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El toro se encuentra en el extremo opuesto del pasadizo sombrío donde me hallo.
Sus enormes hombros y su gran altura ocupan todo el espacio.
Unos ojos amarillos hierven como pústulas febriles.
En ellos detecto una pena herida. Es un inmortal atrapado injustamente sin haber cometido ningún crimen.
Un viejo dolor se alza en mi interior, un caleidoscopio de recuerdos que emergen de la tierra en la que los he enterrado. En el centro de todo está padre.
«Ahora no, Sarai.»
«Una princesa jamás ha de mostrar debilidad.»
«Vete.»
«Basta.»
«¿Qué te he dicho?»
«No tengo tiempo para esto.»
Las enormes fosas nasales de la criatura expulsan vapor. Durante un momento, estoy casi convencida de haber captado algo humano en su cara.
Un repentino estallido de aire obliga al toro a retroceder.
La bestia se gira, patea con los cascos y se abalanza sobre el Viento del Sur, que ha aparecido en el otro extremo del pasillo, chorreando sudor e increíblemente aliviado de encontrarme ilesa.
En segundos, rechaza a la bestia con una columna de viento que la inmoviliza entre latigueos y golpes.
El viento azota mis cabellos; me veo obligada a sujetarme contra la pared.
«Has de conquistar la oscuridad de tu corazón si es que quieres escapar viva del laberinto.»
Por supuesto. No sé cómo no me he dado cuenta antes.
Comprendo que no se trata de ninguna bestia.
Es una manifestación de nuestras propias sombras.
De aquello en lo que nos convertimos cuando permitimos que otros dicten nuestro carácter, nuestro destino.
Mientras yo siga huyendo, la bestia me perseguirá, seguiré estrellándome contra más muros.
Encontraré el camino bloqueado. Recorreré este laberinto de punta a punta, con la mente destrozada en un intento de librarme de mi yo roto, de la pena, el resentimiento y la amargura, de la agonía y las dificultades.
Contemplo el violín en mi mano mientras el Viento del Sur sigue estrellando su poder contra el toro sin éxito alguno.
La música es mi protección, pero en última instancia, aunque matemos a la bestia, no podremos escapar del laberinto.
Creo… creo que he encontrado el violín de Fahim para recordarme que sigo aquí, que sigo luchando.
En su día tuve mis sueños. Creí que estos murieron con mi hermano, pero en realidad murieron conmigo.
Porque no luché por mí misma. Porque acepté mis circunstancias.
Porque permití que otros escribieran mi inicio, mi nudo, mi desenlace.
—¡Sarai, ayúdame!
Notos no va a poder mantener ese poder indefinidamente.
Está esperando a que toque, a que cree una melodía con contrapunto capaz de materializar algún artefacto lo bastante fuerte como para atrapar al toro por segunda vez.
Sin embargo, cuando sus ojos se cruzan con los míos en medio de la penumbra, me pongo con suavidad el violín bajo la barbilla y, en lugar de tocar la melodía de Fahim, toco otra que representa el dolor y la pena encerrados dentro de mi corazón.
Una música que es Sarai, nada más que Sarai.
El Viento del Sur le lanza un tajo tras otro a la criatura, sin éxito alguno, con las facciones contraídas de horror.
—¿Qué estás haciendo? —Lanza una maldición y vuelve a arrojar hacia la pared a la criatura, que se estrella contra la piedra con un bramido.
—Todo va bien, Notos. —Me he aferrado con fuerza todo este tiempo a lo que fue y a lo que podría haber sido. Pero solo tenemos el ahora. Por primera vez en años, entiendo lo que significa dejar ir.
—¿Qué pasa con la otra melodía? ¡Tenemos que atrapar a la bestia! —Las palabras brotan de su pecho alterado.
Brevemente, dejo de tocar.
—Notos. —Sus ojos petrificados se cruzan con los míos, inundados de confusión—. No te preocupes, todo va bien —v uelvo a decir en tono suave.
La bestia aprovecha la distracción y lanza una coz que acierta en la parte baja de la espalda del Viento del Sur.
Notos cae con un aullido de dolor. El toro se abalanza sobre mí y esquiva por poco la esfera de viento que Notos le arroja.
El ruido de los cascos sobre la piedra resuena. Yo sonrío y dejo que se acerque.
Aquí, en las profundidades negras del laberinto, tocando una melodía que extrae la oscuridad de mi interior, siento claridad por primera vez.
¿Voy a seguir negando la verdad de mi corazón?
¿Me voy a negar a mí misma, como llevo haciendo desde la infancia?
¿O me voy a dar la bienvenida, me voy a proteger, me voy a abrazar?
La bestia no se acerca. Ahora comprendo el dolor que me he causado a mí misma al seguir perpetuando la narrativa que padre escribió para mí.
Una historia que no dejaba margen de error, de exploración, de autenticidad.
Pero tengo el poder de reescribir mi historia.
Despojaré al manuscrito de perfecciones y precisiones.
Me doy permiso para ser desordenada, abierta, cruda, vulnerable.
Me pongo de rodillas y, con un grito de horror por parte de Notos, cierro los ojos y dejo que la oscuridad me engulla.