27 #2
Con la cimitarra en la mano, Notos arremete contra el monstruo.
Su arma es apenas un borrón. Lanza un tajo vertical de brillante plata en medio de la penumbra y, sin embargo, el arma no alcanza a la bestia; ni siquiera puede tocarla.
La conmoción paraliza el semblante de Notos.
El toro se lanza sobre él. El Viento del Sur salta para esquivarlo, a lomos de una ráfaga de viento.
Si no me equivoco, su espada no ha conseguido penetrar en la piel de la bestia.
La ha atravesado como si la criatura estuviese hecha de humo.
Pero… es que no está hecha de humo. Chocó contra el muro que yo había levantado y mi lanza sí que la hirió. ¿Cómo es posible?
Y de pronto lo comprendo. La música. Lo único que le ha hecho daño es lo que ha conjurado el violín. Y por lo tanto, la hoja de Notos no surte efecto.
El toro retrocede para tomar impulso. De sus cascos se alza una nube de oscuridad hacia Notos, que la recibe con las piernas bien plantadas en el suelo y la espada alzada.
La sombra colisiona con el árido aire del desierto.
Un estruendo reverbera por las paredes de la gruta; tanto el dios como la bestia se ven arrojados en direcciones opuestas.
Notos gira en el aire y aterriza de pie.
El toro se estrella contra una pared distante. La mugre cubre su silueta derrumbada.
El Viento del Sur se enjuga la frente con el antebrazo.
Tiene el pelo color ébano despeinado, cubierto por una fina capa de polvo.
Una vez más, envía una poderosa ráfaga de viento a la bestia, pero esta rebota sobre sus cuartos traseros, completamente inofensiva.
Notos suelta una maldición, impotente ante su enemigo.
Esto es lo más cercano a la mortalidad que seguramente haya experimentado el Viento del Sur.
—No va a funcionar —grito. Notos se sobresalta y gira en redondo hacia mí. Sus ojos se desorbitan—. Arrincónala contra la pared —le ordeno—. Si puedes mantenerla ahí el suficiente tiempo, voy a poder enviarla a otra parte.
Él asiente, con los labios apretados hasta formar una severa línea.
Usando su poder, acorrala a la criatura contra un rincón, mientras yo empiezo a tocar.
Tres, cuatro, cinco cuerdas vibran en el aire.
Un vacío aparece a espaldas de la bestia: un abismo.
Notos le arroja al monstruo un viento en espiral que lo lanza al interior de la cavidad.
El vacío se cierra en el mismo momento en que dejo de tocar.
No tengo ni la menor idea de dónde lo he enviado ni de cuánto tiempo se quedará allí.
—Sarai. —Notos se me acerca a toda prisa, con la túnica empapada de sudor y los ojos desorbitados—. ¿Te encuentras bien? ¿Estás herida?
Un sonido grave y destrozado me brota de la garganta. Este inmortal… que me robó el corazón…, a quien creí haber perdido.
—Has venido —sollozo, y me derrumbo en brazos del Viento del Sur.
Él inclina la cabeza hacia mí. La fragancia de su aliento me calienta la boca.
Inhalo ansiosa, desesperada por captar su aroma.
Está aquí. Estamos aquí, juntos, y él me murmura palabras de consuelo y ánimo.
Me rompo por dentro. No puedo ni mantenerme en pie.
No puedo protegerme de un viento todopoderoso.
—Pensaba que habías muerto —susurra.
—Si sirve para que te sientas mejor —consigo decir con palabras confusas—, yo también lo pensaba.
No se oye más sonido que mis sollozos quebrados. Siento su deseo de eliminar esta frágil barrera entre los dos. Quizá yo también lo haría si no me recorriese por completo la adrenalina, esta unión de vida y muerte que me domina.
—No sabía lo de la iris negra —dice—. Has de saber que jamás te haría daño intencionadamente.
—Lo sé. —Su preocupación me roza la piel como un dolor físico.
Él lo sabe, lo ve, y yo no puedo soportarlo.
No puedo soportar esa sensación de estar desnuda hasta los huesos—.
Debería haber imaginado que mi destino me traería hasta el laberinto.
—N iego con la cabeza—. Dilo —sollozo con total sinceridad—.
Di que he sido una idiota por haber confiado en el príncipe Balior.
Dímelo. —Un vívido lamento se escapa de entre mis dientes, un sonido de tensión continua—. Dime que no he aprendido nada.
Mi cuerpo se tensa, preparado para el golpe inevitable.
Sin embargo, el Viento del Sur no hace más que rodearme con más fuerza entre sus brazos y decir:
—Estoy aquí, Sarai. No estás sola.
Y con eso, aparta de mí una carga insoportable.
Porque me he sentido muy sola todos estos años, y no me considero fuerte, ni sabia, ni lista, ni completa.
¿Cómo podría sentirme así si toda mi vida me han dicho que he de ser otra persona?
Qué idea tan horrible, cuánto daño puede hacerle a una niña pensar que, en lo más profundo de su ser, es defectuosa.
Y sin embargo, este hombre, este dios, este inmortal generoso y clemente, que se ha metido en mis asuntos como si tuviese todo el derecho…
—Ya no puedo resistirme —susurro.
Él guarda silencio.
—¿Resistirte a qué?
—A ti.
Su boca roza mi oreja. Un escalofrío me corre por la columna.
—Pues no te resistas —dice Notos. Como no respondo, se echa hacia atrás, aunque no tanto como para soltarme.
Tiene el rostro manchado de mugre, que se acumula en las arrugas que rodean las comisuras de su boca—.
Durante mucho tiempo he estado convencido de que en realidad no pertenecía a ninguna parte.
Y así, cuando llegué a Ammara, me dejé llevar.
Acepté la idea de que no iba a tener jamás un hogar. De que quizá no me merecía tenerlo.
—Oh, Notos. —Se me rompe el corazón por él.
—Pero se puede construir un hogar —susurra, y me sorprende el temblor de su voz, una corriente subyacente del miedo que lleva consigo—. Se puede encontrar y construir en otra persona. —Sus ojos oscuros se cruzan con los míos, y dice—: He encontrado un hogar contigo.
Yo parpadeo rápidamente, pero las lágrimas asoman de todos modos. Sus palabras son hermosas. En ellas veo todo su corazón. Un corazón que es mío. Un corazón que pienso atesorar y defender. Un corazón que resguardaré, si él me permite ese honor.
—Siento haberte apartado de mí. —Reprimo esa antigua vergüenza que me dice con total certeza que no soy digna de Notos, de este único aspecto positivo de mi vida.
Sin embargo, a fin de cuentas, no soy más que humana.
Soy imperfecta. No estoy completa, y jamás lo estaré—.
No estaba pasando por un buen momento, como bien sabes, y supongo que me sentía insegura sobre mí misma.
Él acuna mi rostro entre sus anchas manos. Sus pulgares enjugan los riachuelos de lágrimas de mis mejillas.
—¿Insegura por qué?
A pesar de mis intentos de reprimir la emoción, esta me sale a borbotones. Las palabras brotan como un graznido.
—Temía que me abandonases, que no me quisieses.
Los ojos de Notos se vuelven tiernos, cálidos.
—Sarai. —Mi nombre es un sonido de alivio y completitud, de profundo entendimiento. Me tiemblan las rodillas—. Jamás he querido nada en mi vida, pero entonces te vi a ti y caí rendido por completo. Ni siquiera los dioses pudieron detenerme.
La pétrea emoción que obstruye mi tráquea se diluye. Trago saliva. Él dice:
—Siempre te he amado. —Apoya su frente contra la mía—.
Creo que no comprendes lo profundos que son mis sentimientos por ti.
Me tienes cautivado. Estoy enamorado completa, estúpida y locamente de ti.
De ti, tal y como eres en este momento. Tal y como siempre has sido.
—Tuerce la boca al tiempo que frunce el ceño, y escruta mi mirada—.
Pero me he pasado muchas noches despierto preguntándome si esos sentimientos eran recíprocos.
Eso es culpa mía. No le he dado a Notos razón alguna para confiar en mi palabra. A fin de cuentas, mis actos no siempre han demostrado mis verdaderos sentimientos…, sino más bien lo contrario.
—¿Quieres que te diga la agónica tortura que ha supuesto para mí tu regreso?
—empiezo a decir—. Te veía practicar antes del alba, entre la niebla, y fingía que no veía el sudor que lamía tu piel.
Te buscaba en los pasillos, intentaba oír el ritmo de tus pasos tras cada recodo, en cada habitación.
Había días en los que creía que me iba a volver loca por culpa de esta obsesión.
Una breve risa sella mis palabras. Me veo atrapada por los ojos del Viento del Sur, cubiertos al igual que los míos de una emoción demasiado grande como para contenerla. Prosigo:
—¿Quieres que te diga que tu ternura ha ido haciendo pedazos poco a poco mi armadura?
A veces tu paciencia ha sido lo único que me ha mantenido estable.
Me has inspirado más allá de toda medida para crecer y enfrentarme a mis miedos.
Y he visto lo mucho que te importa mi pueblo.
Lo mucho que crees en mí, dioses… —Sin Notos, ¿me habría llegado a plantear marcharme de Ishmah?
¿Habría sabido reconocer lo mal que me trataba padre de no haber recibido el amor, la aceptación y la amabilidad del Viento del Sur?
—. Me has robado por completo el corazón, Notos.
No hay otro modo de decirlo. Te amaba hace años y te amo ahora.
Y te amaré mañana, y mientras me sigas aceptando.
Eres todo lo que quiero. Y… espero que no sea demasiado tarde para decirte que…
Su boca se estrella contra la mía. Nuestros dientes chocan. El dolor me recorre las venas. Él me abre los labios con la lengua, me lame profundamente. Y mis pensamientos se esparcen por el viento.