24
T engo seis años. Estoy frente a la ventana de mi dormitorio, contemplando el patio de abajo. Al otro lado del amodorrado laberinto, el rey Halim habla con un hombre menudo que carga con una funda oblonga de cuero a la espalda. Los pierdo de vista cuando ambos entran en el palacio.
—Sarai. —Mi criada, una señora mayor llamada Hoda, sale del baño; acaba de terminar de llenarme la bañera—. Ven. Hay que ponerte como una señorita en condiciones.
No comprendo qué significa «en condiciones». ¿Por qué no puedo ir a conocer a ese hombre, al violinista, vestida con pantalones? ¿Por qué tengo que ponerme un vestido?
Hoda me lleva al baño, donde me lava y restriega hasta que me resplandece la piel.
Tengo doce años. Violín en mano, tiemblo en los laterales del enorme salón de conciertos. Los ojos de un millar de espectadores resplandecen bajo la luz menguante del sol poniente. Una orquesta completa domina el escenario. Casi han acabado de afinar los instrumentos.
Me corre el sudor por el interior de los brazos.
Me he preparado para este momento. Seis años de lecciones semanales, hora tras hora afinando mi técnica.
Mis dedos se conocen bien las escalas. El arco en mi mano es capaz de componer cualquier tipo de articulación.
Y aquí, ahora…, va a ser mi debut. La obra, llamada adecuadamente Cháchara por su rápido spicatto, es un vívido zumbido en mi pulso.
—¿Estás lista?
Me giro hacia mi profesor, Ibramin. A los ocho años, él ya había tocado con las orquestas más distinguidas del reino. Ahora, tras décadas desarrollando una carrera en solitario, es el pedagogo más requerido de toda Ammara.
—Tengo náuseas —susurro.
Unas suaves arrugas se marcan alrededor de los ojos negros y amables de Ibramin.
—Es normal. Si no estuvieras nerviosa, significaría que no te importa.
El maestro entra en la parte central del escenario en medio de un eufórico aplauso. Hace una reverencia y sube al podio. Cuando me mira a los ojos, esboza una sonrisa de ánimo. A mí se me encoge el estómago.
—No sé si puedo hacer esto —le murmuro a Ibramin.
—¿Qué es exactamente lo que te da miedo?
—Equivocarme. Que todo este trabajo haya sido en balde, que me rompa delante de miles de testigos.
—¿Que todo el mundo sepa que eres imperfecta?
Aprieto el mástil del instrumento. El sudor de mis manos empapa el diapasón del violín. Correcto. Pero ¿qué espera si no Ibramin? Padre ha ordenado que practique un mínimo de cuatro horas al día. No recuerdo la última vez que tuve un descanso.
Intento templar los nervios y busco a la familia real por entre el auditorio. Ahí están Fahim y Amir, ambos vestidos para la ocasión. La silla del rey Halim está vacía.
—No veo a papá.
—Estoy convencido de que llegará —me asegura Ibramin.
Sin embargo, el maestro mira hacia los bastidores. Yo hago una inspiración lenta y profunda, y luego otra. Me dirige un cabeceo de ánimo y entro en el escenario en medio de un aplauso atronador.
Tengo quince años. Llevo un vestido de manga larga color zafiro.
Toco el segundo movimiento del Concierto para violín de Harimir en re menor.
Las cuerdas se me clavan en los dedos callosos, un leve vibrato sacude las notas a medida que el adagio se convierte en un pausado grave, contrapunto de los instrumentos de viento.
No puedo liberar la presión del mástil por miedo a perder la resonancia de las cuerdas.
El sonido debe propagarse hasta el fondo del auditorio.
Cuando llego al emotivo clímax del movimiento, cuando la orquesta se me une en un crescendo arrollador que reverbera por todo el anfiteatro, se me saltan las lágrimas, pues siento alegría y dolor, asombro y sufrimiento, maravilla y angustia, paz y pena.
La gente sabrá de Sarai Al-Khatib. Y conocerán la música.
Tengo dieciocho años. El salón del trono es tan frío como enorme: mármol blanco y piedra roja. Me muevo incómoda en mi silla. Debería estar practicando. Tengo un certamen antes de que acabe el año. Si no estuviera segura de la ira de padre, me habría escabullido hace horas.
Amir reprime un gemido y echa la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados con fuerza.
—No sé si voy a poder sobrevivir a dos horas más de esto —m urmura.
Yo resoplo.
—Ni tú ni yo.
Una vez al mes, el rey Halim se reúne con los ciudadanos de Ammara para escuchar sus problemas; un acontecimiento que suele alargarse hasta bien entrada la noche. Fahim, Amir y yo tenemos que asistir. Es una soberana estupidez, teniendo en cuenta que no se nos permite participar.
—Esto es lo que te espera, Fahim. —Amir hace un gesto hacia la mujer que ahora mismo se queja ante el rey, con todo lujo de detalles, porque sus cosechas se han vuelto a estropear—. Yo, personalmente, doy gracias por ser el segundo hijo.
Se echa hacia atrás con un suspiro de gratitud.
La falta de respuesta de Fahim me llama la atención. Su silueta está tallada en granito; el rostro, petrificado y vacío. Llevamos cinco horas aquí sentados y no ha pronunciado palabra.
Alargo la mano y la apoyo en su brazo. Aunque Fahim me saca seis años, compartimos bastantes cosas, incluyendo la tendencia a protegernos del mundo.
—¿Va todo bien? —Pasan dos latidos antes de que sus ojos vuelen hacia los míos.
Algo doloroso aletea en esos iris moteados de puntos dorados.
Se me encoge el estómago de inquietud, porque la angustia se ha asomado a sus ojos a menudo durante los últimos meses.
Y a cada ocasión, la mancha oscura parece más pronunciada, más profunda—. ¿Fahim?
—Estoy bien. —Aparta el brazo de un tirón.
Yo contemplo a Amir, que está demasiado ensimismado limpiándose las uñas como para fijarse en el mal humor de Fahim. A pesar de lo que ha dicho mi hermano, sí que me preocupo. Me preocupo bastante.
Ya he aceptado mi pena de muerte por aburrimiento cuando, de pronto, las puertas de la sala del trono se abren y dan paso a una ráfaga de aire del desierto.
Me enderezo con interés. El hombre que entra tiene un físico impresionante, de hombros anchos y amplio pecho bajo la tela color marfil de su túnica.
Su fuerte torso me recuerda a un recio roble.
La parte baja de un turbante le tapa el rostro.
Unos ojos del color vívido de la tierra destellan bajo unas cejas negras.
Lentamente, el rey Halim se pone en pie.
—Así que tú eres el hombre que se cree lo bastante fuerte como para matar a la bestia.
Yo frunzo el ceño en respuesta a este dato inesperado. Hace semanas que se rumorea que un recién llegado ha prometido acabar con la bestia aprisionada en el laberinto. Yo creo que es una locura. Fahim también frunce el ceño ante este anuncio. Incluso Amir parece interesado en la conversación.
El hombre hace una profunda reverencia.
—Así es, majestad.
Su voz es profunda y resonante. Un tañido que me recuerda a las campanas más graves del templo de Ishmah. Aunque no es más que una persona, posee la presencia de un millar de hombres.
—Te ruego que me digas cómo pretendes hacerlo —inquiere el rey Halim.
Con la mano izquierda empiezo a tamborilear sobre el reposabrazos de la silla, siguiendo un ritmo.
Es una petición razonable. Este visitante podría ser un necio, o bien lo estamos subestimando.
Ya se ha seleccionado a siete hombres para saciar la creciente hambre de la bestia.
Siete hombres cada década. Van a entrar en el laberinto dentro de menos de cuatro meses.
¿Y este hombre se cree capaz de matar a la bestia? Tal cosa no es posible.
—Preferiría discutir este asunto en privado con vos, si no os importa, majestad.
Padre contempla al visitante, reflexivo, durante un largo instante. Y luego, como si accediese a la petición del hombre, hace un gesto con el brazo.
—Mis hijos. Mi primogénito y heredero, el príncipe Fahim, el mejor jinete que ha visto jamás Ammara.
Fahim hace un cabeceo a modo de saludo. El hombre le devuelve el gesto con respeto.
—Mi segundo hijo, el príncipe Amir.
Amir pone los ojos en blanco con aire divertido, pues jamás ha recibido los elogios que recibe Fahim. Tal es la condena y la bendición de ser el segundo.
—Y por último, mi hija, la princesa Sarai.
La mirada del hombre se alza hacia la mía. Se me corta la respiración.
—Princesa Sarai. —La voz del visitante, un sonido creciente y complejo, es una música que me encantaría conocer a fondo—. En su día tuve la oportunidad de asistir a uno de vuestros recitales. Tocasteis las Variaciones sobre el tema de los tres bailes ammaranos, si mal no recuerdo.
Parpadeo de sorpresa, pues ese recital tuvo lugar hace casi tres años. Me gusta particularmente esa pieza.
El visitante vuelve a centrar su atención en el rey, pero yo me siento extrañamente descolocada.
Dos días después me entero del nombre del visitante: Notos.
Es como humo en los pasillos. Hay días en los que apenas consigo captar un atisbo de sus hombros al girar un recodo, o bien oigo el chasquido de sus tacones sobre el suelo de mármol.
Con eso me basta para buscarlo en medio de la grisura que precede al alba cada mañana.
Me asomo por la ventana de mi dormitorio y contemplo el lugar donde entrena en el patio.
Es todo un estudio del movimiento. Con la espada desenvainada y el pecho descubierto, no deja de lanzar tajos, retroceder, agacharse, girar en redondo, apuñalar, bloquear.
Su cuerpo es hermoso. Y me resulta particularmente atrayente cuando está cubierto de sudor.
En la semana siguiente, me obsesiono tanto con Notos que empiezo a faltar a mis lecciones.
Es bastante raro que me salte un día, pero ahora pasan tres mañanas seguidas sin que toque el instrumento.
Los criados hablan: el rey le ha ofrecido unos aposentos a Notos en el palacio hasta que se adentre en el laberinto.
Por supuesto, he de comprobar por mí misma si es verdad.