El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 27 #4
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Agarro la base de su erección y me la trago hasta el fondo. Notos suelta un juramento bajo y me agarra el pelo con más fuerza, manteniéndome quieta durante un instante. El denso vello negro alrededor de su sexo me acaricia la nariz; relajo la garganta y acepto toda su longitud.

Los años han pasado, pero recuerdo su sabor, a tierra y sal.

Lo acaricio bajo el glande con la lengua y un músculo se crispa.

Me lo voy trabajando despacio, primero con la boca, luego con la mano y después con una combinación de ambas.

Un gemido brusco y torturado se le escapa. Empieza a mover las caderas.

Yo lo aprieto con más fuerza. Hago una succión larga y deliciosa hasta la base y me retiro. Todo su sexo resplandece con mi saliva. Repito el movimiento una vez y otra. Notos aprieta las rodillas, con la expresión contraída y la cabeza echada hacia atrás.

—Sarai —dice mi nombre, y a continuación suelta un gemido tortuoso.

Se hincha aún más bajo mi contacto. Su olor florece, y yo me sigo esforzando hasta dejarlo a punto. Justo un momento antes de que termine, lo suelto con un fuerte sonido de succión y una sonrisa de oreja a oreja.

El Viento del Sur me contempla, aturdido.

Luego cae de rodillas y me toma en sus brazos.

Me quita toda la ropa, prenda a prenda. Me saca el vestido de un suave tirón por la cabeza y luego pasa a desenredar la cinta que me rodea los pechos y a quitarme la ropa interior.

Me siento como si fuera una figurita de cristal a la que alguien va despojando lentamente de su protección para colocarla en una estantería o en una repisa alta.

Es por el modo en que Notos me mira, el modo en que contempla mi cuerpo desnudo. Como si fuese algo precioso.

Por supuesto, malo sería que yo no le devolviese el favor.

Lo desnudo a placer, dejando expuesto su cuerpo increíblemente formado.

Notos no es particularmente alto, pero sí recio, cuadrado, poderoso.

Unas cicatrices pequeñas y blancas le salpican la piel.

Toco una medialuna por aquí, un anillo asimétrico por allí.

Me pregunto qué armas habrán ocasionado esas pequeñas cicatrices.

Bajo aún más la mano y acaricio el hueso de su cadera.

Frunzo el ceño y me acerco a examinar una parte donde la piel está más áspera.

—Esta no la recuerdo —digo, y recorro el borde de la cicatriz, su opaca textura. Debe de ser tan ancha como la hoja de una espada, si no estoy muy equivocada—. ¿Quién te la hizo?

—Mi hermano.

La preocupación lleva mi vista hacia su cara. De algún modo, entiendo que no fue un accidente.

—Oh. —Mi dedo la recorre adelante y atrás—. ¿Cuál de ellos?

—Euros.

—¿Y puedo saber por qué?

El Viento del Sur se inclina hacia delante y me mordisquea el cuello. Entrecierro los párpados al sentir el calor de su aliento, que me humedece la piel.

—Te lo contaré —murmura junto a mi oído—. Pero no ­ahora.

Mi sonrisa se ensancha aún más, dispuesta. Supongo que tiene razón, ahora no es el momento. Mis dedos descienden aún más y rozan levemente su fornido muslo derecho, hacia la cara interior, cerca de su sexo protuberante. Notos se estremece ante mi contacto.

—¿Acaso intentas matarme, mujer?

—Eres inmortal —le recuerdo con tono de falsa modestia.

—Eso da igual, porque tu contacto es letal —murmura él—. Tu lengua es el veneno más dulce.

Luego, su mirada desciende hacia mi boca. Apoya el pulgar en mi mejilla y me atrae hacia sí para plantarme un suave beso en la boca hinchada.

Un beso da paso a otro, más largo, más húmedo, más profundo. Cuando nos separamos, me cuesta respirar, encajar mis pensamientos hasta darles algo parecido a orden. Tengo la piel tan ruborizada que el aire frío casi me parece un bálsamo.

—Hace tanto que ansío esto —susurro, temblorosa. Dioses, cuánto lo he deseado—. Y ahora que ha llegado…

—Lo sé. —Notos me acuna la mejilla con la mano—. ¿Puedo decirte lo que yo ansío? —Asiento—. Lo que ansío —dice, acariciándome la mejilla acalorada con el pulgar— es darte el placer que he deseado proporcionarte desde que nos separamos.

Al oírlo, mi pulso se acelera.

—¿Qué tienes en mente?

Como respuesta, él me introduce las manos bajo los brazos y, con delicadeza, me tumba de espaldas.

El suelo me abrasa. El techo es un agujero negro en las alturas.

Y sin embargo, el laberinto desaparece cuando Notos se coloca a mi lado, con el brazo bajo mi cabeza y mi cadera apoyada en su abdomen.

Se acerca, pero no lo bastante. Las puntas de sus dedos rozan mis pechos desnudos.

Me tiembla la piel, cálidas oleadas de sensaciones me recorren los brazos y las piernas.

Me da un pellizco en un pezón y lo acaricia firmemente con el pulgar hasta que me late dolorosamente, hinchado de sangre.

Luego pasa al otro pecho y le da un tierno apretón. Contemplo su mano, hipnotizada. Un suave sonido de ansia me sale de la garganta. Notos se lleva el pezón a la boca y chupa suavemente, sin apartar sus ojos de los míos.

Me muerdo la lengua y echo la cabeza hacia atrás, pero se me escapa un gemido.

La sensación es… increíble, maldita sea.

Su lengua juguetea con la punta, da vueltas y vueltas y vueltas, una densa espiral de calor.

Otro suave mordisco, y siento un latido entre las piernas a modo de respuesta.

Estoy a punto de prenderme fuego. No me cabe duda.

Sus dedos bajan y bajan, callosos, y se me pone la piel de gallina.

Alzo las caderas, buscando la penetración.

En lugar de eso, él introduce dos dedos por mi carne empapada y toquetea la pequeña y sensible protuberancia con otro, trazando círculos a su alrededor.

La fricción me contrae por dentro, me provoca un vacío que necesita ser llenado.

—No apartes la vista de mí —dice.

Una risa delirante se me escapa.

—Como si quisiera mirar otra cosa.

Sus ojos llamean de satisfacción, las pupilas le titilan bajo la luz de las velas.

Siento otra oleada de calor que me abrasa la cara, el cuello, el pecho.

Él sigue jugando conmigo y yo no me atrevo a apartar la mirada.

Tiene la expresión arrebatada, presa de una exaltación reservada solo a los dioses.

Mis intentos de mover las caderas hacia su mano se ven frustrados.

Su risa grave y retumbante es un gozo para los oídos.

Sigue recorriendo la zona pero luego aparta la mano durante un momento.

Yo frunzo el ceño y lo maldigo. Él se ríe aún más fuerte, lo cual a su vez provoca mi propia risa…

Hasta que me toca de un modo que me provoca un exquisito escalofrío por la columna y me arrebata el aliento.

Abro aún más las piernas. El roce del aire frío contra mi centro desnudo me causa una dulce agonía arremolinada y tensa en la pelvis. Notos acaricia mi abertura, una vez, dos veces. Me sale una exhalación entrecortada. Clavo los talones en el suelo.

—¿Más? —pregunta.

—Sí. Más abajo. Ahí. Oh. —Encojo los dedos de los pies al tiempo que la quemazón se intensifica y el placer aumenta—. Por favor, no pares.