El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 24 #4
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Han pasado dos semanas desde la abrupta marcha del Viento del Sur.

Padre me dijo que Notos se marchó de Ishmah antes del alba, a lomos de un caballo que robó de las cuadras.

Exigí respuestas, pero el rey no tenía nada más que decir.

A fin de cuentas, Notos no había conseguido matar a la bestia aprisionada en el laberinto, aunque eso daba igual.

«No hay nada que lo ate aquí», dijo padre. No sabía el daño que me haría oír eso.

Hui a mis aposentos y cerré con llave. Estaba rabiosa. Lloré. Llamé a gritos al Viento del Sur. Luego exigí justicia y sangre a chillidos. En los días siguientes, el silencio fue mi único acompañante.

Y ahora estoy frente a la ventana de mi dormitorio, preguntándome qué fue lo que hice mal.

—No temas, querida —murmura Roshar a mi espalda.

Intenta darme un abrazo, pero yo me pongo fuera de su alcance. No soporto que me toquen. Le tiembla el semblante y pone una expresión decepcionada, aunque se esfuerza al máximo para mantenerse jovial. Se tironea de los voluminosos pliegues de su túnica escarlata.

—¿Un dulce? —me pregunta, y me tiende una bandeja de pastas.

—No tengo hambre.

No, estos días estoy vacía por completo.

—Sarai…

—No quiero hablar de ello.

Él deja la bandeja.

—Muy bien —dice con voz baja y sombría—. ¿Me voy?

No sé. Estoy paralizada, soy una hoja que gira en el viento. No sé dónde ni cómo aterrizaré. Dado que no respondo, Roshar dice:

—¿Y qué me dices de Fahim? Quizá él pueda consolarte.

Frunzo aún más el ceño. Esta mañana, Fahim no ha venido a desayunar. De hecho, lleva días evitándome. No me había dado cuenta, sumida como estaba en mi dolor por la desaparición sin motivo de Notos. Quizá Fahim sepa algo que yo ignoro.

Subo las escaleras hasta las habitaciones de Fahim. Abro la puerta y su nombre muere en mis labios. Está ahí, colgando, con una soga en el cuello. Se mece adelante y atrás, adelante y atrás.

—Por favor, Sarai, toca para mí.

Estoy derrumbada en el asiento. El violín descansa sobre mi regazo; ni lo he tocado.

Miro por la ventana de la sala de música; entra una brisa templada.

En la lejanía, unas nubes insólitas oscurecen el horizonte.

Estos días me encuentro a menudo haciendo eso mismo: oteando lo que hay más allá.

Mi mirada siempre acaba buscando las puertas del sur del palacio, como si fuera a ver una figura oscura cruzándolas a caballo.

Centro mi atención en Ibramin, que está sentado al otro extremo de la gran alfombra que cubre el suelo.

Me duele contemplar sus ojos marchitos, ver cuánto me he echado a perder.

La Competición de Violín del rey Idris estaba al alcance de mi mano.

Y fallé. No conseguí ni salir de la cama.

No pude reunir el valor, la inspiración, la motivación. Ni siquiera asistí.

—¿Puedo preguntaros algo, señor?

Ibramin me estudia con preocupación. Ojalá no lo hiciera. No me lo merezco.

—Lo que sea —dice.

En los últimos tres meses he sido incapaz de colocarme el violín en el hombro y pasar el arco por las cuerdas.

Primero, el abandono de Notos. Luego, la vida truncada de mi hermano.

Si yo hubiese prestado más atención, ¿se podría haber evitado la muerte de Fahim?

¿Podría haberle aliviado la carga que llevaba encima?

—Mencionasteis que en cierta ocasión dejasteis de tocar —d igo con voz ronca—. ¿Por qué fue?

Ibramin contempla el violín en su regazo. Una donación de lo más generosa del Consejo de las Artes de Ammara. El instrumento en sí tiene casi doscientos años de antigüedad.

—Mi esposa y yo nos casamos siendo muy jóvenes, antes de ganarme un nombre en el reino.

En aquella época éramos felices. —Se le escapa un suspiro largo y cansado, que invoca un recuerdo que la edad ha vuelto quebradizo—.

Sin embargo, a medida que pasaban los años y mi popularidad crecía, empecé a pasar cada vez menos tiempo en casa.

Mi calendario de giras era tan riguroso que no lo permitía.

Cuando cumplí veinticuatro años, estuve ausente casi un año entero.

Fue entonces cuando vi a mi esposa por última vez.

El silencio se extiende. Trago saliva una vez, y luego otra, antes de poder hablar sin que se me rompa la voz.

—¿Falleció?

Él tañe la cuerda del mi. La vibración se desvanece, rodeada por la brisa.

—Se marchó. Decidió que no valía la pena esforzarse tanto por nuestro matrimonio. Que no valía la pena esforzarse tanto por mí.

—Oh. —Me quedo boquiabierta—. Lo siento mucho.

—No lo sientas. Fue culpa mía. —Ante mi confusión, explica—: Me abordó en varias ocasiones y me pidió que pasásemos más tiempo juntos. Yo no la escuché. —Una nube de tristeza se extiende por sus facciones—. Cuando se fue, no toqué el violín durante más de dos años.

Una vez más, miro por la ventana. La tormenta lejana se ha disipado. Ya no hay nubes. Ni una.

—¿Y qué consiguió que volvieseis a tocar?

Él se encoge de hombros.

—En última instancia no fue una elección. La música me llamó y yo respondí. —Durante un rato incómodamente largo, Ibramin me contempla—. Algún día te asaltará el impulso de tocar. Y tu alma quedará en paz.

Es una idea encantadora, la verdad. Pero estoy cansada. Solo ansío el olvido tras el velo del sueño. Y así, meto el violín en su funda, donde se quedará durante el resto de mis días.