26
¿E sto es el laberinto?
Me giro en el sitio y escruto la zona, rodeada de sólidas paredes. La oscuridad acaricia mi piel con su frío primario. Huele a tierra y a descomposición; el árido perfume del desierto queda aquí ahogado por la podredumbre.
Me llevo una mano al esternón. El miedo está tan entrelazado con el alivio que no estoy segura de qué he de sentir.
No estoy muerta, tal y como yo había creído: alivio.
Aún hay tiempo para salvar a Ishmah: alivio.
Estoy atrapada en el laberinto: miedo. Y la sensación más pesada y potente: no sé si saldré de aquí con vida.
Vuelvo a estudiar el espejo. Notos está caminando en círculos.
—¿Cómo puedes estar segura de que Sarai está atrapada en el laberinto? —le pregunta a Tuleen.
Amir, sin embargo, sigue contemplando a su esposa con gesto confuso y traicionado a partes iguales.
—¿Por qué no me has hablado de esto hasta ahora? —insiste—. ¿Por qué me lo has ocultado?
Tuleen es una mujer menuda, de huesecillos de pájaro y, pensaba yo, quebradiza. Y sin embargo, en lo que dura un aliento parece crecer un metro.
—Tu padre estaba enfermo. No quería echarte otra carga a los hombros.
—Empieza a toser, y parpadea rápidamente en medio de la humareda cada vez más densa—.
No tenemos tiempo para dramas, querido. Los umbrandantes ya están reduciendo la ciudad a escombros; las forjas del oeste ya se han derrumbado.
Ishmah está ardiendo ahora mismo. Ya lo sabes, con eso basta.
Cierto, hay temas más acuciantes. La nueva reina de Ammara se gira hacia el Viento del Sur con gran interés.
—¿Qué sabes del laberinto, Notos? Tú has recorrido sus pasadizos, ¿verdad?
Él se acerca a la ventana, gira sobre sí mismo y regresa a la puerta, con la cabeza gacha, sumido en sus pensamientos.
—Sé que el laberinto se construyó para contener a la bestia, que proviene de la Ciudad de los Dioses. Se hacía un sacrificio a la bestia cada diez años.
—Sí, un sacrificio. —Tuleen pasea la mirada entre Notos y Amir, pensativa. Este último parece totalmente aturdido ante la conversación—. ¿Nunca os habéis fijado en las marcas de rubíes de la entrada del laberinto?
Amir frunce el ceño, pero Notos dice:
—Sí que me he fijado. —Sigue dando vueltas, nervioso, con las manos a la espalda. Sus botas gastadas parecen fuera de lugar sobre esas opulentas alfombras que embellecen el suelo—. ¿Por qué las mencionas?
—Según lo que he descubierto, se supone que el rubí está vinculado con el hambre de la bestia.
—Tuleen abre un pequeño diario en el que ha garabateado algunas notas—.
Cuanta más hambre tiene —dice, escrutando su propia letra—, más brillan los rubíes.
Sin embargo, cuando pasé ayer por la entrada, vi que los rubíes están apagados y carentes de luz.
Creo que se ha colocado algo dentro del laberinto para alimentar a la bestia.
A mí se me encoge el estómago. Algo o a alguien.
Dioses. ¿Este ha sido mi destino todo este tiempo?
¿He de estar encerrada en esta tumba sin esperanza alguna de escapar?
Por motivos desconocidos, siempre me he sentido atraída por el laberinto.
Si la maldición realmente fue malinterpretada, mi destino ha sido siempre quedar atrapada en esta prisión.
—¿Crees que Sarai ha sido llevada al laberinto como sacrificio para la bestia? —dice Amir en tono bajo—. ¿Eso es lo que estoy escuchando?
Se enjuga el sudor de la frente. Su esposa sufre otro ataque de tos, y él le tiende su propio turbante. Tuleen se lo enrolla alrededor de la cara para protegerse del humo.
—Sí, querido —resuella, con el dorso de la mano pegado a la boca—. Es justo lo que estoy diciendo.
Una risa nerviosa se me escapa de la garganta. Esto no tiene gracia. No tiene gracia en absoluto. Pero si no me río, me temo que me romperé, cosa que ahora mismo es sencillamente inaceptable.
Mi hermano suelta un juramento y se lleva las manos a los ojos. Se reclina en el borde de su enorme cama. Su túnica de seda roja ya lleva el beso de la ceniza que llueve sobre nosotros.
—¿Y qué hacemos? —Baja las manos. Tiene los ojos húmedos—.
No puedo permitir que Sarai muera en el laberinto, pero el príncipe Balior ha soltado a su ejército sobre Ishmah, y los umbrandantes están destrozando el anillo inferior.
La gente recurrirá a Tuleen y a mí para que los guiemos y los pongamos a salvo.
—Yo iré a buscarla.
Tuleen y Amir giran la cabeza hacia el Viento del Sur, que está inmóvil en medio de la estancia, con los labios apretados en un semblante de lúgubre determinación. Me late el corazón de pura gratitud. No me merezco a este inmortal valiente y leal.
La joven reina saca otro libro de la pila que descansaba precariamente en una esquina del escritorio.
—Antes de tomar ninguna decisión, creo que deberías leer esto.
Le tiende el fino volumen a Notos. Este lo acepta y lo abre por una página marcada. Lee lo que hay escrito y alza la cabeza con gesto confundido. Tuleen lo mira, expectante. Notos sigue leyendo.
—Según este relato, hay más de una entrada al laberinto. Justo en el centro hay una puerta que lleva al reino de las almas que ya han abandonado esta tierra…
—Las Tierras Yermas —informa Tuleen—. ¿Has oído hablar de ellas?
Notos suelta un resoplido en forma de risa incrédula. Niega con la cabeza y se muerde el interior del carrillo.
—Las Tierras Yermas. —Cierra el libro de golpe—. Es el reino de mi hermano mayor, aunque hace siglos que no veo a Bóreas.
Tuleen le quita con suavidad el libro de las manos al Viento del Sur y explica:
—Creo que el laberinto está conectado con las Tierras Yermas.
Es posible que haya otros reinos de los que no sabemos nada.
En nuestra cultura existe lo que llamamos «zonas ocultas», lugares donde el velo entre los reinos se estrecha.
La tierra sobre la que está construido el laberinto debe de ser una de esas zonas.
—Eso explicaría la invasión de los umbrandantes en Ammara —dice Notos—.
Están utilizando la puerta del interior del laberinto para entrar en Ishmah.
Provienen de alguna otra parte. Y dado que el laberinto está dentro de las murallas de la ciudad, han podido saltarse las runas protectoras de las puertas.
Detrás de Notos, fuera, el cielo continúa ennegreciéndose. El humo se alza en nubes cada vez más densas sobre los tejados. Apenas se ven franjas azules.
El Viento del Sur se acerca de nuevo a la ventana.
De pronto es como si yo pudiese ver por encima de su cabeza, pues contemplo el patio, espectralmente desierto, con pequeñas lagunas de luz tenue entre la sombra y el humo.
Notos observa el laberinto con una intensidad inquietante, como si fuese a derrumbar toda la estructura con un solo pensamiento.
—Voy a ir a buscarla.
Tuleen asiente. Es probable que se esperase esa decisión. Amir, que sigue sentado en la cama, se pasa ambas manos por los cabellos cubiertos de ceniza.
—Una vez que entres en el laberinto —dice mi cuñada—, existe la posibilidad de que te quedes atrapado dentro con ella.
—No hay dios, hombre ni bestia que me impida llegar hasta Sarai. La sacaré de ahí, lo prometo. —La atención de Notos oscila entre el rey y la reina—. ¿Estaréis a salvo?
Un viento perpetuo puede erosionar hasta las superficies más ásperas. Amir descarta todo lo que ha sucedido hasta ahora, el veneno nacido de la sospecha.
—Tuleen y yo nos retiraremos —replica mi hermano—.
Tenemos un lugar seguro donde podemos escondernos mientras pido ayuda a nuestros aliados.
Si Ishmah cae, huiremos a Mirash y nos reagruparemos allí.
—Vacila, y mira a Tuleen. Ella asiente en un gesto de ánimo—.
Gracias por tu sacrificio, Notos. Cuando encuentres a Sarai, dile que la quiero.
Poco después de la marcha de Notos, el espejo se oscurece.
El resplandor que ilumina la sala, sin embargo, permanece, latiendo desde el marco de plata forjada.
Yo toco la superficie opaca del vidrio. ¿Cómo sabía el espejo que quería ver a mis seres queridos por encima de todo?
¿Siente el laberinto los deseos de mi corazón?
Estas últimas semanas han sido muy turbias para mí, pero al fin tengo algo de lucidez.
Durante estos meses, el príncipe Balior ha ido colocando sus peones.
Y ahora se encuentra en una posición ideal para hacerse con Ishmah.
Ha dispuesto a su ejército para terminar aquello que han empezado los umbrandantes.
Me pregunto si, al haber tocado la iris negra, no habré abierto también el laberinto y su oscuridad arremolinada, la misma que en estos momentos se filtra por las calles de Ishmah.
Pero ahora la pregunta es si habré liberado también a la bestia o si seguirá dando vueltas en su jaula.
Me encuentre o no Notos en este laberinto traicionero, no puedo arriesgarme a quedarme parada. Puede que se me presente la oportunidad de escapar si tengo el suficiente valor como para enfrentarme a la oscuridad desconocida. Opto por una dirección cualquiera y empiezo a caminar.
El aire se cierne sobre mí mientras recorro los pasillos tenuemente iluminados.
No dejo de toparme con callejones sin salida.
El susurro de mis sandalias ya no se ve amortiguado, sino que resuena cada vez más potente, reverberando entre las paredes cercanas.
Al cabo, el sendero desemboca en una cámara con una mesa redonda en el centro.
Ahí, para mi sorpresa, descansa un violín dentro de una funda abierta, encajado entre terciopelo gris.
Se me llenan los ojos de lágrimas, pues esto también es una puerta cerrada con llave.
Recuerdo este barniz, rojo como las arenas al ocaso.
No se trata de mi violín, sino del de Fahim.