27
A lgo me está siguiendo.
No sabría decir cuántas horas llevo atravesando estos pasadizos en zigzag, los recodos quebrados del laberinto.
De vez en cuando llego a un callejón sin salida y me veo obligada a retroceder.
El tiempo se mueve de forma extraña en esta oscuridad desconocida.
Sin embargo, poco después de empezar a explorar capté unos golpes constantes y rítmicos: tic, toc, tic, toc. Como un metrónomo.
Aprieto la funda del violín contra mi pecho.
Es bastante pesada, podría usarla como arma si es necesario, aunque me da miedo dañar el instrumento en su interior.
Qué estupidez preocuparme más por este violín que por mi propia vida.
Cuanto antes me escape de este lugar, antes podré ayudar a mis seres queridos.
Al cabo llego a una bifurcación. Izquierda o derecha. Las paredes de los pasadizos, talladas con símbolos de un lenguaje antiguo, se alzan como acantilados y ocultan lo que hay más allá de la piedra blanca. El sonido se desvanece pero siempre regresa: tic, toc, tic, toc.
Aguzo los oídos. Suena más cerca que antes. Giro a la izquierda. Mi mano sudada sujeta el mango de cuero de la funda del violín. Giro en un recodo y luego en otro. Sea lo que sea lo que me sigue —¿la bestia?—, suena enorme.
Me escondo tras una pared y veo una zona en la que parte de la piedra se ha derrumbado en un muro, formando una grieta lo bastante grande como para ser un buen escondite.
Consigo encajarme en el estrecho espacio, con los ojos fijos en el túnel más adelante.
Escruto mi entorno rápidamente y veo varias piedras de menor tamaño esparcidas junto a la base de la pared. Agarro una y contengo la respiración.
De entre las sombras lejanas emerge la bestia.
Su cuerpo es un bloque de músculos apoyados en cuatro patas alargadas y huesudas, curvas y rematadas por cascos de ébano.
Un pelaje encrespado cubre su hocico y el interior de sus anchas y rosadas fosas nasales.
Sus hombros parecen peñascos que asoman por entre su inclinada espalda.
Tiene el cuerpo salpicado de vello negro.
Parece un toro, aunque por la extraña forma de su cabeza comprendo que en su día tuvo apariencia de hombre.
Olisquea el suelo junto a la pared de enfrente. Está demasiado cerca.
Esa criatura poseyó en su día suficiente lucidez como para dejar por escrito sus pensamientos, la vergüenza de su existencia.
Esta bestia, a la que se ha sacrificado a más de una docena de hombres…
, ¿llegó a tener nombre en su día? ¿Llegó a tener familia?
Al contemplarla ahora, entiendo que su mente esté demasiado trastornada como para razonar. Aquí soy su presa.
Con una breve plegaria, lanzo la piedra tan lejos como puedo. El súbito repiqueteo atrae la atención del toro, que embiste en esa dirección.
Yo me pongo en pie y obligo a mis débiles piernas a correr a toda velocidad. Llego a una bifurcación, giro a la derecha. Otro pasadizo, otra bifurcación, otra elección que podría llevarme a la salvación o la ruina. En el siguiente recodo me estrello contra algo sólido envuelto en sombras.
Con un grito, araño con las uñas la enorme figura, que me agarra de la muñeca y me aprieta contra sí. Unos brazos me rodean el torso para intentar amortiguar mi forcejeo.
«Sarai», me arrulla una voz.
Un estremecimiento me encoge el corazón, los pulmones, las costillas.
—Suéltame. —Me retuerzo en brazos de la criatura. Me estoy quedando sin aliento.
«¿Por qué forcejeas, Sarai? ¿Por qué forcejeas, hija mía?»
Me quedo helada. El frío empieza a adueñarse de mi piel. ¿Hija? Aparto la figura de un potente empujón. Se trata de una mujer.
La conozco, aunque nunca nos habíamos encontrado.
Reconozco su cara, con esa regia forma ovalada y los labios rosados.
El ceño alto y el cabello negro y ondulado.
El hoyuelo en la barbilla. Su retrato cuelga del salón del trono junto al de padre.
Se trata de la reina Khalise de Ammara, que murió a los treinta y tres años.
Sin embargo, esta no es mi madre. No se trata sino de una versión retorcida de ella. Su piel no es más que jirones de tela que le cuelgan de los huesos. Lleva un vestido blanco y deforme. Su largo cabello de ébano le cae formando mechones mojados por la espalda esquelética.
«Te he estado esperando, Sarai.» Alarga la mano hacia mí. «¿Dónde has estado todo este tiempo? ¿Por qué te escondes del destino?»
Me aparto de esa mano huesuda y tendida. Ella entreabre la boca y emite un lamento grave y burbujeante. Un fluido negro mana por sus encías podridas. Yo grito, retrocedo y compruebo que ha cerrado esos dedos huesudos alrededor de la funda del violín.
Un ruido repentino me obliga a girar la cabeza hacia el túnel del que he venido.
Incluso a esta distancia, oigo que la bestia se desplaza en algún lugar más allá de mi vista.
Debe de haber captado mi aroma. El repiqueteo de sus cascos retumba, sonoro.
Intento liberar la funda de un tirón. El fantasma avanza; la piel se le derrite sobre los huesos, tan blanda como la cera de una vela.
«No es mi madre», me recuerdo, y le arreo un puñetazo en la cara.
La criatura cae al suelo con un chapoteo.
Agarro bien la funda y echo a correr por otro pasillo lateral, intentando poner tanta distancia como pueda entre el toro y yo. No estoy segura de cuánto podré seguir corriendo. La funda me ralentiza bastante.
Aunque quizá lo estoy enfocando de manera equivocada.
El violín me ayudó antes, quizá todo está conectado: el laberinto, el violín de Fahim y yo.
No sé cómo ni por qué, y me da bastante igual.
Me detengo en medio del pasadizo y abro los cierres de la funda.
Saco el instrumento y acerco el arco a las cuerdas.
La respiración entrecortada de la criatura se oye al otro extremo del pasadizo.
¿Qué es lo que necesito? Protección. Un modo de defenderme. El violín creó una puerta que me trajo hasta aquí. ¿Qué más podría invocar? Voy a construir un muro de sonido, de música. Tocaré hasta que rompa el techo oscurecido en las alturas.
Entonces recuerdo la pieza de notas musicales que nos enseñó el joyero de Mirash.
Evoco la melodía y empiezo a tocar. Resuena, como una campana, por la garganta que es el corredor.
Le doy forma con toda intención, y entonces aparece una barrera de piedra bajo un resplandor nebuloso, que empieza a crecer y a crecer más.
En la parte superior de la barrera, la piedra se transforma, se vuelve transparente.
Es vidrio, lo suficientemente grueso como para formar una pared.
Casi he acabado de construirlo todo cuando el toro aparece, corriendo a toda velocidad por un recodo.
La melodía termina, pero yo vuelvo al principio de la pieza.
Atravieso las medidas, las notas, rezando para que no me fallen los dedos.
A pocos pasos de la pared, el monstruo se detiene.
Sus ojos son amarillos, como la luz del sol entre la niebla.
De sus fosas nasales brotan nubes retorcidas de vapor.
La bestia camina en círculos frente a la barrera.
Un grave gruñido de frustración sale de su pecho.
Me temo que, en el mismo momento en que deje de tocar, la barrera se desvanecerá.
Una vez que el muro queda fortificado, centro mi atención en crear una lanza larga y brutal, que flota encima del suelo a mi derecha.
Tiene una punta afilada y un asta recia. Servirá.
—¡Sarai!
Mis dedos vacilan. El muro tiembla y la bestia golpea con su ancha cabeza la barrera. Me apresuro a seguir tocando, y la pared se solidifica, mezclándose con las sombras en las alturas.
—¿Notos?
—Sigue llamándome —exclama—. Te encontraré.
El corazón se me hincha con un amago de esperanza. Su voz. La he echado de menos, aunque siento que no han pasado más que un puñado de horas desde la última vez que hablamos. Con esfuerzo, me concentro en la tarea que tengo entre manos: acabar con esta bestia oscura.
Lentamente, la lanza se alza por los aires.
Utilizo una serie de rápidas semicorcheas para echar el arma hacia atrás y arrojarla.
La lanza cruza el aire limpiamente. Permito que el arma atraviese la barrera, y así lo hace.
Se hunde profundamente en el protuberante hombro del animal.
Un grito gutural se escapa de la boca de la bestia, que retrocede a trompicones.
La sangre se acumula bajo sus cascos. Luego embiste el muro y aplasta su fiero rostro contra la superficie.
Mientras siga tocando, estoy a salvo. El problema es que es imposible centrarse en dos tareas a la vez. Con la atención fija en la lanza, no consigo reforzar el muro. El toro golpea la barrera con sus cuernos romos y la atraviesa en medio de una lluvia de esquirlas de cristal.
Yo echo a correr, tan deprisa que me olvido de agarrar la funda del violín.
Resulta imposible tocar y correr al mismo tiempo, pero me las arreglo para meterme el instrumento bajo el brazo derecho mientras agarro el mástil con la mano izquierda.
Hago sonar las cuerdas con la mano derecha, un sonido frenético.
El instrumento se me clava en el costado. Me tambaleo, intentando respirar.
Y entonces, de repente, el sonido de los cascos que me persiguen se detiene.
Aminoro la marcha y miro hacia atrás, con la garganta abierta intentando tragar aire.
La saliva se acumula en las comisuras de mi boca.
No tengo ni idea de si estoy más cerca de escapar que hace unos momentos.
¿Me atreveré a aventurarme en el laberinto, en estos corredores que me embrujan?
En última instancia, no me queda alternativa.
Vuelvo por donde he venido, con el violín encajado bajo la barbilla, por si acaso. Giro un recodo y veo a la bestia, cuya enorme forma está envuelta en sombras mientras lucha contra el Viento del Sur.