El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 30 #2
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Y sin embargo, ¿de quién es la culpa en realidad de que su joven espíritu se crea tan poco importante?

Padre lo hizo lo mejor que pudo. Él cargaba con sus propios traumas, con sus propios fracasos, con la paternidad.

No puedo imaginar lo difícil que resultó criar él solo a tres hijos en medio del duelo por la pérdida de su esposa.

Pero ¿qué pasa conmigo? ¿Qué responsabilidad tengo yo por agarrarme tan férreamente al resentimiento?

¿Seguiré pasando por la vida hecha pedazos o empezaré a esforzarme para estar completa?

He aquí lo que sé: padre ya no está. Puede que jamás consiga sanar el hueco que ha dejado tras de sí. Pero yo sigo aquí, sigo luchando. Con independencia de dónde me lleve el camino, puedo intentar arreglar la relación conmigo misma. Yo puedo ser mi propio hogar.

Y así, aprieto con más fuerza a la niña en mis brazos.

—Ahora todo es difícil —le digo—, pero saldrás adelante. No pueden romperte. Estoy aquí. Jamás te abandonaré. Me quedaré todo el tiempo que necesites.

Al oírme, la niña llora aún más. Me clava las uñas en la parte baja de la espalda.

Yo absorbo su dolor en mi interior. Nos mecemos adelante y atrás una y otra vez.

Le susurro al oído que es muy valiente, que es muy fuerte.

Pero, sobre todo, le digo esto: «Te quiero».

Pongo en palabras aquello que necesita tan desesperadamente, esta promesa que rara vez ha oído por boca de su familia.

Y también pienso en Fahim. ¿Ansiaba él también oír esas palabras?

¿Seguiría vivo si padre le hubiese ofrecido un abrazo en lugar de una corona?

Jamás lo sabré a ciencia cierta. Pego esas palabras a la piel de la niña del mismo modo que se pega la colofonia a las cerdas del arco de un violín, hasta que las haya absorbido y nunca vuelva a poner algo así en duda.

Cuando los sollozos se atenúan, me separo de ella y le aparto los mechones sueltos de pelo del rostro cubierto de lágrimas.

—Ven conmigo —le digo, con los ojos impregnados de ­coraje.

La joven Sarai suelta un hipido y frunce el ceño. No está segura. No se atreve a confiar. Y sin embargo, coloca su manita en la mía y, juntas, nos ponemos en pie.

—¿Sarai?

Me sobresalto. La voz ronca del Viento del Sur me saca de las profundidades en las que me he hundido.

Una luz gris rosada baña las paredes del laberinto.

Notos se cierne sobre mí, con los ojos desorbitados y la piel cubierta de sudor y mugre.

Su ancho pecho asciende y desciende. El calor invade todo el espacio.

Las paredes del laberinto se han derrumbado y han abierto un camino que lleva hasta una puerta lejana.

A través de las grietas que han aparecido en las rocas antiguas se cuela la luz del sol.

—La bestia —jadeo—. ¿Dónde está?

El Viento del Sur traga saliva e inclina la cabeza en gesto de derrota. Se me encoge más y más el corazón. ¿He fracasado y esto no es más que otra ilusión? ¿Acaso esas grietas y la luz del sol de la puerta no son reales?

—Ya no está.

¿Ya no está?

—¿Quieres decir que está muerta o…?

—Yo diría que ha escapado —dice—. Te atravesó como si fueras un espejismo. Se perdió pasillo abajo.

Con mucho cuidado, me enderezo hasta quedar sentada y me doblo sobre mí misma con un gemido para aliviar el dolor que se adueña de la parte baja de mi espalda.

—Ha funcionado —digo.

Me llevo la mano al corazón y me maravillo de la ligereza que siento dentro, de la ausencia de peso. La bestia no me ha tocado. La oscuridad no se cernió sobre mí. Finalmente he abrazado todo lo que fui, todos los trozos escarpados de mi ser, cada esquirla rota y erosionada.

El Viento del Sur me contempla con solemne preocupación.

—Atrajiste a la bestia hacia ti. ¿Por qué lo has hecho? Sarai… —Se pasa los dedos por el cabello, como si fuese a arrancarse esos rizos oscuros de raíz—. Pensaba que te había perdido. Creía que te iba a matar. ¿Acaso entiendes…?

Emite un sonido que no quiero volver a oír. Es el dolor de un dios embargado por el miedo. Un sonido agrietado.

—Lo siento. —Le agarro la mano y me la pongo en el pecho, resguardándola, como si fuese un gorrión herido—. No había tiempo para explicártelo.

—Claramente, no. —Está temblando.

Me acerco más a él y le acaricio la parte superior de la espalda. No tenía intención de preocupar tanto al Viento del Sur. No había tiempo para decidirse. Lo único que podía hacer era actuar y esperar que saliera bien.

—Notos, mírame. —Le alzo la barbilla. A regañadientes, me mira a los ojos—. Por primera vez en años, he confiado en mí misma. ¿Tienes idea de lo que se siente? —Niega con la cabeza y tuerce la boca con amarga suavidad—. Ha sido como regresar a casa.

Sin embargo, Notos no comparte mi mismo parecer. Frunce aún más el ceño.

—¿Tanto te habría costado informarme de tus intenciones?

Intenta apartar la mano, pero yo la agarro con más fuerza y digo:

—Ha sido tal y como ha dicho tu hermano. Tenía que conquistar la oscuridad de mi corazón y… —Se me escapa un jadeo—. ¡El violín! —Miro en derredor a toda prisa, pero no hay rastro del instrumento—. ¿Ha desaparecido?

—Sarai —gruñe Notos.