El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 25
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¿ E stoy muerta?

El suelo traza una línea fría por mi espalda. Parpadeo. Oscuridad. Una oscuridad que ni se alza ni se aligera; una franja perpetua de negrura frente a mi vista. Mi respiración brusca se eleva al aire entre nubes plateadas de vapor que se disipan. Y entonces, más oscuridad.

He reflexionado sobre este momento durante muchos años.

Me pregunté qué encontraría al otro lado, cómo me sentiría, qué podría decirle al dios que me había concedido veinticinco años de vida.

No esperaba sentir dolor: un pálpito que me sube por la columna y se cierra con fuerza alrededor de mi cuello.

A medida que transcurren los instantes, sin embargo, la penumbra se empieza a disipar. Mis extremidades se mueven con facilidad. Me enderezo hasta quedar sentada y miro en derredor. Tierra desnuda. Polvo gris que cubre mis dedos, parecido a ceniza.

No hay ningún candil, ninguna vela, ningún fuego que mantenga a raya las sombras agazapadas.

Sin embargo, sí que existe una suerte de resplandor, aunque no sé de dónde proviene.

Ahora veo las paredes: curvas, excavadas en la piedra pálida, cubiertas de símbolos tallados.

La luz parece provenir del otro lado de un recodo.

Brilla hacia mí y estimula mi confusa curiosidad hasta que me pongo en pie y me acerco.

Se trata de un espejo. El mismo espejo al que me asomé la última vez que hablé con el Señor de la Montaña.

Una mujer ocupa el reflejo. Su mirada afilada y desconfiada se cruza con la mía, entrecerrados esos párpados hinchados y las mejillas estragadas por la sal de las lágrimas derramadas.

Pero aún hay más: veo la inclinación derrotada de su cabeza, su boca crispada en una mueca de desagrado.

Esa capa se aparta, deja espacio a otra.

La tensión resuelta de su mandíbula, la columna erguida, la desconfianza que da paso a un corazón frío, duro y resplandeciente de pura fuerza.

Esa mujer no ha sido derrotada. Yo no he sido derrotada.

Me pellizco las mejillas, un movimiento que imita el espejo.

Siento una punzada de dolor y me encojo, tras lo cual bajo las manos.

No tengo aspecto de estar muerta y tampoco siento que lo esté.

Siempre pensé que en la muerte se disiparían las cargas, que no sentiría hambre, tal y como siento ahora.

Que no me dolería el dedo donde he recibido el pinchazo de la flor mortal.

Pero ¿quién sabe de verdad cómo es el rostro de la muerte?

Que yo sepa, la maldición ha tenido éxito.

He fallecido en el día de mi vigesimoquinto cumpleaños.

Entonces, la superficie del espejo tiembla. Me recuerda a un estanque poco profundo de agua, no tanto a vidrio reflectante. Mi reflejo desaparece y da paso a la imagen de una enorme cámara de suelos de mármol y opulentos sillones sobre un pedestal alzado: el salón del trono.

Hay mucha gente en el salón, sentada en largas bancadas dispuestas en hileras.

Una alfombra azul se despliega por el pasillo.

En la entreplanta superior hay arqueros con los arcos tensados; las mortales puntas de hierro de sus flechas reflejan la luz.

El consejero principal se encuentra a los pies del pedestal.

Detrás de él hay un lujoso cojín de terciopelo sobre el que descansa la corona.

De pronto comprendo. Se trata de la coronación de Amir.

—Se presenta el príncipe Amir Al-Khatib de Ammara.

Todo el público se pone en pie y las puertas se abren.

Ahí está mi hermano, vestido con una resplandeciente túnica esmeralda.

Lleva las mangas y el cuello adornados con una banda de plata dolorosamente bella.

No tiene la postura encorvada; no se aprecia en él un ápice de dolor. Es una máscara de lo más convincente.

Hasta sus andares son deliberadamente lentos.

Los nobles de Ishmah, los dignatarios, los mercaderes, los panaderos —gente de todos los estratos sociales— se inclinan a su paso.

Tuleen espera al frente, con un vestido violeta.

Sus ojos destellan de amor y orgullo al mirar a su marido.

No hay rastro del Viento del Sur. Yo frunzo el ceño.

¿Me está enseñando el espejo lo que sucede o lo que sucederá?

¿Siente Amir algún dolor por mi pérdida?

Mi hermano se arrodilla. Alzan la corona.

—Salve, rey Amir Al-Khatib de Ammara.

Cuando el círculo de oro descansa sobre los densos rizos de su cabello, Amir se pone en pie y se gira hacia los ciudadanos de Ammara, que lo saludan con crecientes vítores.

La imagen desaparece, se convierte en otra cosa.

Las cúpulas curvas y las altas torretas de Ammara salpican de rojo óxido las dunas doradas. Una fea mancha atrae mi atención hacia el cielo. Una nube negra se alza en el horizonte. ¿Es humo? No, son sombras. Sombras que devoran los tejados y que ocultan lo que hay en su interior: umbrandantes.

Son demasiados como para poder contarlos.

Una horda. Una estampida. Se abalanzan sobre la población de Ishmah, sedientos de sangre.

Arrancan las almas de los cuerpos rotos de la gente desparramada por la calle.

Veo las túnicas rojas de los soldados del príncipe Balior por entre las aceras atestadas y los caminos agrietados, espadas en alto.

Están obligando a los ciudadanos de Ishmah a desplazarse hacia el anillo inferior.

Sin embargo, lo más extraño son las puertas de Ishmah.

Están cerradas, probablemente debido a la coronación.

Eso significa que los umbrandantes han entrado en la ciudad de otro modo.

Acaricio el reflejo con dedos temblorosos y noto un repentino calor, como si alguien sostuviese una vela justo detrás del espejo.

Mi ciudad ha sido tomada, destrozada. La gente ha sido asesinada, violada, esclavizada.

Cierro los ojos y los vuelvo a abrir a causa de una oleada de inquietud.

Los ciudadanos de Ishmah siguen huyendo de las bestias y de los soldados.

Mientras tanto, esa misma densa oscuridad brota de la tierra polvorienta, lame la base de los edificios y se alza por las paredes y los tejados hasta asfixiar a quienes están dentro.

Me inclino hacia delante y apoyo la palma de la mano en el espejo.

Esto no es real, me digo. Si así lo deseo, quizá podría volverse real.

Pero entonces capto el olor a carne abrasada y aparto la mano con un siseo de dolor.

Me contemplo la palma enrojecida, perpleja.

Me están saliendo ampollas en la parte inferior del pulgar.

Se me encoge el corazón. Si estoy muerta, ¿cómo es que puedo sentir dolor? ¿Por qué está cayendo Ishmah ante la oscuridad? A menos que…

¿Habrá conseguido el príncipe Balior liberar a la bestia de su prisión? ¿Habrá liberado también a los umbrandantes al hacerlo?

La imagen vuelve a transformarse. Ahora estoy contemplando uno de los corredores del palacio.

Sus finos pilares están emborronados a causa de las sombras parecidas a humo que reptan al interior por las ventanas.

Alguien aparece en el extremo del corredor, a toda prisa.

Reconocería ese físico de ancho pecho en cualquier lugar.

Notos gira un recodo y empieza a correr. Como si yo corriese a su lado, veo por el espejo que sube los peldaños de tres en tres hasta el tercer piso. Jamás he visto el palacio tan vacío. ¿Dónde están los centinelas? ¿Estarán luchando contra los umbrandantes que aterrorizan las calles?

Ocho hombres salvaguardan los aposentos de Amir. Notos alza una mano y aparta a los hombres como si fueran cerillas. Derriba las puertas con una ráfaga de viento tan formidable que las arranca de sus goznes. Se estrellan contra la pared contraria.

Amir está frente a la ventana que da a la ciudad, en postura defensiva, con la espada en la mano.

Tuleen se agazapa tras él. El Viento del Sur, este dios desterrado de facciones gélidas y escalofriantemente vacías, cruza el umbral.

Un viento recorre la estancia, arranca libros de las estanterías y derriba una silla cercana. Se me seca la boca al verlo.

Amir mira a Notos y frunce el ceño. No baja el arma.

—¿Qué es lo que quieres?

—¿Dónde está Sarai?

Avanza hacia el nuevo rey de Ammara. Me imagino que los tablones del suelo tiemblan bajo el poder de su paso. Amir lo señala con la espada.

—No te acerques.

El Viento del Sur se mueve más rápido de lo que consiguen registrar mis ojos mortales. Cuando proceso lo que ha pasado, ya ha desarmado a mi hermano y apoya su propia cimitarra en el cuello de Amir. Los ojos de Tuleen se desorbitan por completo. Le corren dos lágrimas por las mejillas.

—Dónde… está… Sarai —gruñe Notos.

Amir enseña los dientes, pero no se resiste.

—¿Quién?

—Sarai. Anoche estaba en sus aposentos y ahora ha desaparecido. No hay rastro de ella.

Con una calma impresionante, Amir alza la mano y cierra los dedos en torno a la muñeca de Notos.

De niño, Amir solía tener arranques de ira.

Era el hijo menor, el más débil, siempre con algo que demostrar.

Pero ahora hay hierro donde en su día hubo arena.

No piensa acobardarse. La corona ya lo ha cambiado.

—Aunque supiera de quién hablas —dice entre dientes—, no te lo diría. Desde que entraste en nuestras vidas no has traído más que muerte y destrucción.

—¿De qué estás hablando?

—Estábamos bien antes de que llegaras a Ammara. Y sin embargo, pocos meses después de tu llegada, Fahim murió. Luego volviste y quien murió fue padre. Ahora la oscuridad se expande por nuestro reino. —El rey enseña los dientes—. Dime que no has tenido nada que ver con ello.

El Viento del Sur adopta una expresión tormentosa.

—Estoy intentando salvar Ammara, necio.

—¿Y por qué no estuviste presente en mi coronación ayer?

Notos está pasmado, eso queda claro. Frunce el ceño y baja apenas un resquicio el arma.

—Me… convocaron en otro lugar.

Una sonrisa afilada aparece en la boca de Amir.

—Ya, claro.

La punta de la espada vuelve a pincharle el cuello y Notos ­escupe: