El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 27 #3
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Siento hambre. Un ansia que me consume, un descenso a la locura.

Su sabor, su aroma, el poder de su silueta…

Todo ello se combina para crear la más embriagadora impresión.

Nuestras lenguas danzan y nuestros labios se dan un festín.

Saca de mí embarazosos sonidos de pura hambre.

Y yo arranco gruñidos deliciosamente graves de su garganta.

Los mismos que provocan vibraciones en mi esternón.

Me acerco más a él, mis pechos se aplastan contra su torso.

No tenemos más que nuestro pasado, nuestros corazones expuestos.

No hay necesidad de escudarse, no hay razón para fingir.

Mi apetito florece; quiere más. Y lo alimento con ansia.

Mientras tanto, mis manos recorren al Viento del Sur.

No hay resquicio de su cuerpo que yo no toque.

Las alas de sus omoplatos bajo el algodón de su túnica, que dan paso a la columna vertebral, que desciende hasta las tensas curvas de sus glúteos y que yo agarro sin vergüenza alguna con ambas manos.

Son agradablemente redondos, de músculos firmes. Reprimo el absurdo impulso de morderle.

—Siempre me ha encantado tu culo —le susurro, pegada a su boca.

¿Absurdo impulso? No es tan absurdo teniendo en cuenta que ya lo he hecho antes. A Notos se le escapa una cálida risa entre dientes.

—No se me olvida. —Las puntas de sus dedos recorren mi cadera, la curva baja de mi espalda, y se detienen en la inclinación de mi trasero. No va más allá, y con eso no hace sino aumentar mi deseo, agudizarlo, afilarlo—. Creo haberte dicho muchas veces lo mucho que a mí me gusta el tuyo.

Sí que me lo ha dicho, ¿verdad?

—¿Me miras a menudo el culo?

La calidez que siento en el vientre aumenta. Mis pezones endurecidos duelen y rozan el frontal de su túnica. El Viento del Sur esboza una sonrisa que se contagia a sus ojos.

—Por los pasillos, cuando subes las escaleras… —Nuestras narices se rozan. Él respira directamente en mi boca—. ¿Te enfada?

—No —murmuro—. Pero me voy a enfadar si no me tocas ya.

Él me pasa los labios por la mandíbula. Un hormigueo me recorre y anula por completo mi concentración.

Espero, conteniendo el aliento, anticipando el momento en que Notos descienda.

Su mano caliente me acaricia uno de los glúteos.

Luego me da un repentino cachete, con una vívida punzada de dolor sobre la piel.

Me aprieto contra él y se me escapa una risa sin aliento.

Una risa que se ve interrumpida cuando se vuelve a adueñar de mi boca y me introduce la lengua.

La parte inferior de nuestros cuerpos se alinea. Su erección se aprieta entre mis muslos. Yo me aparto, jadeando. Sus ojos negros destellan bajo la niebla del deseo.

—¿Qué tenemos aquí? —murmuro.

Acaricio con la palma de la mano su carne turgente, que se alza aún más, caliente. Notos reprime un juramento, un sonido que para mí lo es todo. El Viento del Sur, siempre tan cuidadosamente contenido, se descompone por completo al tirar de un simple hilo.

De forma completamente instintiva, aprieto las caderas contra él y me encajo en la longitud protuberante que tiene dentro de los pantalones.

Una de sus manos me agarra del pelo; dedos recios me sujetan los mechones a puñados y dan un tirón.

Siento un delicioso dolor en el cráneo. El deseo es tan poderoso que impregna el aire.

Mi pulso se acelera aún más a medida que los besos van adquiriendo una carnalidad aterciopelada.

Nuestras bocas están tan unidas que se confunden los bordes; nos vemos reducidos a sombra y humo y noche.

Porque el Viento del Sur y yo nunca debimos estar separados.

Somos el sol y la luna, la tierra y el cielo, atrapados para siempre en un ciclo eterno, un tira y afloja perpetuo.

El destino colocó las piedras de este camino hace mucho tiempo.

Oh, cómo me he resistido a cada curva serpenteante. Pero no ha servido de nada.

El tiempo gira sobre su eje, pero yo me aferro al Viento del Sur.

He aquí lo que sé: el mañana no está garantizado.

No existen los momentos perfectos. Nuestras vidas son caóticas, desagra­dables, desordenadas.

No sé lo que nos espera más allá del laberinto.

Ni siquiera estoy segura de si saldremos con vida.

Pero no pienso malgastar el tiempo que se me ha concedido.

Siento que me curo por dentro al entregarme a este inmortal de todas las maneras posibles, en mente, cuerpo y alma. No volveremos a separarnos. Ya no.

Después de un rato, me aparto e interrumpo suavemente nuestro beso. Notos me escruta los ojos durante uno, dos, tres latidos.

—Has de comprender —digo despacio, acariciándole la ceja con el pulgar— que cuando se trata de ti, soy muy egoísta. —S iempre ha sido así. Su tiempo, su contacto, su voz, su presencia, su aroma a desierto—. No quiero una vida contigo, Notos. Quiero mil vidas juntos. Tantas como puedas darme.

Pero se me encoge el corazón, pues, aunque Notos tiene ese privilegio, yo solo cuento con una vida. Como si percibiese mis pensamientos, me acuna las mejillas entre las manos. Le ­pregunto:

—¿Qué pasará cuando esto acabe? Si sobrevivimos, quiero decir.

Él me recoloca varios mechones sueltos tras las orejas. Paciente, siempre paciente.

—¿Piensas alguna vez en el matrimonio?

Yo me echo hacia atrás, de pronto cautelosa.

—¿Con el príncipe Balior, dices? Creí que habíamos dejado claro que no quiero tener nada que ver con él, sobre todo ahora que Ammara está en peligro y que él es la semilla podrida bajo su suelo.

—No, no me refiero al príncipe Balior —aclara con una extraña timidez—. Hablaba de mí.

Mis ojos se desorbitan y cierro con fuerza la boca antes de tragar saliva.

—Oh.

Lentamente, las cejas de Notos se alzan.

—No pareces muy entusiasmada.

—No, no se trata de eso. —Casarme… con el Viento del Sur. Era lo que quería a los dieciocho años y lo que quiero ahora a los veinticinco, al margen de todo pragmatismo—. Es que me pregunto cómo funcionaría, siendo realistas. Tú eres inmortal y yo… no.

Cuando era más joven, resultaba más sencillo ignorar ese resplandeciente obstáculo, sobre todo al saber que no viviría más de veinticinco años.

Pero ahora he soportado la muerte de demasiados seres queridos.

Yo misma he cruzado ese umbral. No puedo cargar a Notos con ese dolor. Es un peso demasiado grande.

Notos me planta un beso tranquilizador en la mejilla.

—No me da miedo que envejezcas, Sarai. Sería un privilegio pasar la vida junto a ti durante el tiempo que vivas.

—Pero te acabaré dejando —le digo—. Quizá ahora no, pero algún día sí.

—Todo el mundo me acaba dejando tarde o temprano.

—Y eso lo dice con una pequeña sonrisa—.

Pero contigo valdría la pena. —Antes de que pueda protestar, me da un beso en la otra mejilla, en la frente, en la punta de la nariz.

Su contacto me calma—. Cuando todo esto haya acabado —dice, y me agarra la barbilla—, me gustaría cortejarte en condiciones.

Quiero que seas mía de todas las maneras posibles.

Quiero que el mundo sepa que nos pertenecemos el uno a la otra.

Dioses, yo también quiero eso. Más de lo que puedo expresar correctamente con palabras.

—¿Y cómo va a ser posible algo así? —inquiero. Él ladea la cabeza en una pregunta silenciosa. Yo me explico—: Ya estamos prometidos, ¿te acuerdas?

—Pero no es de verdad.

—Claro que es de verdad, Notos. —Le acaricio la mejilla con la mano—. Créeme, es de verdad. —Y yo no podría estar más orgullosa de atar mi vida a la suya de todas las maneras posibles—. Me encantaría que me cortejases. Y un compromiso en condiciones. Y sí —añado—, casarnos.

La sonrisa del Viento del Sur es la más intensa de las luces.

En ella hay seguridad, en ella hay apoyo, en ella hay generosidad, en ella hay perdón, en ella hay humildad, en ella hay evolución.

Notos me planta una lluvia de besos acalorados por los pómulos, la mandíbula, la barbilla y la curva del cuello, donde empieza a acumularse el sudor.

Y mientras tanto, no deja de murmurar promesas pegado a mi piel:

—Te quiero. Te adoro. Te amo. No quiero separarme nunca de ti.

Son más que palabras. Son una declaración, la promesa de un mañana.

Sé que el Viento del Sur dice la verdad.

Me quiere. Me ama. Y valgo más que mi estatus social.

Qué alivio saber que Notos me acepta como Sarai, nada más que Sarai.

Me dejo caer contra su pecho y me siento segura al saber que no volveré a necesitar alzar mis muros.

Ya pueden derrumbarse. La lengua de Notos se entrelaza dulcemente con la mía y mis dedos se zambullen bajo su túnica para clavarse en su piel caliente.

Es todo un placer presenciar cómo se le nubla la vista, oír su respiración temblorosa.

Puede que yo no sea inmortal, pero mi tacto tiene suficiente poder como para debilitar a este dios.

Le aparto la ropa y dejo su erección desnuda al aire. Su color oscuro y la mata de vello negro en la base me atraen todavía más. Su sexo se estremece solo de mirarlo, como si anticipase mi contacto.

Caigo de rodillas ante él. Notos inspira entrecortadamente.

Me lleva la mano a la nuca y me guía hacia delante.

Sus poderosos muslos enmarcan mi cabeza.

La línea de su abdomen me bloquea la vista del resto del laberinto.

Bajo la barbilla y le deslizo la lengua por el glande para atrapar la gota de líquido que asoma ya en la abertura.

Notos sisea con los dientes apretados. Yo lo miro con ojos entornados y pregunto:

—¿Bien?

—No tengo palabras —dice con voz estrangulada y los ojos negros de deseo—. No tengo… —se estremece, con las mejillas sonrojadas— palabras, excepto que he soñado con esto, con tenerte de rodillas ante mí para darme placer.

Percibo en mi rostro la calidez de la satisfacción. Resulta que nada me complace más.