28
Y azco pegada al cuerpo curvado de Notos. El calor me cubre la columna y el duro latido de su corazón reverbera contra mi espalda. Su ritmo lento indica que está sumido en un profundo sueño, pero a medida que transcurren los instantes, se acelera, pasa de grave a andante y a allegro.
—Estás despierto —digo.
Me planta un suave beso en el hombro.
—Lo estoy.
No puede evitarlo: sonríe. Está despierto, al igual que yo.
Nuestros cuerpos están entrelazados, apoyados el uno en el otro junto al muro medio derruido del laberinto.
Su mano coge la mía. Los brazaletes de nuestras muñecas resplandecen, plomo y oro.
Ha cubierto nuestros cuerpos con su capa para mantener el calor. Siento el aire vivo contra la piel.
Notos deja escapar lo que me parece que es una risa en forma de resoplido. Mi sonrisa se ensancha.
—¿Qué?
—Que roncas.
Me quedo boquiabierta y luego cierro la boca.
—Lo dudo mucho. En todo caso, quien ronca serás tú.
—¿Estás segura de eso?
Me giro hasta quedar frente a él y le clavo una mirada hostil.
—Bastante segura.
El Viento del Sur tiene la frente, las mejillas y la boca arrugadas por el sueño.
Sus párpados entornados son cálidos, siempre cálidos.
Levanto la cara y le planto un beso en la boca.
Nos recorremos con las manos y nos besamos, amodorrados.
Sería todo un lujo poder seguir explorándonos los cuerpos, pero el tiempo avanza y la oscuridad amenaza todo aquello que me es querido.
No puedo ceder. Resistiré. He de hacerlo.
Después de apartarme de él, me siento y lo miro, con las piernas cruzadas.
—No queda mucho para que Ishmah caiga.
El Viento del Sur pone una expresión sombría.
—El fracaso no es una opción.
He aquí la verdad: puede que el Señor de la Montaña no haya reclamado mi vida, pero la posibilidad de que muera igualmente en el laberinto es muy real.
Quizá yo no pueda decidir cómo ni cuándo morir, pero Amir seguirá aquí.
Ammara seguirá aquí. Mi pueblo, mis costumbres, mi historia; todo ello seguirá, y Notos también.
Es el único que tiene una posibilidad real de salvar el reino.
—Quiero que me prometas algo.
—No.
Yo parpadeo.
—¿No?
—Sea cual sea la promesa que estás buscando, búscala en otra parte. No pienso concedértela.
Lo veo muy tenso; aprieta con fuerza el puño derecho.
—Bueno —digo con voz entrecortada, y le arrojo la túnica—. Me alegra saber dónde reside tu verdadera lealtad.
Él se pone la prenda.
—Puede que tú tengas prisa por aceptar la derrota, pero yo no. Si centramos nuestros esfuerzos en escapar del laberinto, podremos regresar a Ishmah…
—¿Y entonces qué? La última vez que lo comprobé, Ishmah estaba repleta de umbrandantes.
—Y también está el ejército del príncipe Balior—.
¿Cómo vamos a escapar de aquí? Y la bestia…
No sé exactamente qué ha hecho, pero le ha concedido al príncipe Balior algún tipo de poder oscuro. Esto es peligroso, Notos.
Él niega con la cabeza. Al hablar, a su voz le falta esa cualidad segura de sí misma que he llegado a esperar de él.
—La biblioteca…
—Ya hemos extraído de ahí toda la información que podíamos.
Él se queda en silencio. Algo se ablanda en mi interior. He visto cómo morían mis seres queridos, pero yo al menos tendré la posibilidad de volver a verlos en el más allá cuando mi tiempo se acabe. ¿Qué se sentirá al presenciar siempre el final de la vida de los otros y no morir nunca?
—Doy las gracias por el tiempo que me ha sido concedido. Veinticinco años —digo—. Muchos no tienen ese privilegio.
—¿Y no quieres alargar tu vida? —inquiere, más tenso a cada momento que pasa—. Hay un modo de salir. Tiene que haberlo.
—No se puede alterar el destino, Notos. La maldición se me llevará, te guste o no.
—¡No lo permitiré! —ruge.
El Viento del Sur se ha puesto en pie. Una brusca ráfaga de aire arrastra la tierra por el largo y sucio túnel. Su pecho se contrae como un fuelle. Empieza a caminar en círculos. Yo contemplo, calmada, sus largas zancadas. De pared a pared. Va a acabar abriendo un surco en el suelo.
—Notos. —La siguiente vez que pasa junto a mí, lo agarro de la mano—. Por favor, siéntate. Me estás mareando.
Está prácticamente vibrando.
—No pienso aceptarlo, Sarai. No.
Cuanto más se mueve, más segura estoy de que algo se desplaza por las sombras a su espalda. Me quedo parada y oteo en la lejanía, con los ojos entornados. Él no parece darse cuenta.
—Notos —susurro. Él hunde la cabeza entre las manos con un gemido—. ¡Notos!
Se gira hacia mí con frustración.
—¡¿Qué?!
—Hay alguien aquí.
Notos se gira en redondo y desenvaina la espada en medio latido. Una poderosa ráfaga brota en espiral y recorre el helado pasadizo. Una expresión extraña cruza la cara del Viento del Sur. Baja la espada.
—¿Euros?
Mis ojos se desorbitan. Una figura alta y ancha se nos acerca un paso, envuelta en tinieblas como si de una segunda piel se tratara. Lleva un largo manto oscuro que revolotea alrededor de sus piernas, con la capucha echada. Es el Viento del Este. El hermano pequeño de Notos. Este envaina la espada.
—Recibiste mi mensaje.
La figura encapuchada da un paso al frente, un movimiento tan espectralmente parecido al de una serpiente que un sudor frío recorre mi columna.
Se detiene justo al alcance de nuestra mano.
No es un simple mortal. Se eleva, enorme, sobre nosotros.
El aire a su alrededor vibra con una energía que le pertenece a él y a nadie más.
Ni siquiera a esta distancia consigo ver sus facciones.
La oscuridad dentro de la capucha lo consume todo, no resalta sus ojos, ni la nariz, ni la boca. Es un cráter, un abismo.
—¿Qué puedo hacer por ti, Notos?
La voz grave y rasposa del Viento del Este me reverbera por la piel. Ya la he oído antes.
Es el Señor de la Montaña.
Examino a este dios encapuchado, con la boca tan seca como el polvo.
Sí, se trata de él. Estoy segura. Recuerdo el momento en que Notos estudió la notación musical en Mirash y la expresión de confusión que asomó a su semblante al ver el esbozo de un hombre alado en la esquina inferior del pergamino.
Le envió un mensaje a Euros para que se reunieran. Y aquí está.
—Estamos buscando información sobre la maldición —responde el Viento del Sur, y se coloca a mi lado. Yo me apresuro a ponerme en pie y sacudirme el polvo del vestido—. Una información que creemos que tú posees.
—Una maldición. —Euros ladea la cabeza, un gesto inconfundiblemente depredador—. Cuéntame más, por favor.
—Notos —susurro, y le agarro el brazo al Viento del Sur—. Es él.
—¿Quién?
Me cuesta tragar saliva, tengo un nudo de inquietud en la garganta. No sé qué ocurrirá si confirmo su identidad.
—Es el Señor de la Montaña.
Durante un momento, todo queda en silencio, excepto por el ritmo acelerado de mi corazón. Al cabo, Notos susurra:
—¿Qué?
Entonces le hablo de la voz que he estado oyendo cada vez con más frecuencia durante los últimos meses.
Le cuento lo que ocurrió cuando caí por las murallas exteriores.
Me desperté, sin saberlo, en el laberinto.
Jamás habría imaginado que el Señor de la Montaña fuera en realidad el Viento del Este, a quien Notos me describió en cierta ocasión como un dios reservado, casi violento.
Alguna especie de corriente oscura reverbera bajo la superficie de esta deidad. Un pasado tumultuoso le ha dado forma.
Una ráfaga de aire del desierto se propaga por el espacio y obliga a retroceder a esta humedad que huele a mar.
—¿Maldijiste a Sarai? —gruñe Notos—. ¿Tú?
El Viento del Este se yergue cuan largo es, más alto que antes. El hueco de su capucha se orienta hacia mí. Mi cuerpo entero hormiguea bajo ese escrutinio que no puedo ver, que solo puedo sentir en forma de incómodo picor que me recorre el cráneo.
—Pareces sorprendido, hermano —replica con una perturbadora falta de emoción fiera—. ¿Acaso no es por eso por lo que me has mandado llamar?
—Pensaba que podrías tener alguna información sobre el laberinto. ¡No era consciente de que fuiste tú quien la encerró aquí! —ruge Notos—. ¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible que tú seas el Señor de la Montaña?
Se pasa los dedos por los densos rizos de su cabello oscuro.
Con las manos a la espalda, el Viento del Este empieza a rodearnos en círculo.
El dobladillo de su manto sisea al rozar el suelo de piedra gris.
Al pasar, un sutil aroma a salitre me quema en las narices.
Me acerco más a Notos, con mirada cautelosa.
Y pensar en todo el sufrimiento que este dios me ha hecho pasar, en todo el sufrimiento que ha hecho pasar a mi familia, a mi reino. Es absolutamente repugnante.
—Le mentiste a mi padre —le rujo a Euros—.
Pensó que eras benevolente, que salvarías mi vida a cambio de la construcción del laberinto que aprisionaría a la bestia.
Pero lo que hiciste fue aprovecharte de un hombre desesperado.
Nos robaste la lluvia. Me maldijiste para que muriese en mi vigesimoquinto día del nombre.
Lo más probable es que tú hayas enviado también a los umbrandantes a Ammara.
—Tenso la mandíbula—. ¿O acaso lo niegas?
—¿Te maldije para que murieras? —Suena curioso.
—Sí —digo entre dientes—. Me maldijiste para que muriese por el pinchazo de una espina de iris negra, solo que, en vez de morir, aparecí en este laberinto. ¿Por qué?
La teoría de Tuleen de que la profecía fue malinterpretada es interesante, pero necesito pruebas. Quiero la verdad, y quiero que me la diga la deidad que me colocó aquí.
Por fin, el Viento del Este se detiene.