El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 29 #2
82%

29 #2

—No te creo —dice la joven Sarai, y de repente vuelvo a experimentarlo todo a través de los ojos de mi yo más joven.

Mi hermano se encoge de hombros. Lo que pasa entre Fahim y yo le da igual.

—Créete lo que quieras, pero me parece que Fahim jamás va a perdonarte por arrebatarle la música. Era lo que más amaba en el mundo.

Algo tiembla en mi corazón, pues me preguntaba si Fahim me guardaba rencor ahora que era la única que se dedicaba a la música.

—¿Por qué eres así? —gruño, con los puños apretados a los costados. Si no me diera miedo hacerme daño en los dedos, me atrevería a decir que sería capaz de arrearle un puñetazo a Amir en la cara—. No es culpa mía que papá haya obligado a Fahim a dejar el violín. Cualquiera diría que estás celoso.

—¿Celoso? —Suelta una risa en forma de ladrido.

—Sí. Celoso de que todo el mundo me conoce, de que todo el mundo conoce a Fahim, mientras que tú sigues en segundo plano.

Fahim y Amir son príncipes, pero solo uno de ellos llevará la corona.

«Sarai, ¿me oyes? ¡Di algo!»

Ignoro esa llamada lejana, incapaz de apartar la vista de la expre­sión ceñuda de Amir. Transcurre un largo momento hasta que ­replica y, al hacerlo, su voz está tan preñada de amargura que corroe sus palabras:

—Tienes razón. El heredero es Fahim, no yo.

—Me recorre de arriba abajo con la mirada, con patente desagrado—.

Por otro lado, no soy yo quien le ha robado la música.

No soy yo quien le ha restregado mis logros ni la vida que se le había prometido.

No soy yo quien lo obliga a enfrentarse a ese dolor a diario.

Gira sobre sus talones y aparta las enredaderas para internarse por el camino del jardín hasta desvanecerse de la vista.

Yo alzo la mano y me la llevo al pecho, justo sobre la punzada de dolor que siento ante sus palabras. «No es verdad. Fahim se alegra por mí. Me lo ha dicho en numerosas ocasiones.»

La joven Sarai se derrumba en el banco del jardín y yo atravieso el sendero, dispuesta a cantarle las cuarenta a Amir.

Sin embargo, las piedras bajo mis sandalias se rompen y el aroma del verdor se pudre.

Dos pasos más y el jardín empieza a desaparecer.

La densa penumbra cambia la escena. Veo altos ventanales cubiertos con cortinas echadas, un impresionante escritorio que ocupa el centro del despacho de padre.

Una versión más joven de mí misma espera en el umbral de la puerta.

A través de la abertura por la que me asomo, veo que padre escribe un mensaje, y los nervios me revolotean en el vientre.

Ya conozco las reglas. No he de molestar a padre en su despacho, pero esto es importante. Alzo la mano y llamo a la puerta.

Padre levanta la cabeza y frunce el ceño.

—Sarai, ¿qué te he dicho de interrumpir mi trabajo?

Veo a esta niña con toda claridad. Le tiembla la mandíbula. Veo la incertidumbre de entrar en el despacho de padre y la necesidad de enterrarse en su abrazo. «No es justo», piensa la joven Sarai.

Y sin embargo, inspira hondo para infundirse valor y entra.

—Lo siento —susurro—. Sé que estoy rompiendo las reglas, pero quería preguntarte algo.

—¿Dónde está Ibramin? —Mira más allá de mí, con el rostro contraído de desagrado—. ¿No deberías estar practicando?

—Ya he acabado la lección de hoy. Papá…

Padre toca una campanita que descansa sobre su escritorio. Dos guardias entran.

—¿Señor?

—Por favor, llevad a Sarai a sus aposentos.

Vuelve a centrarse en su correspondencia, sin molestarse en ver cómo me sacan al pasillo.

La imagen cambia.

—¿Papá? —Estoy sentada en la cama, con las mantas apretadas contra mi escuálido pecho. La oscuridad del dormitorio se cierne sobre mí—. ¡Papá!

Unos pasos rápidos. Me giro aliviada hacia la puerta, con las mejillas empapadas de lágrimas, pero quien entra es Fahim, no padre. Se me encoge el corazón.

—¿Otra pesadilla? —pregunta mi hermano, y se acerca a mi cama. Es joven, pero está a punto de llegar a la adultez; se tambalea en el umbral que separa al niño del hombre.

—¿Dónde está papá?

—Está ocupado, Sarai. —Fahim me restriega la cara con la manga de su túnica—. Túmbate. Me quedo contigo hasta que te duermas.

Por tercera vez, la imagen cambia. Estoy corriendo hacia el comedor. Las pálidas columnas pasan a toda prisa. En cuanto cruzo las puertas, el rey Halim se gira hacia mí desde su asiento al frente de la mesa, con la expresión torcida de frustración.

—Llegas tarde.

Amir y Fahim centran su atención en sus platos, intentando ser tan invisibles como sea posible. Yo me enjugo el sudor de la frente e intento calmar mi respiración alterada.

—Lo siento, la lección se ha alargado…

—Siéntate —espeta el rey.

Miro a mis hermanos en busca de apoyo, pero saben lo que pasa cuando alguien le lleva la contraria al rey, y no es nada bueno. Cierro la boca de golpe. Tomo asiento, tal y como me ha mandado padre, y no digo nada durante el resto de la comida.

«Sarai, por favor. ¡Tienes que librarte de esas imágenes!»

¿Por qué suena como la voz de Notos? ¿Por qué imagino su voz precisamente ahora? Me doy cuenta de que el comedor parece diferente, como si lo estuviese viendo a través de un filtro, nublado tras el tiempo perdido. El olor a humedad es real y no pertenece a la imagen que veo ante mis ojos.

Notos. El laberinto. Parpadeo, y el comedor se desvanece.