El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 28 #3
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—¡Sarai! —Notos, al otro lado de la grieta del suelo, se ve borroso tras las sombras cada vez más densas. Agita los brazos…, creo—. Vas a tener que saltar. ¡Rápido!

La grieta es ahora más ancha. Yo afianzo el violín en la mano y me preparo para saltar por la abertura.

Con otro gemido ensordecedor, el borde del suelo de piedra vuelve a temblar y se derrumba; el espacio entre ambos es ahora demasiado grande.

Segundos después, una pared cae entre los dos y me separa del Viento del Sur.

—¡Notos! —Doy una palmada contra la áspera piedra y aguzo el oído. Varios guijarros repiquetean contra el suelo. Los ecos se suceden. Si me está llamando, no lo oigo. Voy a tener que encontrar otra manera de llegar hasta él.

Me interno por el túnel a mi espalda, con el violín y el arco apretados contra el pecho para protegerlos de las rocas que caen.

Soy una mujer, soy mortal, soy una presa.

Soy una princesa doliente y perdida. Soy una música sin instrumento, un caballo sin manada.

Me siento cada vez más pequeña, rodeada de todo tipo de cosas que no puedo cambiar.

Mi cuerpo me pide que me rinda. Hay paz en la rendición.

Aprieto la mandíbula. «No.» Rendirse no es una opción. Voy a encontrar a Notos, no importa cuánto me cueste. Venceré a la oscuridad antes de que esta me venza a mí.

—¿Notos? —Una vez más, grito su nombre y no recibo respuesta alguna. Ni siquiera del viento.

Pero percibo un sonido, un sonido muy extraño. Aprieto con más fuerza el mástil del violín y dejo escapar el aliento. Me giro y me quedo petrificada. Tres umbrandantes. Sus ojos vacíos brillan en la penumbra arremolinada.

Mi corazón retumba con tanta fuerza que temo que se vaya a empalar con una costilla. Un rugido atraviesa el aire. Y entonces, cargan contra mí.

El arco del violín se desliza por las cuerdas y emite un potente lamento.

Yo imagino un muro que me rodea. El arco se desplaza una y otra vez, desgranando una multitud de acordes que resuenan discordantes.

Aparece un muro. El primer umbrandante se estrella contra él. Yo me encojo, pero no dejo de tocar.

La segunda bestia, más grande, con colmillos tan largos como mis dedos, choca contra su belicoso compañero.

Se abren grietas en la pared transparente.

La tercera bestia se une a sus hermanos.

A pesar de que la estructura se debilita, yo sigo desgranando acordes.

«Solidez», pienso. «Muros, piedra, defensa, inquebran­table. »

Y sin embargo, las grietas se multiplican y se extienden. Miro en derredor, en busca de una salida. Cuando el muro ceda, voy a tener que correr. Una vez más, el trío de monstruos se prepara para cargar contra la barrera.

Y de pronto, un potente ciclón atraviesa el pasadizo y cruza de golpe la barrera. Atrapa a las bestias y las arroja contra las paredes. Se dispersan; cada una desaparece por un corredor distinto. Oigo unos pasos en el suelo a mi espalda. Dos manos, cálidas y seguras, me rodean.

—Soy yo —me tranquiliza Notos.

Me quedo inmóvil, temblando, paralizada por el hielo que se extiende por mis músculos.

Sin embargo, la calidez del Viento del Sur derrite mis extremidades heladas.

Me giro y me apoyo contra él, apartando el instrumento para no aplastarlo entre los dos.

El corazón de Notos martillea contra mi mejilla sudorosa.

—¿Estás herida? —pregunta.

—No. —Miro por encima de su hombro. Nada. No veo nada.

Y sin embargo, en medio del silencio se percibe el lento repiqueteo de unos cascos.

Se acerca, con un ritmo tan espectralmente preciso que cualquiera podría confundirlo con un metrónomo.

A mí no se me ha calmado el corazón desde que me desperté atrapada dentro de estos muros, pero ahora se me encoge.

Estoy cansada. No sé cuánto tiempo más podré evitar a aquello que ha sido enviado para matarme.

Notos y yo nos agarramos de la mano. Huimos en silencio y a toda prisa por el túnel más cercano.

En la siguiente bifurcación, giramos a la derecha y llegamos enseguida a un callejón sin salida.

Damos media vuelta y regresamos a la carrera por donde hemos venido.

Giramos a la izquierda, y una vez más a la izquierda.

Avanzamos a ciegas en busca del siguiente recodo.

Al cabo, el insistente galope se une a nuestros rápidos pasos.

Notos se coloca frente a mí cuando, algo más adelante, una figura amorfa se materializa en medio de la penumbra.

La bestia da un paso al frente y bloquea nuestro camino. Su piel rezuma sombras. Yo me estremezco. Gira esa cabeza negra hacia mí, y Notos desenvaina la espada. La hoja atraviesa la os­curidad con un zumbido de advertencia hacia la bestia: no te acerques.

Entonces, algo se mueve a la espalda del toro. Cuatro, cinco, seis umbrandantes se materializan. Hocicos abiertos por los que asoman colmillos goteantes de saliva. Notos suelta un juramento, con el rostro contraído de pánico.

—Vete, Sarai. Yo los contendré.

—Pero…

—¡Vete!

El miedo es una hoja. Una hoja que me abre un tajo, rápido y limpio, en el corazón.

Echo a correr.