El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 25 #2
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—Mi hermano me llamó para pedirme ayuda.

Salí brevemente de Ishmah para ayudarle, pero ahora estoy aquí, y no pienso vacilar a la hora de atravesarte el pecho con la espada, seas o no rey.

—Gira la punta de la cimitarra. Una gota roja florece justo bajo la punta y mancha la tela—.

Fahim intentó apartarme de Sarai. No permitiré que tú hagas lo mismo.

En los ojos de Amir bulle una ira desenfrenada. En ese momento se parece más que nunca a nuestro padre.

—Si me matas, jamás saldrás de este lugar con vida.

—Mi vida no me importa —dice Notos—. Nunca me ha importado.

El Viento del Sur gira en redondo y alza la espada para bloquear las hojas de los guardias que acaban de irrumpir en la habitación. Tuleen suelta un gañido y se encoge en un rincón cerca de las cortinas, con el rostro pálido en medio de la penumbra que empieza a asfixiar la habitación.

Amir intenta apuñalar al Viento del Sur en medio de la refriega, pero entonces una ráfaga de viento recorre la estancia y desparrama todos los pergaminos como si de un millar de hojas se tratase.

La intensidad del viento obliga a Amir a arrodillarse.

Tuleen se agarra al borde de una estantería para no salir volando y estrellarse contra una pared.

Yo siento un doloroso latido en el corazón. Trago saliva. A esto hemos llegado. Notos va a destruir a Amir, el palacio, el reino, si ­sigue pensando que son un obstáculo para dar con mi paradero. Yo solo puedo contemplar cómo se desarrolla todo el desastre.

Los soldados se reagrupan y cargan. Ahogo un grito.

Notos esquiva un tajo brutal y evita por muy poco otro golpe por la espalda.

Libera un pequeño ciclón de aire que arroja a los hombres hacia las paredes y derriba varios muebles.

Dos guardias quedan inconscientes. Un jarrón explota en una lluvia de fragmentos de arcilla.

Yo estoy completamente apoyada contra el espejo, con las manos sobre su superficie y la nariz pegada al cálido vidrio reflectante, como si me asomase por la ventana. Pocos latidos después, Notos ya ha desarmado a todos los guardias. Amir alza la espada, preparado.

—Amir, basta. —Tuleen agarra el brazo de su esposo, desesperada—. Notos no es nuestro enemigo.

—Te equivocas, Tuleen. —Intenta librarse de su agarre de un tirón, pero la mujer lo sujeta con fuerza. Es más fuerte de lo que yo creía—. Por culpa de este inmortal, mi familia ha muerto, está hecha pedazos.

—Si no entiendes que Notos ama a Sarai —le espeta Tuleen a su esposo—, es que te ciega algo más que el orgullo.

—Está temblando… de furia, sospecho—. Lo que inunda Ishmah son los umbrandantes y las fuerzas del príncipe Balior.

Sabes que no podemos luchar solos contra ellos.

Si piensas enemistarte con este dios, pongo en duda tu intelecto y tu capacidad para gobernar.

Amir contempla boquiabierto a su esposa. Yo sonrío en señal de aprobación. Tuleen tiene agallas. La admiro por ello. Al cabo, Notos baja el arma.

—Por favor —le dice a mi hermano—, dime dónde está Sarai.

Amir mira a su esposa, frustrado. Luego suspira y envaina la espada.

—Ya no está —dice, y empieza a caminar en círculos.

—¿Cómo que ya no está? —El Viento del Sur mira a Tuleen y luego a Amir—. ¿Dónde está?

La túnica de mi hermano latiguea alrededor de sus piernas cubiertas con pantalones. Se dirige hacia la ventana y contempla la ciudad ahogada en sombras. El sol tiembla como una esfera sucia tras esa nube opaca.

—La vida de mi hermana estaba destinada a acabar en su vigesimoquinto día del nombre. —Despacio, se gira hacia el Viento del Sur, con la expresión manchada de dolor—. Ha muerto.

Notos se queda petrificado, hueco de pura conmoción. Pasan cuatro, cinco, seis latidos. Despacio, muy despacio, alza las manos y se lleva los dedos a las sienes.

—Si esto es una broma…

—No es ninguna broma —dice Amir. Una vez más, se asoma por la ventana—. Yo no sabía que sobre Sarai se cernía una maldición. Nuestro padre me lo contó poco después de regresar a Ammara. Y ahora es demasiado tarde.

Notos niega con la cabeza, cada vez más rápido. Veo en sus ojos el dolor de su corazón roto, una devastación total, una tormenta que descarga sobre él. Me llevo la mano a la boca con un suave gemido de dolor.

—No puede haber muerto —dice Notos en tono débil—. La maldición solo afectaba a la sequía. Me dijo…

—La sequía solo era parte de la maldición.

El Viento del Sur no parece estar escuchando. Está perdido en sus pensamientos más profundos, en un lugar donde nada puede hacerle daño.

—Nos peleamos —susurra, y la agonía que contrae sus facciones refleja la mía propia—.

Quería más cercanía, pero yo la mantenía a distancia.

La muerte de vuestro padre fue un golpe durísimo.

Yo no quería apartarla de mí, pero… —Titubea, y mira por la habitación con una confusión casi pueril—.

Intenté hacer las paces. Anoche le dejé flores frente a su habitación a modo de disculpa. Esperaba poder hablar de ello hoy.

Amir endereza la espalda con repentino interés.

—¿Qué tipo de flores?

Notos parpadea, perplejo ante la pregunta.

—Iris negras.

Todo queda en silencio, excepto por los gritos en la lejanía.

Yo cierro los ojos. El dolor me volvió descuidada.

Debería haber reconocido las flores. Debería haber reconocido muchas cosas.

Pero lo que más lamento es haber herido tanto a Notos.

¿Habría sido distinto entre nosotros si hubiera estado al tanto de mi muerte prematura?

Entonces mi hermano se deja caer contra una pared, con los ojos enrojecidos.

—Lo que estaba destinado a matarla era el roce de una iris negra —explica con voz ronca—. ¿Dónde las encontraste? Padre las había prohibido en toda Ammara.

El Viento del Sur se lleva las manos a los ojos. Se le escapa un sonido quebrado de la boca, y luego otro. Pasan varios latidos hasta que consigue hablar.

—Me crucé con el príncipe Balior por los pasillos.

No me encontraba lo bastante sereno, puede que mencionase que Sarai y yo habíamos discutido.

Él me dio esas preciosas flores; dijo que eran las favoritas de Sarai.

Yo no sabía que estaban prohibidas. De haber sabido que eran un peligro para ella, jamás habría…

Se le quiebra la voz. A mí me corren lágrimas por las mejillas. Ojalá pudiera cruzar este espejo y consolarlo en condiciones. Es lo que él haría por mí.

Para mi sorpresa, es Tuleen quien da un paso al frente e inclina la cabeza con curiosidad.

—Afirmáis que Sarai está muerta, pero yo no estoy tan segura.

Me envaro y presto atención a sus palabras. Notos y Amir hacen lo mismo.

—Si Sarai tocó la iris negra —dice Amir—, ha de estar muerta. Así fue predicho.

Su esposa lo mira con calma.

—Entonces, te ruego que me digas dónde está su cadáver.

—¿Cómo que dónde está su cadáver? —espeta él—. Está…

Deja morir la voz al comprenderlo: no tiene la menor idea. Yo también intento digerir las implicaciones de lo que ha dicho Tuleen. Mi cadáver debería estar en mis aposentos, pero Notos ha pasado por allí y no ha encontrado nada.

Ambos hombres contemplan a la reina de Ammara con estupefacción. Resulta casi cómico ver sus ojos desorbitados y sus bocas descolgadas.

—Cuando Amir me habló de la maldición de Sarai —explica Tuleen—, decidí llevar a cabo mi propia investigación. A fin de cuentas, la biblioteca de Ishmah es una de las instituciones académicas más importantes del reino…

—¿Tú? —Notos se la queda mirando. Rara vez baja la guardia, pero esta mujer menuda ha conseguido desarmarlo—. ¿Eres tú quien estaba en las zonas de uso privado de la biblioteca?

Tuleen se yergue, alta como una columna.

—Así es.

La vela. Durante todo este tiempo he pensado que quien había estado investigando en aquel despacho pequeño y desierto era el príncipe Balior. Qué equivocada estaba.

—¿Te llevaste algún libro? —inquiere el Viento del Sur, con las cejas fruncidas.

Tuleen sonríe y dice:

—Tantos como pude cargar. Y también vacié la estancia después del ataque del umbrandante. Prefería que esa información no cayese en malas manos.

Amir pasea la mirada entre los dos. El sudor le corre por el lateral de la cara y le empapa el cuello de la túnica. Se gira hacia su esposa.

—¿De qué estás hablando, Tuleen?

Un cálido aleteo de esperanza nace en mi pecho.

Tuleen se dirige hacia el despacho y conduce a los dos hombres hasta una impresionante colección de estanterías que cubren de una pared a otra.

Va sacando gruesos volúmenes uno tras otro, documentos anudados, algún que otro pergamino. Lo coloca todo sobre el escritorio.

—El rey Halim afirmaba que el Señor de la Montaña regresaría para cobrarse la vida de Sarai —dice—. Pero, como podéis ver, el día del nombre de Sarai ha pasado y no se ha encontrado ningún cadáver. Eso me lleva a pensar que la maldición ha cambiado su curso… o que se ha malinterpretado.

Malinterpretado. Eso no se me había ocurrido. ¿Acaso no es esto el más allá? ¿No es este espejo un modo de observar lo que sucede en el reino de los vivos? Sin embargo, la argumentación de Tuleen es impecable. Si yo estuviese muerta de verdad, ¿dónde está mi cadáver?

—¿A qué te refieres con malinterpretado? —pregunta Notos.

—De mis investigaciones se desprende que hay una conexión entre Sarai y el laberinto —responde ella mientras hojea uno de los documentos—.

Sin embargo, me topé con una traducción que me ha llevado a preguntarme si es posible que el rey Halim hubiera malinterpretado el trato que cerró.

—Clava un dedo en una página—. En esta traducción no se dice que el Señor de la Montaña volvería para llevarse la vida de Sarai, sino que volvería para llevársela a ella.

Lo cual me lleva a creer que, de hecho, Sarai no está muerta.

—Y si no está muerta —interviene Amir—, ¿dónde está?

Tuleen alza la cabeza con expresión grave.

—Está atrapada en el laberinto.