El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 28 #2
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—No estoy seguro de lo que te contó el rey, pero la maldición no requería tu muerte, Sarai Al-Khatib.

La maldición estipulaba que serías el sacrificio para la bestia.

La iris negra fue el modo de traerte aquí dentro, y aquí estás.

Si consigues derrotar a la oscuridad de tu corazón, el laberinto te dejará marcharte libremente.

Si fracasas, sin embargo, quedarás atrapada aquí por toda la eternidad.

—Cabrón.

El Viento del Sur afianza los pies y extiende una mano.

Una ráfaga de viento explosiva arroja a Euros por el túnel.

Sin embargo, antes de que su hermano impacte en el suelo, en su espalda se despliega un par de alas enormes, cubiertas de diminutas escamas de ébano.

Yo ahogo un grito. Euros aterriza sobre sus talones, y las alas se desvanecen.

—Cálmate, hermano. —El Viento del Este alza una mano, aunque el gesto no parece en absoluto conciliador—. ¿Qué son las victorias que no se ganan con esfuerzo?

Yo apoyo una mano en el antebrazo de Notos.

Músculos tensos, huesos rígidos. Si luchan a golpes, no estoy segura de cuál de los dos hermanos vencerá.

Desde luego, Euros es mucho más grande y musculoso, pero carece de toda emoción; su talante es espectralmente neutro.

La furia de Notos podría granjearle la victoria.

—En cuanto al resto de tus preocupaciones —dice el Viento del Este—.

Sí, me llevé vuestras lluvias. Teniendo en cuenta que controlo las tormentas y sus vientos, esa es mi potestad, y requería ese poder durante un tiempo.

Pero yo no tengo nada que ver con los umbrandantes.

Tu padre construyó el laberinto en una zona donde el velo entre los reinos es débil.

Una ubicación desafortunada, pero yo no tuve nada que ver con ello.

No es solo que Euros carezca de la menor piedad, es que se niega a aceptar su responsabilidad en el papel que ha desempeñado en los sufrimientos de Ammara.

—¿Y cuánto tiempo te vas a quedar con nuestras lluvias? —i nsisto—. Nuestro reino se muere. No podemos sobrevivir a la sequía indefinidamente.

Él se encoge de hombros. Lo que fácil llega fácil se va.

—Hasta que ya no las necesite. Puede que sean meses, puede que sean años. Ese fue el precio por tu vida, el precio que tu padre estuvo dispuesto a pagar.

Al contrario, el rey Halim fue engañado. Pero no tengo tiempo para discutir sobre semántica.

—¿Y qué pasa con la oscuridad que ha desatado el príncipe Balior?

—inquiero—. La bestia aún no ha escapado, pero escapará si el príncipe se sale con la suya.

Le ha concedido a un hombre mortal un poder increíble, y me da miedo la destrucción que pueda desatar.

Fuiste tú quien la aprisionó aquí. La responsabilidad es, en parte, tuya.

Aunque no puedo ver los ojos del Señor de la Montaña, siento que se centran en mí.

—¿Y eso tú cómo lo sabes?

Ya, como si le debiera una respuesta. Puede que el Viento del Este sea el hermano de Notos, pero no me fío un pelo de él.

—No es asunto tuyo de dónde he sacado ese dato.

—Euros —dice Notos en tono suplicante—, jamás te he pedido nada, pero ahora te pido esto: ayúdanos a encontrar la salida del laberinto. Ayúdanos a evitar que la bestia escape. Ayúdanos a derrotar al príncipe Balior… antes de que sea demasiado tarde.

El Viento del Este se sume en una inmovilidad que sugiere que algo así le resulta impensable. Me pregunto qué tipo de rostro se oculta dentro de la oscuridad de su capucha.

—Aunque quisiera ayudaros, no puedo —replica—. El trato se cerró hace años. Ahora tu destino está en tus propias manos.

Tengo ganas de bajarle de golpe la capucha y apuñalarlo en los ojos. Amir y yo hemos tenido nuestras disputas, pero jamás se me ocurriría ejercer poder sobre él. No me sorprende que Notos apenas mencione a Euros. Su hermano es un gilipollas ­redomado.

—No lo comprendes —digo, y se me quiebra la voz—. En cuanto la bestia esté libre, se vengará. Su oscuridad se propagará por todas partes. Consumirá este reino y todos los demás.

Una bestia aprisionada desde hace décadas. No le bastará un dios, ni un reino, ni un rey.

—Eso no es asunto mío. —Aunque ya no parece tan seguro como antes.

Yo niego con la cabeza y me muerdo el interior del carrillo.

—Valiente elemento está hecho tu hermano —le murmuro a Notos.

Él suelta un resoplido casi inaudible. Me lo tomo como que está de acuerdo conmigo.

—¿De verdad no vas a ayudarnos? —le pregunto a Euros.

—Tal y como he dicho antes, has de conquistar la oscuridad de tu corazón si es que quieres escapar viva del laberinto.

—¿Y cómo hemos de hacer tal cosa? —espeta Notos.

La capucha del Viento del Este se gira en mi dirección.

—Tu destino no es mío —me dice—. No puedo alterar el camino que ya estás recorriendo.

¿Se refiere Euros a una oscuridad literal a la que hemos de vencer? ¿A una manifestación física? ¿O a algo simbólico? ¿Qué tipo de dios sería capaz de maldecir a un bebé? Pues un dios cuya moral brilla por su ausencia.

De pronto, un estruendo reverbera por el túnel. La tierra tiembla, cae polvo del techo. El suelo se sacude, y me sujeto contra una pared. Un latido después, el Señor de la Montaña ha desaparecido.

Se me acelera el corazón, y la penumbra aumenta. El suelo se abre con un rugido estremecedor, una gran grieta se despliega ante nuestros pies. Yo retrocedo tambaleándome. A mi izquierda, otra enorme grieta recorre el laberinto. El polvo se propaga por el aire.