El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 24 #3
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Parcialmente escudada bajo un denso manto de enredaderas, me giro hacia Notos, que ha aparecido en la entrada del jardín, entre sus abundantes y olorosas flores y altos arbustos.

Normalmente, esta parte está despejada por la noche, pero hoy es el día del nombre del rey Halim.

El palacio ha abierto sus puertas. Acaudalados aristócratas, oficiales del Gobierno, familias de abolengo de la corte…

, todos están presentes. El Viento del Sur es el invitado de honor de padre.

No ha conseguido matar a la bestia en el laberinto, pero ha sobrevivido…

Es la única persona que lo ha conseguido.

Notos se gira para oír mejor, aunque sigue paseando la vista entre los invitados que deambulan por el patio que separa el jardín del salón de baile, tras unas puertas abiertas a la brisa de la noche.

—¿No estás cansada de ir siempre a hurtadillas? —murmura—. Tu padre se enterará pronto.

Ocultar mi relación con Notos es el único modo de asegurarme de que siga siendo mía y de nadie más.

—Se lo pienso contar, pero… ahora no.

—¿Y cuándo?

—Después de la competición.

Cuando haya ganado el primer premio —cosa que pretendo hacer—, padre estará más receptivo ante la idea de mi relación.

—Sarai.

Me sobresalto y giro en redondo.

—Fahim. —Mi espalda choca contra el seto con un crujido de hojas—. Pensaba que estabas con papá.

Mi hermano mayor da un paso al frente. A su espalda, las parejas se reparten por el patio con sus atuendos refinados y vestidos elegantes.

—Tengo que hablar contigo de algo. —Parece dolorido, aunque no tiene herida alguna que yo vea—. Por favor.

Miro a Notos, que desempeña a la perfección su papel: mira al frente y finge que no acabamos de hablar.

—Claro. ¿Me das… me das un minuto?

Fahim pasea la mirada entre Notos y yo, de pronto suspicaz. Lo sabe. ¿Cómo no va a saberlo? El deseo que siento hacia el Viento del Sur es palpable.

—¿Quieres contarme algo? —inquiere.

A mí se me encoge el estómago. Estos setos son muy altos, demasiado como para trepar por ellos.

—Por favor, no se lo digas a papá —susurro. Esta flor aún es muy frágil. Es demasiado joven como para soportar cualquier fuerza exterior.

Fahim ordena a Notos que se vaya con un gesto brusco de la mano. Yo reprimo un comentario de protesta. Como heredero, Fahim tiene autoridad sobre el Viento del Sur, pero a mí no me gusta que lo trate con tan poco respeto.

Una vez que nos quedamos solos, Fahim pregunta:

—¿Cuánto tiempo lleváis así?

Yo me envaro.

—No es asunto tuyo.

—¿Cuánto tiempo?

Está crispado y agresivo, un humor que cada vez es más frecuente. Fahim suele ser muy dócil, pero en los últimos seis meses ha empezado a desarrollar mal temperamento, frustración y arrebatos nacidos del desdén.

—Te lo acabo de decir —replico en tono frío—. Es asunto mío.

—Ibramin afirma que habéis estado pasando mucho tiempo juntos.

Es cierto, y solo sirve para alimentar más sus llamas.

—Ibramin no debería ir contando detalles sobre mi vida privada.

—Es su obligación informarme de sus preocupaciones acerca de tus estudios —replica Fahim. Las siguientes dos palabras salen en tono grave—: ¿Y bien?

Con los brazos cruzados, le clavo la mirada. Yo no le debo nada a nadie. Pero se trata de mi hermano, a quien quiero, y que me quiere.

—Si de verdad quieres saberlo, Notos y yo hemos desarrollado una amistad a lo largo de los últimos meses.

Mi hermano reflexiona sobre este dato. La oscuridad que veo en sus ojos me resulta totalmente ajena.

—¿Te ha tocado?

Me pienso si debería ignorar la pregunta, pero me da miedo que Fahim vaya a hacer algo imprudente, como atacar a Notos.

—No.

Y ha sido de lo más frustrante. El Viento del Sur es muy honorable. Siempre se mantiene a una distancia correcta. Sus ojos no me recorren ni se centran en ciertas partes. A veces me pregunto si la atracción que siento hacia él no será unilateral.

Sin embargo, cuando nos quedamos charlando hasta tarde, veo que el dios se transforma. Es cálido y recio, amable y abierto. Lenta, muy lentamente, le arranco trozos de su historia, siempre que me lo permite. Me gustaría saber todo lo que es.

Al cabo, Fahim suelta un suspiro y se masajea la frente con la palma de la mano.

—No permitas que se convierta en una distracción, Sarai. Tienes que centrarte en la música.

A veces me pregunto si Fahim me guarda rencor por vivir su sueño en su lugar.

—Agradezco que te preocupes, pero no pasa nada…

—¡Sí que pasa! —exclama. Varias cabezas se giran hacia nosotros, así que Fahim me agarra y se interna conmigo más profundamente en el jardín—.

Quedan unas semanas para tu competición —susurra, bajando la voz hasta convertirla en un siseo flamígero—.

Esta es tu oportunidad. No… no quiero que el Viento del Sur interfiera en tus aspiraciones.

Agarro la mano de mi hermano y aprieto con fuerza. Yo también lo comprendo.

—Sabes que jamás permitiría que algo así sucediese.

—Sarai…

—Por favor, Fahim. Sé lo que estoy haciendo. No hace falta que te preocupes por mí.

Él guarda silencio, y a mí se me acelera el pulso por motivos desconocidos. En este momento, lo veo pequeño, doblegado, derrotado. Sin despedirse siquiera, se aleja hasta perderse en la noche.

Más tarde, cuando todo el palacio ya se ha ido a dormir, alguien llama a mi puerta. Los guardias se han retirado durante la noche, no hay nadie que me vea abrir y dejar entrar a Notos. Giro la muñeca y cierro con llave.

Me duele el pecho cuando me giro hacia el Viento del Sur. Es inmortal. Va envuelto en zafiro y sombras. Ya no puedo negar esta atracción. Como si estuviera en trance, alargo la mano y la apoyo sobre su corazón. Su ritmo estoico y constante me estabiliza. Tan firme como la tierra.

Notos se me acerca y baja la boca. Sus labios abren los míos con un hambre que me atonta, porque hace mucho que pierdo el sueño anhelando su contacto.

Sus anchas manos tocan mi cintura, la parte baja de mi espalda.

Yo caigo en espiral. Caigo y caigo y caigo y sigo cayendo. Con un suave tirón, me lleva a la cama.

Me despierto deliciosamente dolorida, carente de huesos, con la boca dulcemente magullada. Me giro de lado y contemplo las mantas arrebujadas, la huella del lugar donde ha dormido Notos. Alargo la mano, toco la suave seda blanca. Está fría.

Un pequeño agujero se abre en mi vientre. No esperaba que Notos se quedase hasta la mañana, pero quizá albergaba la esperanza de que me hubiese dejado algún recuerdo como prueba de que pensaba en mí como yo pensaba en él.

Cuando llego al salón del trono, estoy de un humor horrible. Fahim y Amir ya han llegado. Este último dormita en su asiento mientras que el primero parece desacostumbradamente perturbado.

—¿Estás bien? —le susurro a Fahim al sentarme en mi silla.

Él se encoge de hombros sin mirarme.

—Sí, no es más que otro día igual.

Quiero hablar con él de nuestra conversación de anoche, pero padre llega antes de que tenga la oportunidad de hacerlo.

Nos pasamos la mañana entre reuniones y hacemos una pausa para el almuerzo.

Aprovecho la oportunidad para ir a buscar a Notos.

No se encuentra junto al laberinto. Tampoco en sus habitaciones.

Decepcionada, regreso sola a mis aposentos.

Apenas he cerrado la puerta cuando llaman desde el otro lado.

Notos entra en la habitación. Me agarra del frontal del vestido y la presa ardiente de su boca marca mi cuello y mi mandíbula.

Cierra de una patada a su espalda. Un aliento después, me levanta las faldas, me coloca las piernas alrededor de su cintura y entra en mí con una dura embestida.

Yo suelto un grito. Le muerdo el hombro mientras él arremete contra mí.

Esta forma de hacer el amor no es suave, pero yo no me rompo con facilidad.

El chasquido de nuestras pieles corta el silencio.

Mis jadeos salen amortiguados contra su hombro.

Él me embiste con una desesperación idéntica a la mía.

Y cuando acaba, su semilla me gotea por la pierna. Notos me agarra en brazos y me aprieta contra sí más de lo que yo creía ­posible.

—Te espero en la puerta sur del palacio —jadea—. Después de medianoche.

Yo me reclino y busco sus ojos, que albergan un miedo que no comprendo.

—Notos…

—No tardes.

Apenas me he recolocado el vestido cuando él ya ha salido por la puerta.

Me llevo el dorso de la mano a la boca. Me palpitan los labios.

No permitiré que las dudas que despierta en mí este extraño comportamiento mancillen lo que acaba de suceder.

Paso el tiempo practicando hasta que la campana anuncia la medianoche.

Me pongo una capa. Las sombras me escudan de los guardias que hacen su ronda.

La puerta está ahí delante. Aprieto el paso para cubrir la distancia que me queda.

Está todo desierto.

Un viento helado me envuelve. Las estrellas señalan la primera hora de la madrugada. Paseo la vista entre las siluetas del patio en busca de Notos. ¿Habré confundido la hora a la que teníamos que encontrarnos? «Después de medianoche» es lo que dijo. «No tardes.»

Pasan las horas. La luna asoma, blanca y llena, y se marca en la fina piel negra del cielo.

Camino en círculos ante la puerta, peino la penumbra, los nichos oscurecidos, los umbrales del palacio.

Las campanas anuncian la quinta hora de la madrugada.

Empiezo a perder los nervios, pues temo que algo terrible le haya ocurrido a Notos.

Más tarde, las campanas vuelven a sonar y el alba tiñe de color el lienzo negro.

Sigo esperando. Y esperando. Pero el Viento del Sur no viene.