27 #5
Acelera el ritmo, describiendo círculos y más círculos.
Luego me introduce un dedo y, a continuación, otro.
Notos se retira; mi humedad le proporciona suficiente fricción por mi carne hinchada.
Es una agonía. Es un éxtasis. El Viento del Sur me lleva hasta el límite.
Estoy justo en el filo de la navaja, entre el placer y el dolor.
—Eres, sin duda, la mujer más hermosa sobre la que jamás haya posado la vista —susurra—. Ver cómo te deshaces…
Arqueo la espalda hasta separarla del suelo. «Sí, esto. Más.» Estoy muy muy cerca. Lo agarro del brazo y tiro de él hacia arriba.
—Necesito que te metas dentro de mí. Ahora.
El Viento del Sur se apoya en las rodillas.
La amplitud de sus hombros arroja una sombra más oscura contra la pared del laberinto.
Su cuerpo es hermoso. Ese vientre duro y tenso.
Los fornidos muslos se separan cuando se mueve para que los dos nos giremos, de modo que él descansa bocarriba y yo quedo sentada encima, con las piernas abiertas sobre su musculoso abdomen.
Nuestros ojos se entrelazan, y yo caigo en el recuerdo de la primera vez que hicimos el amor.
En aquel momento todo era nuevo, por descubrir.
El futuro estaba cubierto por las sábanas revueltas de nuestra unión.
Lo que sucedió entonces se repite ahora, pues dudo de lo que nos espera si escapamos del laberinto.
¿Habrá caído Ammara entre cenizas y ruina? ¿Nos espera el alba de un nuevo día?
Entonces Notos dice:
—Sarai.
Una palabra sencilla, y sin embargo jamás se ha pronunciado nada con tanto amor, confianza y compromiso.
Mi inquietud mengua, y me centro en la fuerza de su cuerpo entre mis piernas separadas, en los rizos densos que le cubren los pectorales.
Lo alineo justo sobre mi abertura y dejo que se hunda en mí, despacio.
Es un gozo inexplicable experimentar tanta tensión por dentro, sentirme viva, deseada, vista.
Esta postura me da más control sobre la velocidad y la profundidad de nuestra unión, y la aprovecho.
Me echo hacia atrás y me hundo con deliberada lentitud, disfrutando por completo de los sonidos de placer que consigo extraer del Viento del Sur.
Contemplo su expresión al tiempo que mi cuerpo aprieta su sexo.
El destello en sus ojos está nublado de ansia. Tiene los tendones del cuello tensos.
Y despacio, muy despacio, este calor empieza a prender, a llevarnos poco a poco hasta el final. Notos me clava los dedos en la cintura, sube hasta mis pechos, los aplasta con gesto posesivo. Juntos nos elevamos y juntos caemos. Mi trasero choca una y otra vez con sus muslos, siguiendo el ritmo.
—Sí —gruñe Notos, lo cual me motiva a aumentar la velocidad.
El Viento del Sur y yo jamás hemos estado destinados a apagarnos como se apagan las ascuas.
Estamos destinados a ser fuego, a la luz blanca de la completitud.
Me mareo, embriagada por el fuego vivo de sus manos, por el olor almizcleño de su excitación, por el sudor que le cubre la piel y el pesado perfume de nuestro apareamiento.
Su glande impacta en lo más hondo de mi ser.
Profiero una exclamación ahogada y me giro para alargar aún más el contacto.
Él inclina la cabeza y atrapa uno de mis pezones entre los labios.
Me lo chupa y echa las caderas hacia arriba, para crear dos latidos gemelos entre mi pecho y mi centro empapado.
Un sonido de delirio ininteligible me sale de entre los labios, estrangulado.
—Notos.
—Qué bien me siento dentro de ti, Sarai. —Contempla su propio sexo al extraerlo de mi cuerpo, el brillo de la humedad—. Me siento increíblemente bien.
Dicho esto, se introduce en mi interior con una poderosa embestida.
Alcanza un punto que consigue ponerme los ojos en blanco.
Yo lo aprieto con los muslos, muevo las caderas y las coloco para que la protuberancia entre mis piernas roce el hueso de su cadera, de manera que la tensión ascienda, más dulce y más intensa.
Una de sus grandes manos se clava en mi trasero.
Me agarra, me pega contra sí, no me deja espacio para separarnos.
Este era otro de los detalles que había olvidado: la dualidad entre el Viento del Sur amable y el dominante, el apasionado y el sabio.
Moldea mi carne con su posesividad. Sus ojos son como estrellas oscurecidas.
Con otro duro empellón, Notos suelta un gemido pegado a mi boca.
Seguimos moviéndonos, enloquecidos. A punto de terminar.
Y mientras nos movemos, comprendo lo difícil que es encontrar el amor, no una, sino dos veces en la vida.
Ya perdí en su día a Notos. No sé si podría volver a sobrevivir a algo así.
Y sin embargo, he ahí la fuerza de nuestro vínculo, forjada y rota y vuelta a forjar a lo largo de los años.
No somos brotes verdes recién florecidos.
Hemos aguantado mucho. Nuestras raíces son profundas.
Cuando al fin nos corremos juntos, los dos cuerpos alineados, suena la música más hermosa.