26 #3
Se me acerca con unos pasos deliberadamente lentos. Una nueva oleada de dolor se instala en mis articulaciones al ponerme en pie con cautela, vigilando ese extraño poder que tiene Balior. Nunca he visto nada parecido. ¿Cómo podré luchar contra algo que no comprendo?
—No puedes arrebatarme Ammara —exclamo con voz ronca—. No lo permitiré.
El príncipe Balior me contempla con una mirada compasiva.
—Sarai —dice—, ya te la he arrebatado.
Hace un gesto hacia un espejo apoyado en la pared.
Estoy segura de que no estaba ahí antes.
La superficie se rompe en un millar de ondas.
Cuando se calma, contemplo horrorizada que Amir y Tuleen intentan bloquear la puerta de su dormitorio.
Algo la golpea desde el otro lado. Se abre una grieta en la madera y un zarcillo negro se desliza al interior de la habitación hasta cerrarse alrededor del tobillo de Tuleen.
Ella grita y golpea el tentáculo con un libro que tiene en las manos.
Amir se coloca delante de ella, con la espada desenvainada.
La puerta se comba con un crujido. Hay un enorme chasquido y la madera se hace pedazos.
Tuleen retrocede e inspecciona rápidamente la estancia en busca de sal, el único modo de protegerse contra los umbrandantes, aparte de las runas. No encuentra nada parecido.
Mi cuñada se abalanza hacia la ventana abierta y se asoma.
Va a saltar. Está en un tercer piso, pero va a saltar.
Tras ella, Amir apoya el hombro contra la puerta y apuñala con la espada a las bestias que salivan al otro lado.
¿Dónde están los guardias? ¿Muertos? ¿Les habrán arrebatado el alma?
Veo que Tuleen se sube al alféizar, y la imagen desaparece del espejo, que se oscurece.
De repente me quedo sin aliento. «No.»
Giro en redondo y me abalanzo sobre el príncipe Balior con un grito feroz, pero este se desvanece antes de que pueda alcanzarlo. No estoy segura de cómo consigue desaparecer. Solo sé que, cuando las sombras lo envuelven, ya no está.
Se me desboca la respiración, mi cabeza da vueltas.
Tuleen y Amir son la única familia que me queda.
Alguien ha de saber que los monarcas de Ammara están en peligro.
Si no… si no, he de confiar en la pericia de Amir con la espada.
Y rezar para que alguien, de alguna manera, vaya a ayudarlos hasta que yo pueda llegar hasta ellos.
Pero no hay salida. Las sombras por las que ha escapado el príncipe Balior han conseguido sellar de alguna manera los túneles del laberinto.
Inspecciono la estancia y mi atención vuelve a caer sobre el violín de Fahim.
He pasado toda la vida permitiendo que otros dicten cómo he de vivir, qué he de comer, qué he de ponerme, cómo he de hablar, por dónde puedo deambular, cuándo y con quién.
Pero recuerdo las palabras de despedida de Ibramin hace tantas semanas:
«La música es dolor, pero también es sanación, maravilla y gozo. Recuérdalo. Recuerda que te ha dado forma. Recuerda que la música alimenta y cura.»
Mis manos se mueven antes de que me dé cuenta siquiera. Abren la funda y acarician las cuerdas envueltas en plata. Sacan el arco y aprietan las anillas. Luego, el violín en sí. Me resulta tan familiar como mi propio nombre; es una sensación que llevo pegada al corazón.
Me coloco el instrumento bajo la barbilla y paso el arco por las cuerdas, ajustando lentamente las clavijas. Las cuerdas son viejas, pero suenan como si las acabasen de colocar; resuenan con una profundidad aterciopelada. Entonces empiezo a tocar.
He aquí lo que sé: el dolor nunca se va del todo.
Puede que cambie de forma, de piel, pero por más que una se esfuerce por vivir la vida con el hueco de lo que fue, inevitablemente el dolor penetra en los escudos que se alzan.
Yo no me había dado cuenta de que, al levantar una barrera, había protegido mi corazón de la alegría y la curiosidad, de la sombra y la ternura.
Me convertí en un ser severo, amargo, lleno de piedras afiladas.
No había manera de suavizar mis bordes. Y yo no quería que la hubiera. No pedí ayuda.
Y sin embargo, aquí, mis escudos se derrumban. La música me envuelve con su suave presencia y fluye sin impedimentos. Calma mi cansado y afligido corazón.
Si pudiese hablar ahora con Fahim, esto es lo que le diría: lo siento. Te quiero. Te comprendo. Te echo de menos.
A medida que la melodía asciende, mis dedos se desplazan hacia arriba y las lágrimas corren por mis mejillas. Y eso también implica sanar.
Casi he llegado al final de la pieza cuando algo se mueve en mi periferia.
Me giro y contemplo las sombras. Nada. Quizá solo me lo he imaginado.
Aun así, sigo tocando y vuelvo a captar un destello y un movimiento de luz.
Una puerta de madera con forma de medio arco se ha materializado al otro lado de la estancia.
Sin embargo, en cuanto dejo de tocar, se desvanece.
¿Es una señal? ¿Será la música la clave para escapar del laberinto?
De ser así, me gustaría pensar que es Fahim, que me guía hacia la libertad.
Así pues, empiezo a desgranar una enérgica melodía que se escapa de mi control y que desemboca en una de las piezas principales que Fahim solía tocar cuando éramos jóvenes.
Cuando llego a su conclusión, me palpitan los dedos, reblandecidos al tacto.
Sin embargo, la puerta sigue ahí, resplandeciente como una niebla al alba.
Hace mucho tiempo que el miedo me ha empequeñecido.
Pero ahora estoy preparada para enfrentarme a lo que quiera que me espere al otro lado.
Abro la puerta y cruzo el umbral antes de que me abandone el valor. Y me llevo el violín conmigo.