la derecha también. Sin embargo, un puñado de cajones cercanos bien podría proporcionarme acceso al tejado de metal. Si no puedo avanzar ni retroceder, quizá tenga que ascender.
De un potente empujón, arrojo a la mujer de espaldas.
Salto sobre el cajón más bajo y trepo hacia el tejado inclinado.
Me aúpo, y el metal caliente me abrasa las palmas de las manos.
El dolor me electrifica y consigue que me yerga de golpe sobre la pendiente.
Me giro y contemplo a la multitud reunida. Todos me miran, esperanzados.
—Lo siento —exclamo.
No puedo ayudarlos a todos. Yo también necesito encontrar a mi familia. El sentimiento de culpa me encoge el corazón, pero giro en redondo y avanzo a saltos por los tejados en dirección a mi casa.
El camino es traicionero. He de desplazarme entre el metal candente que corona la Ciudad Roja.
Pongo mucha atención donde piso, evitando agujeros y zonas debilitadas por el óxido.
Por suerte, las casas están muy juntas, así que no tardo mucho en alcanzar el anillo superior.
Al cabo llego a un hueco demasiado grande y me veo obligada a bajar al nivel de la calle.
Cuanto más me aproximo al palacio, más denso se vuelve este humo hecho de sombras. Estoy empapada bajo el algodón del vestido; tengo tanto calor que parece que se me vayan a derretir los huesos. El aire respirable sigue menguando, y me tiembla la vista.
Otro recodo. De pronto me tambaleo y he de apoyarme contra un edificio, jadeando.
Algo más adelante, la calle está cubierta de cadáveres.
Mi mirada escruta las calles y callejones.
Vislumbro una estrechísima salida, apenas un sendero.
Me estrujo para pasar entre dos carromatos volcados y de pronto me encuentro frente a la esquina oriental del palacio.
Corro cuesta arriba, esquivando a varias cabras perdidas, madres desesperadas, centinelas cubiertos de hollín que intentan dirigir el trasiego de gente.
Algo explota a mi derecha. Los gritos son tan numerosos que se convierten en un zumbido.
Y entonces… llego al palacio. Está rodeado de un enjambre de ciudadanos histéricos que aporrean las murallas exteriores.
Dos mujeres me apartan de un golpe mientras corren desesperadas hacia las puertas, que están firmemente selladas.
Lo más probable es que los guardias hayan abandonado sus puestos y hayan huido de Ishmah con el resto de la gente. Nadie puede entrar, lo cual significa que debo encontrar otra vía de acceso.
Me abro paso entre la multitud hacia un grupo de edificios anodinos a la sombra de una de las enormes murallas. Sin embargo, mis pasos vacilan al ver lo que tengo delante. Oh, no. No, no, no… Aquí estaba el túnel que llevaba a los establos, pero un edificio se ha derrumbado y bloquea el camino.
—¡Alteza! —Giro en redondo y veo a una mujer a la que reconozco. Es una de las criadas del palacio. Tiene las mejillas cubiertas de ceniza—. Por aquí. —Me llama con un gesto desde un callejón al otro lado de la calle.
Las dos nos internamos por un túnel oculto cuya ubicación yo no conocía. Llegamos a una bifurcación y la mujer señala a la izquierda.
—El salón del trono está por ahí. Buena suerte, alteza.
Desaparece por el otro túnel. Yo avanzo. Después de lo que podría ser un kilómetro, el túnel desemboca en un almacén bajo las cocinas. Paredes de piedra áspera, oscura. El espacio es muy estrecho y en el aire flota un dulce olor a grano.
Poco después estoy subiendo las escaleras hasta el tercer piso. Aprieto el paso por el suelo de mármol, corro por pasillos ribeteados de columnas, dejo atrás jardines con estanques. No hay guardias. No hay sirvientes. Lo único que ocupa los salones del palacio es el humo.
A medio camino por un pasadizo me detengo, sin aliento, al ver una puerta a mi derecha. El letrero sobre la puerta está torcido: « Sastre Real .» Me meto dentro.
—¡Roshar!
Coloridos rollos de tela ocupan todo el suelo y las mesas del taller, pero aparte de eso, el espacio está vacío. La presión de mi pecho se relaja apenas un ápice. Bien. Sea donde sea donde esté Roshar, será mejor que estar aquí.
Los aposentos de Amir no están lejos. Llego en apenas unos minutos.
El umbral no tiene puerta; la echó abajo Notos, como vi en el espejo del laberinto.
El dormitorio, vacío. El despacho, vacío.
Todo está vacío. Doy vueltas en círculos sin parar.
¿Dónde pueden haber ido? La última vez que vi a Amir y a Tuleen, los umbrandantes intentaban entrar en sus aposentos.
Pero… no se trataba de estos aposentos, sino de los del rey.
Amir debe de haberse instalado allí después de su coronación.
Están al final del pasillo. No hay guardias junto a la entrada.
El pomo cede al girarlo y la puerta se abre sobre goznes bien engrasados.
En el otro extremo de la sala hay una ventana abierta. Las cortinas se mecen bajo el viento cargado de humo. La enorme cama está pulcramente hecha. Todo está cubierto de una fina capa de cenizas.
—¿Amir? —Lentamente, me desplazo hasta la biblioteca—. ¿Tuleen?
Abro la puerta de un leve empujón. Vacía.
Y también los dos salones. Una alarma creciente me lleva hasta la puerta que conecta con las estancias de la reina, que también están vacías.
Vuelvo por donde he venido y giro hacia el despacho del rey.
Y es ahí donde me encuentro a Tuleen, agazapada tras un escritorio junto a la ventana, con una mordaza en la boca.
Al verme entrar, sus ojos se desorbitan.
La puerta se cierra de golpe a mi espalda.