El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 31
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E l cielo es una ruina carbonizada; su extensión de color zafiro está impregnada de humo y sombras que ascienden, se arremolinan y sueltan chispas rojas.

La borrasca no deja de crecer y agitarse, como si estuviese viva, formando un dosel bajo el cual los resplandecientes tejados de Ishmah tiemblan, ondulantes, como si se encontrasen bajo una niebla de calor abrasador.

El laberinto no nos suelta en el patio del palacio.

En cambio, emergemos de una cueva en los aledaños de la ciudad.

Ishmah se extiende ante nosotros como un manto de carbones a medio apagar.

Creo que estamos a kilómetros de la ciudad.

A pesar de la distancia, los gritos resultan inconfundibles.

El humo parece provenir de la parte occidental, una zona industrial donde se encuentra la mayoría de los talleres y forjas.

Al mismo tiempo, una sombra enorme y densa descansa sobre el palacio bajo las demás emisiones, agazapada como un perro que reclama su territorio. La mera estampa me deja helada.

En algún lugar de la ciudad está mi familia. Amir, Tuleen, Roshar e incluso Haneen, cuyas historias me sacaron de esos días tan oscuros de dolor. Ibramin, bendito sea, debe de haber llegado ya a Mirash. Los que quedan aquí, junto con el Viento del Sur…, son todos mis seres queridos.

Despacio, me giro hacia el dios que me ha robado el corazón. Qué agotado parece ahora, justo en este umbral que separa la guerra de la paz, la luz de la oscuridad.

—¿Hasta qué punto estás seguro de poder derrotar al príncipe Balior y a la bestia?

Él se lleva la mano a la cara, con expresión demudada, y entrecierra los ojos.

—La bestia me ha drenado buena parte de mi poder, como bien sabes. Y ni mi espada ni el viento le afectan.

Pues sí. Jamás había visto a Notos tan exhausto. Un aleteo nervioso e irregular se adueña de mis latidos.

—Eso no responde del todo a la pregunta.

Él me mira durante un largo y tenso instante. Al cabo, solo pronuncia una palabra:

—Sarai.

Me cuesta tragar saliva. Estamos a kilómetros de Ishmah, pero el hedor a humo me irrita la nariz. Hay finos zarcillos grises que se extienden sobre la tierra sofocada de calor.

—Tu espada no pudo hacerle daño a la bestia en el laberinto, pero ¿qué pasa ahora que estamos fuera? El poder que tenía ese lugar sobre la criatura ya no existe.

Él se pasa unos dedos engarfiados por los cabellos y suelta un suspiro.

—No lo sé.

Soy muy consciente de a qué nos enfrentamos.

Y también soy consciente de que, para muchos, quizá no haya un mañana.

Yo misma incluida. Pero… había esperado que Notos fuese lo bastante fuerte como para derrotar a nuestros enemigos.

Con apenas un resto de su poder, tendrá que calcular cuánto usa. Y en qué momento.

Asiento, a pesar del miedo que me contrae el pecho. Necesitaremos todas nuestras fuerzas para librar a Ammara de este gran mal. Cada vez nos quedan menos opciones, pero no todo está perdido. Aún no, al menos.

—Ahora que la bestia ha sido liberada, ¿crees que obedecerá la voluntad del príncipe Balior?

Notos niega con la cabeza.

—Tardará un tiempo en volver a recordar la forma que tuvo.

Lo más probable es que haya huido a resguardarse en algún lugar seguro hasta que la transformación se haya completado.

La buena noticia es que será incapaz de usar su poder hasta que haya vuelto a adoptar su forma humanoide.

Aun así, seguimos teniendo que acabar con los umbrandantes.

—Y con el ejército del príncipe Balior —añado yo—. ¿Cuánto poder necesitas para acabar con todos?

El Viento del Sur hace una mueca que me crispa hasta la piel de las mejillas.

—Me temo que más del que tengo ahora mismo.

—La desesperación me envuelve, pero me mantengo firme.

No pienso flaquear—. Es probable que la bestia no se haya alejado mucho si es que quiere que el príncipe Balior la proteja.

Voy a buscarla. Mientras tanto, hemos de evacuar la ciudad.

Lo más seguro sería dirigirse a Mirash. Necesitaremos navíos de arena, tantos como podamos emplear.

Y caballos. ¿Crees que podríamos disponer de algunas de las monturas del palacio?

La incertidumbre se apodera de mí con facilidad. Aun así, me llevo la palma de la mano al corazón para calmar a la niña que albergo en mi interior. Le aseguro que soy fuerte, que cuidaré de ella de todos los modos posibles. «Estás a salvo», pienso. «Conmigo estás a salvo.»

—Esa pregunta la puede responder Amir —le digo—. He de encontrarlo. Si…

No. No quiero pensar en posibilidades aciagas.

—Pues lo encontraremos —dice Notos—. A él y a Tuleen. —Sus ojos llamean al cruzarse con los míos, con una promesa inquebrantable—. Nos aseguraremos de que estén a salvo.

Sí. El rey y la reina de Ammara deben sobrevivir. El futuro del reino depende de ello.

—¿Y qué pasa con los umbrandantes? —pregunto en voz baja.

Notos clava la vista más allá de mi hombro.

Un viento caliente me sopla entre los gemelos.

Bajo la oscuridad que se extiende, las sombras empiezan a cubrir el anillo inferior de Ishmah.

A esta distancia, quienes huyen parecen tan pequeños como hormigas.

Salen en tromba por las puertas de la ciudad y atraviesan las dunas a pie o a caballo.

Son el almuerzo perfecto para los umbrandantes que deambulan por el desierto.

—No podemos matarlos a todos —dice Notos—. Son demasiados.

A juzgar por la frecuencia de los gritos, mucha gente no escapará con vida.

Veo ahora mismo que un grupo de ciudadanos sucumbe al beso succionador de almas de las criaturas.

Sus cuerpos se derrumban en la arena. Segundos después, las cenizas de sus cuerpos resecos se esparcen con el viento.

Jamás me he sentido tan impotente como ahora, al ver caer a mi pueblo.

Soy mortal y soy débil. Esa es la amarga verdad.

—¿Podría pedirle ayuda al Señor…, a tu hermano?

Notos niega con la cabeza, con evidente frustración.

—Euros no tiene ninguna lealtad hacia mí, ni yo hacia él. Bastante me sorprende que haya respondido antes a mi llamada.

—¿Y qué pasa con tus otros hermanos?

—No hay tiempo. El mensaje tardaría días o incluso semanas en llegar hasta ellos. Y de todos modos dudo que respondan. Jamás hemos tenido buena relación. —Frunce el ceño, y la piel cuarteada de sus ojos se arruga, como grietas sobre arcilla endurecida—. Vamos a dirigirnos al palacio…

—Sería mejor separarnos —interrumpo.

—Será una broma.

—Tú mantén a raya a los umbrandantes —digo—. Y busca a la bestia si puedes. Yo me dirigiré al palacio en busca de Amir y Tuleen.

Y de Roshar, aunque lo más probable es que haya huido de la capital con su preciado Zarqan bajo el brazo.

El Viento del Sur me mira como si le acabase de proponer que nos desnudásemos en medio de una tormenta roja.

—No nos vamos a separar. Allá donde vayamos, iremos juntos.

—Hemos de separarnos —insisto—. Si estás ocupado protegiéndome, no podrás contener al ejército del príncipe Balior ni a los umbrandantes.

—Tampoco podré luchar contra ellos si estoy preocupado por si estás muerta en algún callejón —gruñe entre dientes.

Yo suelto un fuerte resoplido por la nariz. No lo voy a convencer. El Viento del Sur es de lo más terco.

—Notos, entiendo lo que dices, pero no hay tiempo.

Él se mece sobre los talones. Está tan alterado que tiene que mover el cuerpo de alguna manera. La arena empieza a arremolinarse entre sus piernas.

—Nos dirigiremos al palacio. Una vez que hayamos encontrado a Amir y a Tuleen, regresaremos al…

—Que no me estás escuchando —espeto. Mi voz se rompe, se hace pedazos—.

No puedo enfrentarme a los umbrandantes.

Sé que soy inútil en una batalla. —Puede que el violín me concediese alguna ventaja en el laberinto, pero lo he perdido.

Y de todos modos, me proporcionaba música, no milagros—. No nos vamos a separar mucho tiem…

—¡No puedo volver a perderte! —ruge. Luego suelta el aliento y hunde los hombros, sin ánimo para seguir peleando—. Otra vez no —murmura.

La muerte me ha pisado los talones toda la vida. Conozco bien el miedo paralizante que provoca. Es injusto, pero es que la vida es injusta. Esto es lo que debemos hacer. Si hemos de salvar Ammara, tenemos que separarnos, aunque sea por poco tiempo.

Alargo los brazos hacia él y rodeo su cuerpo ancho y fuerte. Lo atraigo hacia mí. Está temblando.

—No me vas a perder —le susurro, pegada a su cuello—. No lo permitiré.

Me resulta tan sencillo como respirar: pego mis labios a los suyos, le ofrezco amor y consuelo sin palabras. Nuestros cuerpos encajan como azulejos de un mosaico. La fuerza de sus brazos me rodea: un exterior endurecido que protege un corazón tierno.

Cuando nos separamos, llevo una mano a su mejilla, con los ojos húmedos. Hemos llegado muy lejos los dos juntos. Es algo que no creí posible. Pero ya no soy una chiquilla herida. Y él ya no es un dios exiliado. Nos pertenecemos el uno a la otra. Hemos construido nuestro propio hogar.

—Despéjame el camino al palacio —le pido—. Te encontraré cuando haya acabado.

Notos acuna mi rostro con sus manos cálidas y endurecidas.

—Te quiero —dice—. ¿Confías en mí?

—Sí —susurro—. Confío en ti. —Y a continuación, en tono más bajo—: Yo también te quiero.

Sus ojos se suavizan. Me estrecha entre sus brazos.

—Pues ha llegado la hora de que despliegues las alas.

Una fuerte ráfaga me impulsa hacia las alturas. Grito, y mi vestido se sacude entre mis piernas al ascender. Luego caigo en picado. Me quedo sin aire en los pulmones. El viento amortigua la caída, me acuna en medio del cielo para luego enderezarme. Desde abajo, Notos grita:

—¡Rápido, Sarai! Ya te alcanzaré.

Por supuesto, ha usado lo poco que le quedaba de poder para ayudarme. Valiente dios frustrante, maravilloso, insufrible y entregado.