29
M is sandalias chocan contra el suelo. La oscuridad se expande ante mí.
Giro a toda prisa bruscos recodos y me deslizo por esquinas que aparecen de repente.
Oigo un grito lejano, seguido de un rugido quebrado.
Aprieto los dientes. Aunque quiero volver junto a Notos, sería una necia si me olvidase de mi propia mortalidad.
Notos tiene sus vientos, su fuerza, su velocidad.
Mi única habilidad reside en el violín y el arco que aprieto en una mano sudorosa.
Llego al final de un pasadizo y me interno por otro a trompicones. Poco a poco, la voz del Viento del Sur se desvanece, devorada por las sombras. Mi respiración entrecortada es cada vez más ronca. Tengo la garganta despellejada. En ciertos momentos me parece que la bestia se acerca.
No puedo seguir corriendo así para siempre. Mi cuerpo ya me suplica a gritos que descanse. Necesito un refugio temporal. Algún hueco, un nicho resguardado que me dé suficiente tiempo para desgranar más notas que formen una defensa.
Giro otro brusco recodo y me detengo para respirar. Estoy casi segura de que he visto una figura en el túnel por el que acabo de pasar. Me giro y voy tras ella. Mis sandalias arañan la piedra gris. Con cuidado, vuelvo a girar el recodo.
En el centro del pasadizo hay un hombre de espaldas a mí.
Ahogo una exclamación y se me vuelve a desbocar aún más el corazón.
Siento una esperanza y una incredulidad tan unidas entre sí que no las puedo diferenciar.
El hombre se gira. Sus ojos son idénticos a los míos, a los de padre, a los de Amir.
—Fahim —susurro.
Mi hermano sonríe.
—Hola, Sarai.
Doy un paso al frente, aturdida, tan aturdida que ni siquiera comprendo la imposibilidad de su presencia. La penumbra del laberinto se desvanece y de pronto estoy en el dormitorio de Fahim. Sus sábanas están revueltas; el escritorio, atestado de documentos.
—¿Cómo…?
Me faltan las palabras. La verdad es que me da igual cómo es posible que Fahim esté ante mí. Está aquí. Eso es todo lo que deseo.
—Cuánto tiempo, ¿no? —pregunta con vacilación, y se mete las manos en los bolsillos.
Las aristas de su semblante —mejillas, nariz, mandíbula— se ven suavizadas por la luz tenue. Esbozo con la comisura de la boca una media sonrisa en la que hay más tristeza que otra cosa.
—Pues sí —digo—. Tienes buen aspecto. —Lleva un turbante amarillo y pantalones a juego, así como una holgada túnica color dátil que le llega hasta la mitad de los muslos.
Sus ojos, sin embargo, me llaman la atención.
No contienen sombras, aunque hay algo muerto en ellos.
Son ventanas sin luz—. La vida ha sido muy dura sin ti.
—Lo sé —dice—. Lo siento.
—Pero no nos ofusquemos con el pasado, ¿de acuerdo? Volvemos a estar juntos. —Otro paso al frente—. Podemos recuperar el tiempo perdido.
«¡Sarai!»
Frunzo el ceño. Es otra voz, profunda, cálida y firme.
Parece reverberar desde una gran distancia.
Pero eso ya da igual, porque mi hermano está aquí conmigo.
Sujeto el violín y el arco con la mano izquierda y cruzo el resto de la distancia que me separa de Fahim.
No parece particularmente entusiasmado de verme, que me duele.
Como mínimo, yo habría esperado un abrazo, el alivio de volver a encontrarnos.
—Te has perdido muchas cosas. Hay muchas cosas que me gustaría contarte —murmuro.
Y ahora tenemos tiempo, un regalo del que no quiero desprenderme—.
Me he comportado como una necia en muchas cosas.
Ya no sé en quién confiar. Ammara está en peligro.
Los umbrandantes son cada vez más fuertes y…
—Vacilo, y luego digo—: Ibramin se ha marchado del palacio.
He pensado que deberías saberlo. Se ha ido a enseñar a un chico prometedor.
No puedo evitar sentir que me ha abandonado.
Fahim no responde, y yo alargo la mano para acunar la mejilla de mi hermano mayor. Su piel es como el hielo.
—Estás muy frío —le digo con preocupación. Bajo el brazo—. ¿Estás enfermo?
—Sarai —me mira directamente a los ojos—, deja mi violín.
Miro el instrumento. Por algún motivo, mis dedos se crispan alrededor del mástil.
—Lo he encontrado… —digo, algo confundida.
¿Dónde ha sido exactamente? Sé que no debo entrar en los aposentos de Fahim sin permiso.
No recuerdo haberme acercado a su puerta.
Tampoco recuerdo haber llamado. Niego con la cabeza—.
Lo siento, sé que no te gusta que toquetee tus cosas.
—Por supuesto que me iba a decir que dejase el violín.
No estoy segura de por qué me cuesta tanto ahora mismo—. ¿Quieres tocar para mí?
Nuestro entorno se emborrona durante un brevísimo instante. Vuelvo a parpadear y todo parece normal. Debo de habérmelo imaginado. Pero Fahim… se ha convertido en otra persona totalmente distinta, con el rostro hundido, duro, desconocido.
—No fue justo —gruñe—. ¿Por qué tuve yo que renunciar a mi don mientras que a ti se te permitió desarrollarlo? —Se lleva las manos al pecho con un aleteo de mangas—. Para luego enterarme de que lo echaste todo a perder. Por un hombre a quien apenas conocías.
Yo retrocedo ante el inesperado veneno de sus palabras…, ante la verdad que enarbola como si fuera un arma.
—Yo no eché nada a perder —protesto—. Tú ni siquiera hablaste conmigo sobre mis sentimientos hacia Notos ni sobre la música. Tomaste una decisión sin tener en cuenta lo que yo sentía.
Sin embargo, Fahim no escucha.
—Hay algo que debes entender, Sarai. Tengo ciertos deberes, ciertas responsabilidades. —Una vez más, mira de reojo al instrumento—. Pero no voy a poder hacer nada hasta que sueltes el violín. —La sonrisa desaparece de su boca—. Deja que lo coja yo.
Contemplo con más atención a mi hermano, inquieta. ¿Por qué están tan vacíos sus ojos? ¿Por qué quiere que suelte el violín?
«¡Sarai, es una trampa!»
El entorno tiembla; un manto de oscuridad de repente borra de la vista a mi hermano y sus aposentos, pero se retira al instante. Ahora Fahim ha desaparecido y yo me encuentro contemplando uno de los amplios y resplandecientes corredores del palacio.
El sol del ocaso es una joya que pinta de llameantes tonos anaranjados, amarillos y rojos el mosaico de la pared del otro extremo. Al final del pasillo veo a Fahim, vestido con una ornamentada túnica amarilla, caminando encorvado. Tiene la piel pálida, enfermiza, y el pelo despeinado.
—Fahim. —Se me cierra la garganta al pronunciar su nombre, y me quedo sin aliento.
Veo que mi hermano avanza hacia su dormitorio al final del pasillo. Me fijo en sus manos, fuertemente apretadas, y en la curva inclinada de su columna vertebral. Todo está a punto de echarse a perder. ¿Dónde están los guardias?
Fahim llega hasta la puerta y yo grito:
—¡Fahim!
Mi hermano se detiene, con una mano en el pomo, y mira una única vez por encima del hombro.
Frunce el ceño, como si hubiese oído mi voz.
Pero lo que más me llama la atención son sus ojos.
Están vacíos, como si hubiesen perdido ya toda luz.
Me abalanzo hacia él, pero me detiene una barrera invisible. Con voz temblorosa, vuelvo a llamar:
—Fahim…
Una túnica amarilla con el dobladillo cosido en hilo negro. La misma prenda que llevaba el día que lo encontré colgando de los travesaños.
La imagen se desvanece. Vuelvo a estar en el laberinto. La desesperación que siento es mucho mayor en ausencia de Fahim. He vuelto a perder a mi hermano. ¿Este es el plan del laberinto? ¿Quiere obligarme a vivir una y otra vez los días más oscuros de mi vida hasta que pierda la cordura?
Un estremecimiento de inquietud me recorre, pero empiezo a caminar a toda prisa por el pasillo, aguzando el oído en busca de algún sonido inusual.
Giro un recodo y luego otro. A este ritmo, no me sorprendería estar caminando en círculos.
Y sin embargo, algo más adelante capto un cambio en la penumbra.
Aprieto el paso, con el violín apoyado en la barbilla y el arco dispuesto para empezar a extraer música de sus cuerdas.
Las paredes medio derrumbadas desaparecen, y vuelvo a entrar en otra imposibilidad: un tapiz de enredaderas, ramas colgantes y olorosas flores. El jardín oriental del palacio.
Miro en derredor con cautela. En la lejanía hay dos siluetas, masculina y femenina. Es de noche. La luz de la luna se derrama por el techo de cristal en las alturas y salpica las hojas entrelazadas, pintando su superficie cerosa con un brillo plateado.
Me acerco y reconozco el vestido que lleva la chica.
Es de un intenso color rojo ribeteado de oro.
Lleva el pelo recogido en una trenza. En este instante, soy presente y pasado a la vez.
Una Sarai de veinticinco años y otra de doce, en la noche después de su debut como solista.
Y eso significa que el chico con quien estoy hablando es Amir.
«No es real.» Pero en su día lo fue. Este recuerdo, que en su día reprimí, vuelve a abrirse de par en par.
Después de mi debut, volví al palacio con mis hermanos y con Ibramin.
Estaba eufórica por el concierto pero sentía el corazón roto a causa de la ausencia de padre.
Lloré, por supuesto. Había ansiado desesperadamente que padre presenciase aquel logro monumental.
Y sin embargo, al ver mis lágrimas, lo único que dijo fue «deja de llorar» antes de acercarse a su escritorio, sacar un paño y arrojármelo con un «límpiate».
Y así lo hice, con mano temblorosa. Reprimí todas las emociones que intentaban salir a la superficie. Las aplasté hasta reducirlas a polvo.
Después fui en busca de un respiro al jardín, pues estaba desierto, calmado. Amir me encontró ahí horas después. Estaba enfadado. Al parecer, mi actuación había molestado a Fahim, que no quería verme.
Ahora, escudada entre las hojas, veo cómo se desarrolla esta conversación.