El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 24 #2
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Una mañana en la que el sol abrasa las dunas y las convierte en ondas bruñidas de un tono ocre oscuro, me pongo mi mejor vestido y bajo las escaleras hasta el patio central. Las campanas matutinas anuncian las siete. Una fresca niebla humedece las piedras grises del suelo.

Notos es una silueta más oscura en medio de las sombras que arroja el laberinto.

Gotas de sudor le recorren las hendiduras del abdomen.

Da un paso lateral, de espaldas a mí, y traza un brutal arco de plata derretida.

Los músculos protuberantes de sus hombros cautivan mi atención por completo.

Me detengo a una distancia segura y carraspeo.

—Buenos días, Notos.

Él se queda inmóvil en medio del ejercicio, con el brazo extendido. Resulta casi antinatural lo rápido que se gira hacia mí y hace una reverencia.

—Princesa Sarai.

Su voz, vívida y grave, me hormiguea por la piel. Tiene un acento que no consigo ubicar.

—Entiendo la necesidad de esas formalidades en presencia del rey —digo—, pero cuando estemos solos, con Sarai será suficiente.

Con un movimiento fluido, Notos envaina la cimitarra. Ni siquiera tiene la respiración alterada.

—No sabía que teníamos tanta confianza como para dejar de lado los formalismos.

Tengo que hacer un gran esfuerzo para mantener la atención por encima de su cuello. Eso sería mucho más fácil si no tuviese un cuerpo esculpido tan perfecto.

—La tenemos. —No le doy la oportunidad de negar esta afirmación, y continúo con toda la sutileza de un toro—. ¿Me equivoco al asumir que no has nacido en Ammara?

Aunque tiene un tono de piel parecido al de mi gente, la forma más estrecha de sus ojos me sugiere que nació en otro lugar.

—No te equivocas.

No añade nada más. Pero torres más altas han caído.

—Bueno, ¿y qué te ha traído aquí? —pregunto.

No puedo evitar que mis ojos recorran su brazo, todo su cuerpo. Sus dedos son fuertes y anchos, del color del pan recién horneado. Hacia el este, la luz opalescente del sol revolotea sobre la Ciudad Roja e ilumina su mejilla izquierda.

—Supongo —dice, frunciendo el ceño— que ya no soy bienvenido en el palacio en el que nací.

Bueno, ya es un comienzo. Pero ansío saber más.

—¿Y eso por qué? —Ante esto, no me da ninguna respuesta. Está bien—. Si prefieres no responderme, explícame mejor por qué, de entre los miles de personas que viven aquí, te crees capaz de acabar con la bestia.

Sus ojos —estrellas de ébano parapetadas tras gruesas pestañas— resplandecen sobre el turbante que le tapa la parte baja de la cara. Más allá de sus hombros, el laberinto se cierne sobre nosotros, como siempre. Siento un leve tirón en las tripas que me impulsa a acercarme. Lo ignoro.

—Soy un dios —dice.

—Un dios. —De alguna manera, sé que es cierto, a pesar de que no tengo ninguna prueba que apoye esa afirmación—. ¿Y un dios de qué, exactamente?

Él afianza los pies y varios guijarros repiquetean por el suelo. Nuestros hombros se rozan brevemente y a mí se me encoge el corazón en el costillar. Acto seguido, Notos alarga el brazo. El aire se arremolina en la palma de su mano.

—Muchos me conocen como el Viento del Sur —dice—. Soy el responsable de los vientos del verano.

Yo lo contemplo, asombrada. Él envía una leve brisa que agita los cabellos en mi cuello. Mis ojos vuelan hacia los suyos. Él no aparta la mirada.

—Si eres un dios —insisto—, supongo que eso significa que eres inmortal.

—Correcto.

Durante unos instantes, todo se sume en el silencio, en medio de la densa niebla.

—Cómo me gustaría saber lo que piensas.

Notos me mira con una sorpresa apenas velada. Imagino la curva sonriente de su boca tras el turbante. Me encantaría apartar esa barrera para poder ver su expresión al completo.

—Lo que pienso es que este sitio es muy tranquilo —dice—. No estoy acostumbrado a este peso en el aire, a esta… planicie tan extensa.

El viento sopla; un timbre hueco que reverbera en mis oídos, con tonos agudos y graves entrelazados. Cruzo los brazos a la altura del vientre para darme calor. De vez en cuando pasa un guardia que hace la ronda.

—¿Y qué más? —inquiero, ladeando levemente la cabeza. Me gustaría saber todo lo que pueda contarme.

Él me mira.

—Pero si te lo acabo de decir.

—Pues dímelo otra vez.

—Sarai.

Me sobresalto y centro mi atención en Ibramin. Está sentado en su silla de ruedas cerca de la ventana del aula de música, con el violín apoyado en la rodilla. Yo tengo el mío propio encajado entre el hombro izquierdo y la barbilla, con el arco situado sobre la cuerda.

—Tus escalas —dice con evidente irritación—. Re menor armónica, por favor.

Obedezco; asciendo y desciendo por la escala con facilidad. Mis lecciones diarias siempre empiezan con escalas. Después de casi una hora, pasamos a los estudios. Dedicamos tanto tiempo a la técnica que la lección de hoy acaba antes de que hayamos podido repasar mi concierto.

Meto el violín en su funda, e Ibramin se acerca con su silla de ruedas, el rostro serio.

—Sarai, la competición será pronto. Debes centrarte.

—Sí, lo comprendo. —Meto el arco también en la funda.

—No estoy yo tan seguro.

Me envaro y miro a mi profesor con otros ojos. No estoy acostumbrada a ese tono brusco y mordaz.

—¿Os preocupa algo, señor?

Él pasa las manos por las grandes ruedas de su silla, como suele hacer cuando está sumido en sus pensamientos.

—Pues sí: me preocupa que el tiempo que pasas con el Viento del Sur esté distrayendo tu atención.

Necesito algo de esfuerzo, pero consigo suavizar la brusquedad de mi respiración. El anciano no tiene la menor idea de lo que está hablando.

—Os agradezco la preocupación, pero lo tengo todo bajo control.

—¿Seguro? —Ibramin me contempla con una desaprobación que yo habría esperado por parte de mi padre—. ¿Puedes mirarme a los ojos y decir con total confianza que estás dedicando todos sus esfuerzos y tu atención a la competición?

Pues la verdad es que no, no puedo. El Viento del Sur va a entrar en el laberinto mañana.

Nos hemos ido acercando durante estos últimos meses, y he empezado a temer por su vida.

Menuda tontería. A fin de cuentas, es inmortal.

No puede morir excepto mediante un arma tocada por los dioses.

Así me lo ha dicho. Pero ¿quién sabe los poderes que tendrá esa bestia?

Anoche no volví a mis aposentos hasta el alba.

Cómo me habría gustado que la noche durase eternamente.

Hacía frío. El cielo estaba negro, cubierto de mil estrellas heladas.

Junto a Notos en el patio, me abrí de un modo que no me había abierto con nadie.

Le hablé de mi infancia, de la música, de mi deseo de ver el mundo.

Eliminé las ataduras que me empequeñecen.

—Solo quiero la grandeza para ti, Sarai —dice Ibramin—. Tu don no ha hecho sino consolidar el compromiso del rey con tu éxito en esta tarea. La Competición de Violín del rey Idris te abrirá muchas puertas.

No hace falta que me informe de las intenciones de padre.

Siempre las he sabido. Sin embargo, hay algo que no le he contado a nadie.

A veces quiero más de la vida. Me gustaría que fuera mía, solo mía, para poder pintarla con los colores que me apetezca.

O, quizá, para no usar ningún color, sino herramientas de escultora, o rueca de tejedora, o la pluma y el tintero de una rapsoda.

Sin embargo, todo eso pertenece a otro momento y otro ­lugar.

—Me esfuerzo al máximo, señor. Me aplico a mis estudios. Sabéis que no hay nada más importante para mí.

—Me alegro de que tú también te des cuenta. Todo lo que te distrae acabará por pasar, pero la música permanecerá. Tú eres la única responsable de tu futuro.

Cierro la funda con un golpe sordo e intento recuperar el aliento. Por primera vez en años siento una conexión con alguien tan incognoscible como yo misma. No puedo soportar la idea de dejarlo.

—Aprecio vuestra preocupación, señor —digo—. Sin embargo, os olvidáis de que soy la princesa del reino. Haré lo que crea conveniente.

Me marcho sin más dilación y cierro la puerta al salir con un leve chasquido.

Paso una noche larga, incapaz de dormir.

Hace unas horas, el Viento del Sur ha entrado en el laberinto con la cimitarra en las manos. Nos separamos con un sentido abrazo. Yo lloré. Nunca lloro. Seis hombres lo siguieron en busca de su destino.

No estoy segura de si saldrá ni cuándo será.

En el interior hay un complejo tapiz de corredores serpenteantes, o eso he oído.

Cabe la posibilidad de que no regrese en absoluto.

La mera idea me quita el aliento. Yazco despatarrada en la cama y contemplo el techo oscurecido, recordando los meses gloriosos que he pasado en compañía del Viento del Sur.

Todo se ha desarrollado con reticencia… por ambas partes.

Pero siento que esta deidad me ve. Y es algo que atesoro.

Tras un rato, me bajo de la cama y me acerco a la ventana.

Debido al sacrificio, se han colocado guardias adicionales en el patio iluminado por la luz de las antorchas.

Están esperando a ver si las sombras que se arremolinan bajo la puerta del laberinto se calman.

Si la bestia ha quedado saciada por otra década.

Y entonces…, algo se mueve. Notos sale a trompicones por entre la tenue luz del laberinto.

Cae al suelo. Su espada repiquetea sobre la piedra.

Yo ahogo un grito y salgo volando de mi estancia.

Recorro a la carrera el pasillo y las escaleras y salgo al patio, donde los guardias se han reunido a su alrededor.

Los aparto de un empujón. No veo más que las heridas abiertas que cubren el rostro purpúreo del Viento del Sur, su túnica hecha jirones, el ángulo antinatural en el que tiene doblado el brazo derecho. Nada más.

Él me acuna la mejilla con una mano. Incluso herido, su roce es tierno. Al hablar, solo pronuncia una palabra:

—Sarai.

—¿Puedes escabullirte?