El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 30
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A bro los ojos de golpe. La penumbra del laberinto ha desaparecido, sus rígidas paredes y pasadizos están velados por las sombras.

Estoy frente a una llanura de colinas ondulantes y una hierba tan verde que estoy convencida de que la han pintado.

El aire húmedo carece del polvo de Ammara.

El suelo también me resulta desconocido.

Es primaveral, está mojado, desprovisto de grietas y de piedra caliente.

Aunque… ¿de verdad no lo conozco? Un susurro apagado atrae mi atención hacia el este, donde el cielo ha empezado a oscurecerse.

Un amplio río corta el paisaje. Su lenta corriente describe un camino serpenteante.

Los árboles arrojan largas sombras sobre el agua burbujeante.

Bajo ellos, agazapada junto a la orilla del río, hay una niña pequeña.

Contemplo a esa niña. Tiene el pelo oscuro y un vestido de tela azul.

Una repentina punzada de dolor me sacude el corazón y el costillar.

No puede ser, pero… ¿por qué no? Yo llevé ese vestido en su día.

Esos ojos desconfiados, esos dedos callosos…

los conozco bien. Veo la marca bajo la mandíbula donde suele apoyar el violín…

Esa niña soy yo.

Me aproximo lentamente. La pequeña Sarai alza el rostro surcado de lágrimas. Yo vacilo, de pronto no muy segura de cuál es mi lugar.

La niña se endereza y de inmediato adopta una expresión mucho más hostil. Su piel oscura está algo más pálida de lo normal. Supongo que se debe a las muchas horas que pasa practicando en el interior.

—¿Quién eres? —pregunta.

Yo reprimo un súbito resoplido de risa inesperada. Por supuesto que iba a formular la pregunta con la misma animosidad de una hoja enemiga en la garganta.

—Soy una amiga.

Ella entrecierra los ojos.

—¿Cómo podemos ser amigas si jamás nos habíamos visto?

La pregunta tiene lógica.

—En realidad nos vimos hace mucho tiempo. —La contemplo y relajo las facciones, aunque sea para que se sienta más tranquila en mi compañía—. Es que no te acuerdas. —Miro en derredor. Sea lo que sea este lugar, emana una paz que me resulta increíblemente tranquilizadora—. ¿Puedo sentarme?

La joven Sarai sigue contemplándome con cautela. Debe de rondar los diez años y ya ha empezado a alzar altos muros para protegerse.

—No. Márchate. —Se encara conmigo y se cruza de brazos.

Pues muy bien. Empiezo a caminar en dirección contraria, en absoluto sorprendida por su respuesta. A fin de cuentas, somos la misma persona. Cuando la situación lo requiere, puedo ser completamente despiadada.

Sin embargo, mientras recorro la orilla del río, pienso en la niña que en su día fui. Está sentada a solas. Algo la preocupa. Yo siempre deseé que padre se sentara conmigo, en silencio o conversando. La mayoría de los días lo único que quería era com­pañía.

El río se ensancha. Recojo unas flores silvestres de un montículo poco alto.

Al regresar, me echo agua fría en la cara y ­vuelvo a buscar a mi yo más joven.

La expresión de la niña se oscu­rece de enojo ante mi presencia.

En cuanto abre la boca —s eguramente para pedirme que no me acerque—, le tiendo las flores.

La desconfianza en los ojos de la niña me duele en el corazón. Sin preguntarle, ya sé que pone en duda este regalo, sus motivos, si será seguro aceptarlo. Por segunda vez pregunto:

—¿Puedo sentarme?

Al cabo, acepta las flores con un encogimiento de hombros.

—Puedes hacer lo que quieras —gruñe—. El río no me ­pertenece.

Y sin embargo, sus ojos se iluminan al llevarse el desaliñado ramo a la nariz.

Con un cabeceo agradecido, tomo asiento sobre la hierba. El río está tranquilo; las aguas, limpias. Toda la orilla está cubierta de lisos guijarros. Un pez plateado pasa a toda velocidad corriente arriba. Tras un rato, la joven Sarai me lanza una mirada de reojo.

—Puede que tengas razón —dice—. Puede que nos hayamos visto antes. Me resultas familiar. ¿Eres una de las damas de la corte?

Yo reprimo una sonrisa. No quiero asustarla.

—Técnicamente, sí. —Aunque nunca me ha gustado desempeñar ese papel.

Ella se echa hacia atrás, suspicaz.

—¿Qué quieres decir con técnicamente?

—Pues que tú eres una dama de la corte —replico en tono calmado— y yo también.

—¿Estabas presente en la celebración del día del nombre de padre el mes pasado?

—Así es.

—Demuéstramelo.

Si estoy en lo cierto y la chica ronda los diez años, padre debía de tener cincuenta y tantos.

Ese vestido que lleva…, veo una mancha en la cintura.

Ese tono rojo oscuro… Zumo de cereza. Me estrujo la mente y me zambullo en mis recuerdos.

Iba a llevar ese vestido durante un concierto en la celebración del día del nombre de padre.

Fue un desastre. Amir y yo nos peleamos.

Me manché el vestido durante el desayuno.

Fahim ignoraba a todo el mundo, excepto a una chica a la que persiguió por todo el salón de baile.

Nadie prestó mucha atención a mi concierto. Excepto el rey.

—Ibramin, tu profesor, tocó contigo una pieza de violín para el rey Halim —digo—. Tu padre lloró.

La chica carraspea.

—Sí, supongo que estabas allí, pero la verdad es que no te recuerdo.

No pasa nada. No necesito que me recuerde. Me basta con recordarla yo a ella.

—Estás lejos de casa —señalo. Se oye el canto de un pájaro desde una rama cercana—. ¿Puedo preguntar qué haces aquí?

—Puedes preguntarlo. —Se apoya el ramo en el regazo—. Pero yo no estoy obligada a responderte.

¿De verdad era yo así de niña? Me encantan los duelos dialécticos, pero no me parece adecuado poner en su sitio a mi yo más joven, sobre todo sabiendo lo frágil que es en realidad.

—Tienes razón.

Me reclino y me apoyo en las palmas de las manos.

Contemplo cómo ondea la hierba bajo una brisa templada que ­enfría el sudor que se me acumula en la nuca.

Alzo la vista hacia el cielo, enorme e incognoscible, pero mi atención regresa al río, a su suave murmullo.

El agua tiene su propio ritmo. Aunque intento predecir su cadencia, se me escapa en todo mo­mento.

Por el rabillo del ojo, veo que la joven Sarai se inclina aún más hacia delante, abrazada a sus rodillas. Abre la boca, la cierra y vuelve a abrirla.

—No sé.

Me giro hacia ella. Estamos sentadas lo bastante cerca como para poder apoyar tranquilamente una mano en su hombro, si me atrevo. Sin embargo, conociendo mi temperamento de niña, creo que reaccionaría mal.

—¿Qué es lo que no sabes? —pregunto con voz tierna, maternal.

—Me has preguntado qué es lo que hago aquí. La respuesta es que no lo sé. —Se encoge de hombros y se restriega la mancha del vestido sin éxito alguno—. Vengo aquí cuando quiero estar a solas. Este sitio es muy tranquilo.

Por supuesto que esto me parece un recuerdo.

Es que es un recuerdo. De niña, solía encerrarme en mí misma.

Dejaba atrás las finas columnas y el rígido mármol para escapar a esta extensión salvaje cada vez que el mundo me superaba.

Contemplaba este río imaginario y me preguntaba adónde me llevaría.

¿Quizá lejos de las expectativas de padre?

¿A algún lugar donde yo pudiera ser libre?

—Tienes razón —digo—. Es muy tranquilo.

El canto de los pájaros, el río, las colinas cubiertas de hierba. Todo tiene su propia magia.

—Era. —Mi yo más joven me clava una mirada hostil—. Era muy tranquilo hasta ahora.

Niego con la cabeza, divertida.

—Hablas mucho.

Parece claramente ofendida.

—¿Yo soy la que habla mucho? —Hace un aspaviento con una impresionante muestra de dramatismo. Roshar estaría orgulloso—. ¡Si eres tú la que está hablando conmigo!

—¿Quieres que pare?

—¿Te he pedido que pares?

—No. —Le sonrío, pero, para mi consternación, su expresión se contrae, y se tapa la cara con las manos. Oigo un suave sollozo—. Sarai —susurro.

Alza de golpe la cabeza y me mira con ojos confundidos y llenos de lágrimas.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Alargo la mano hacia ella. ¿Cómo no hacerlo? Agarro su manita y envuelvo el frío de sus dedos entre la calidez de los míos. Es el único refugio que puedo proporcionarle.

—¿Recuerdas lo que te he dicho? Nos conocimos hace mucho. —Le doy un suave apretón—. ¿Qué sucede? ¿Por qué ­lloras?

La niña niega con la cabeza. No es capaz de expresarlo. Es demasiado peligroso mostrarse vulnerable. Pero…

—Es que estoy triste —susurra.

—¿Por qué estás triste?

—Por padre. Hace poco fue su cumpleaños, ¿recuerdas?

Amir y yo nos estábamos peleando y, no sé cómo, no vi a un criado que llevaba platos de comida.

Choqué con él, los platos se cayeron y la comida se derramó.

Amir empezó a reírse de mí y yo me puse a llorar.

Padre se enfadó mucho, muchísimo. Me dijo que yo lo avergonzaba, que era una deshonra.

—Arruga la cara, las lágrimas le corren por las mejillas—.

Intenté explicarme, pero me mandó a mi habitación y…

—Un resuello confundido escapa de entre sus dientes—.

No es justo. ¿Por qué siempre me echa a mí la culpa?

Ahora me acuerdo. Recuerdo cuánto me dolió en aquel momento. Me pregunté si estaba loca, si no habría algo malo en mi carácter. Y sobre todo me pregunté por qué padre no podía amarme.

—Solo quiero un amigo —susurra, doliente—. Un amigo o una amiga con quien poder ser yo misma.

—Yo soy tu amiga, Sarai. —Mis manos acunan su rostro dulce y triste—. Conmigo puedes ser libre. Conmigo puedes relajarte.

La rodeo con los brazos. A ella se le rompe la voz. Empieza a sollozar.

—Eres suficiente —le digo a la chica, que parece frágil e indigna, desesperada por tener alguna guía—. Te mereces que te quieran, que te protejan, que te comprendan. Eres importante. Para mí eres preciosa.