30 #3
¿Ha sido el violín de Fahim parte de mi viaje? De ser así, eso explicaría por qué ha desaparecido. Ha sido una herramienta para ayudarme, pero ahora que por fin me estoy ayudando a mí misma, ya no lo necesito.
—La bestia se volvió más fuerte cuanto más luchábamos contra ella.
Ahí residía la trampa, ¿no lo ves? Si permitíamos que nos guiara el miedo, resultaba imposible escapar.
La bestia era un símbolo, una manifestación física de la oscuridad que todos llevamos dentro.
El único modo de vencerla era aceptarse por completo.
—¿Y si te hubieras equivocado?
Notos parece tan dolido que lo atraigo de un tirón y rodeo sus anchos hombros con los brazos. El peso de su cuerpo me reconforta.
—Era un riesgo que estaba dispuesta a correr.
—Eres mortal, Sarai. —En su voz rechina una creciente frustración—. Podría haber salido muy mal. La bestia… me arrebató parte de mi poder, ¿entiendes? Lo drenó. Mis poderes ya no están completos. Al ver cómo cargaba hacia ti…
—Estás enfadado conmigo, lo entiendo —le susurro, pegada a su cuello, donde el aroma a desierto es más fuerte—.
Pero estoy bien. Se ha roto la maldición.
Somos libres. —Me aparto de él y señalo con un gesto la puerta al final del pasadizo, por cuya rendija inferior se filtra la luz.
El príncipe Balior dijo que jamás escaparía con vida del laberinto.
Pero sabía poco de mí misma y de mi voluntad—.
Tenemos una oportunidad de salvar Ammara, Notos. Podemos salvar nuestro hogar.
A regañadientes, sus ojos se suavizan.
—¿ Nuestro hogar?
Un suave calor me baña la cara, me vuelve la piel rosada. Por supuesto que Notos ha captado el detalle de una única palabra.
—Sí.
Porque lo que en su día fue mío ahora también es suyo. Porque estoy dispuesta a compartir este lugar y a construir sobre él.
—¿Qué es lo que ha pasado? —pregunta—. ¿Adónde fuiste?
No puedo evitar una sonrisa al recordarlo.
—Me vi a mí misma —digo—. De niña.
Una niña preciosa, perdida y pequeña.
—No lo comprendo.
—Pues… —¿Cómo explicárselo?—. Cuando era pequeña, a veces me refugiaba en un lugar imaginario dentro de mi mente.
Me sentaba junto a un río y me hacía compañía a mí misma.
Era el lugar donde encontraba mi tranquilidad, donde podía ser yo.
Sin embargo, esta vez no estaba sola. Había una chica allí, sentada junto al río.
Era yo. Y estaba desesperada por conectar con alguien.
Una lágrima me corre por la mejilla. Notos la recoge con el pulgar.
No me había dado cuenta de hasta qué punto me había olvidado de mí misma.
Inconscientemente, me había empequeñecido para conseguir la aprobación de padre.
Había limado mis aristas, suavizado todas mis irregularidades. Pero esa no era yo.
—¿Cómo puedo haber estado tan ciega ante mis propias necesidades? —susurro con voz ronca—. Al sentarme junto a esa parte de mí, al abrazarla…, siento que me he sanado muchísimo.
Notos me agarra las manos, las envuelve con las suyas y se las lleva el pecho, sobre ese corazón que late al mismo ritmo que el mío.
—Me alegro de que hayas podido cerrar esa herida —dice—. Te mereces amabilidad, compasión y amor. Te mereces tener paz en la vida.
Durante mucho tiempo estuve convencida de lo contrario. Mi infancia fue un cuchillo implacable que me talló a partir de la piedra más impenetrable. Pero yo nunca decidí la forma que adopté. Y ahora, así soy. Una mujer que no se conoce, que jamás se ha conocido.
—Sé que padre quería lo mejor para mí —susurro, y el dolor de su pérdida, que sigue presente, me vacía los pulmones—. Pero a veces me daban ganas de gritar por lo poco que me conocía.
—Lo sé —dice Notos. Probablemente está pensando en su propia infancia—.
Duele mucho que aquellos que nos aman no nos vean.
Pero todos intentamos hacerlo lo mejor posible.
Tu padre te amaba tanto como le era posible a un hombre que cargaba con el peso de todo.
No permitas que el resentimiento te endurezca.
—Alarga una mano grande y acuna mi mejilla en ella—. No quiero que pierdas tu luz.
—No. —Niego con la cabeza—. Ya me he endurecido durante demasiado tiempo, me parece.
El Viento del Sur me estudia durante un largo rato. Creo que es la primera vez que me siento satisfecha desde hace… no sé cuánto. Años, seguramente.
—Estoy orgulloso de ti, Sarai. Sé que encontrarás esa paz de un modo u otro.
Acto seguido, me planta un beso en la mejilla.
Me perdí a mí misma en el laberinto, pero me encontré, hecha pedazos.
Pedazos que he reunido y juntado con amor hasta darles forma.
Ahora parecen algo que se asemeja a mi verdadero yo.
He de decidir qué va a pasar a continuación.
Ammara aún está en peligro, al otro lado de la puerta al final de ese pasillo iluminado.
El príncipe Balior y la bestia son amenazas demasiado poderosas como para derrotarlas. Pero no estoy sola.
Alargo la mano hacia el Viento del Sur y le pregunto:
—¿Me acompañarás?
Algo se suaviza en su expresión.
—Sarai —dice—, esa es una pregunta que no necesitas formular.