26 #2
Engancho el meñique en la cuerda del la y la hago sonar levemente.
Está desafinado. Si mal no recuerdo, la clavija de la cuerda del la siempre estaba algo suelta y solía aflojarse con una frecuencia que frustraba a menudo a mi hermano mayor.
Se me corta la respiración al recordarlo.
Yo no fui la primera niña prodigio de mi familia. Solo fui la primera que se hizo famosa.
Acaricio las clavijas de ébano, recorro el diapasón con los dedos y luego el mástil, la curva de la barbada. Pienso en lo doloroso que debió de ser para Fahim contemplar desde lejos mi ascenso, este destino que debería haber sido suyo.
Algo roza el suelo a mi espalda. Me giro en redondo e inconscientemente protejo el violín con el cuerpo. No llevo ningún arma. No sé combatir. Sea lo que sea a lo que me enfrente en este laberinto, lo haré yo sola.
Una criatura grande y deforme se agazapa en las zonas sin luz, demasiado oscuras como para que penetren mis ojos mortales. Se me escapa una lenta exhalación. No estoy muerta. Aún no.
—¿Quién eres? —exijo saber—. ¿Qué quieres de mí?
—Me sorprende que no lo sepas —responde una voz.
Qué fría. Qué familiar.
Una figura se inclina hacia delante. Aparece una nariz afilada, seguida de la suave curva de una boca incapaz de sonreír y dos ojos ambarinos. Yo retrocedo, conmocionada.
—¿Príncipe Balior?
Su larga túnica esmeralda se separa a la altura de sus piernas al dar un paso hacia mí y dejar las sombras a su espalda.
—¿Esperabas a otra persona?
—¿Cómo…? —Pero no, esa no es la pregunta correcta. Más bien he de preguntar por qué. Excepto que ya sé la respuesta. O al menos creo saberla—. No viniste a casarte conmigo. Viniste por el laberinto.
Él ladea lentamente la cabeza. Siempre me pareció guapo, pero en el interior oscurecido del laberinto, la superficie de su rostro parece casi esquelética. Tiene las mejillas hundidas y los pómulos tan afilados que podrían cortar.
—Al contrario. Yo estaba dispuesto a proteger Ammara mediante nuestro matrimonio. Esta tierra tiene sus defectos, pero hacerme con tu reino ayudaría a extender mi visión de un nuevo mundo.
—No he sido más que una herramienta para ti.
—Bueno, sí y no. —Extiende los brazos y esboza una media sonrisa espasmódica—. Eres encantadora, voluntariosa, leal en extremo. ¿Por qué no iba a querer una compañera a mi lado cuando por fin voy a conseguir lo que se me prometió hace tantos años?
El aire es frío. Las palabras del príncipe me provocan una inquietante sensación aciaga y afilada.
—¿De qué estás hablando?
¿Qué es lo que se le prometió? ¿Y quién se lo prometió?
El príncipe Balior se presiona las puntas de los dedos y empieza a rodear en círculo la estancia, con pasos tan suaves que parece estar deslizándose sobre hielo. Yo giro con él para evitar darle la espalda.
—Mis investigaciones sobre el laberinto se remontan a más de una década. Desde que era joven, su existencia me fascinó. La prisión de una bestia infernal. Siete hombres para saciar su hambre. Es toda una historia.
»En cierta ocasión me topé con un manuscrito algo oscuro que encontré en un pueblo fronterizo al sur de Um Salim.
A día de hoy sigo sin entender cómo pudo un joyero hacerse con semejante documento.
En cualquier caso, el tipo estuvo encantado de desprenderse de él…
por un precio. Fue en ese manuscrito donde descubrí la verdadera naturaleza del laberinto: una puerta a otro reino.
Sus ojos afilados se deslizan hacia los míos. Yo retrocedo un paso, y el talón de mi sandalia lanza un guijarro repiqueteando hacia la pared. El guijarro choca contra la piedra con un chasquido agudo. Balior esboza una sonrisa terriblemente hambrienta y dice:
—Ya veo por tu expresión que estás al tanto. Mejor, así será más sencillo.
Si yo pensase que existe una posibilidad de escapar del príncipe Balior, ya me habría escapado.
Pero he herido su orgullo. Lo he insultado, lo he avergonzado, lo he engañado al igual que él me ha engañado a mí.
Tiene todo el derecho a querer hacerme daño.
Pero matarme enseguida sería demasiado fácil. Imagino que quiere verme sufrir.
—Puede que no te acuerdes —prosigue—, pero vine de visita a Ishmah hará unos diez años. El rey Halim invitó a mi padre a la celebración de su día del nombre como gesto de buena fe, para mejorar las relaciones entre nuestros pueblos.
Tengo un vago recuerdo, sí. Se habló mucho en la corte sobre el príncipe que venía de visita, aunque en aquel momento yo apenas le presté atención. Estaba más preocupada por mi inminente recital.
—Llevabas un vestido color marfil y el pelo trenzado formando una corona en la cabeza.
Ibas a tocar para los invitados del rey aquella noche.
Mientras todo el mundo se reunía allí, yo aproveché la oportunidad para escabullirme hasta el laberinto.
Los guardias estaban medio dormidos. Qué holgazanes, qué irresponsables. Entré sin que nadie se diera cuenta.
»Allí encontré a la bestia. Había calculado el momento a la perfección.
Hacía pocos días se había realizado el sacrificio.
La bestia estaba saciada, y con la barriga llena, pudo adoptar su forma humanoide el tiempo suficiente como para hablar conmigo.
Me dijo lo que necesitaba. Le dije lo que necesitaba yo. Llegamos a un acuerdo entre los dos.
No pienso darle la satisfacción de preguntar cuál es ese acuerdo. Sé que está ansioso por contármelo. Así pues, espero.
—Al combinar nuestras fuerzas, podríamos conseguir muchísimo más.
La bestia quería librarse de sus ataduras.
Yo buscaba poder e influencia, seguridad para el futuro de Um Salim, todo ello crucial en la región.
La bestia accedió a darme poder si yo juraba ayudarla a escapar.
Y así, puse mi plan en marcha. Necesitaba que volvieran a invitarme a Ammara.
Por aquella época yo ya era un erudito de renombre.
Lo único que tenía que hacer era crear un problema que solo pudiese resolver un erudito.
Así pues, con ayuda de la bestia, abrí la puerta que daba a las Tierras Yermas y deje entrar en Ammara a los umbrandantes.
El pánico se adueña de mí. El príncipe Balior sigue rodeándome como un buitre rodea un cadáver podrido. Cada vez es más evidente que he sido una necia en muchos aspectos.
—Con el tiempo, los umbrandantes se multiplicaron.
La sequía seguía amenazando tu reino. Al cabo, resultó demasiado.
El rey Halim esperaba descubrir una solución para los problemas de Ammara en mis tomos antiguos; propuso que nuestros dos reinos se uniesen.
Era la oportunidad que yo había estado esperando.
Regresaría al laberinto, y por fin la bestia cumpliría la promesa que me había hecho hacía tantos años.
Yo niego con la cabeza, pues veo dónde desemboca este camino largo y traicionero: en cenizas y ruina. Padre había albergado la esperanza de que el príncipe Balior acabase con los umbrandantes, que alterase el destino. Y en cambio, lo que hizo fue invitar a un traidor a su reino.
—Piensa en lo que estás haciendo, príncipe Balior. Si la bestia está aquí atrapada, debe de ser por una buena razón. —Aunque la bestia no fuese encerrada por culpa suya, no dudo de que sea peligrosa—. Aún estás a tiempo de cambiar la situación.
—Esto ya no puede detenerse —dice, extendiendo las manos—.
Mi plan ya se ha puesto en marcha. —Y, como en respuesta a sus palabras, el suelo tiembla.
Cae polvo del techo. Yo me apresuro a cerrar la funda del violín para proteger el instrumento—.
Podríamos haber sido felices, Sarai. Una vez cumplida mi promesa a la bestia, podría haberte mantenido a salvo de la ruina.
Pero decidiste despreciarme, y todo por un hombre cuyas promesas valen menos que virutas de cobre.
—Una promesa de Notos vale más que tu palabra —espeto—. Tu palabra es veneno.
—Un veneno que te has tragado encantada, no lo niegues.
No niego nada.
—¿Sabes lo que sucede al confiar en los inmortales? Que se aprovechan de ti. En cuanto la bestia no necesite tu ayuda, acabará contigo.
—Yo no estoy tan seguro de eso. —Se acerca a mí y me obliga a retroceder hasta la pared.
Cambio de dirección para que no me arrincone—.
Verás, una vez que la bestia haya escapado —dice—, poco a poco recuperará su forma humanoide y los poderes que tuvo en su día como semidiós.
Sin embargo, durante la transición será vulnerable.
Yo he prometido proteger a la bestia hasta que pueda vengarse de quien lo atrapó aquí.
—¿Y qué sucederá cuando hayas conquistado Ishmah?
—Le clavo la mirada al príncipe. Ojalá tuviese el poder de prenderle fuego solo con la vista—.
Puede que Um Salim sea enorme, pero sigue siendo finita.
¿Cómo esperas mantener el control de Ammara mientras te ocupas de ayudar a la bestia?
¿De verdad crees que mi pueblo se rendirá a tus espadas?
Ante mis palabras, el príncipe Balior emite una risita grave. No me puedo creer que en algún momento me haya parecido atractivo. Está podrido hasta lo más hondo.
—Si en algo valoran sus vidas, se arrodillarán.
Yo me muerdo el interior del carrillo con tanta fuerza que noto sangre en la lengua. Le enseño los dientes, e imagino que están manchados de escarlata.
—No saldrás de Ishmah con vida —gruño—. Puede que yo no sobreviva al laberinto, pero Notos te encontrará. No se detendrá hasta que hayas muerto.
El príncipe se encoge de hombros, como si esa amenaza le diese igual.
—Consuélate pensando que, mucho después de que tu cuerpo haya perecido aquí, tu mente seguirá viviendo en el laberinto, embrujada para siempre por tu pasado. A fin de cuentas, la eternidad dura muchísimo.
Yo me abalanzo sobre él con un grito e intento arañarle los ojos. Él me esquiva y alza una mano. De su palma brota una esfera de oscuridad que me alcanza en el pecho y me impulsa hacia atrás. Me derrumbo en el suelo.