23 #4
Nuestras bocas se abren y se convierten en una sola.
Sus dientes romos. Mi lengua ansiosa. El Viento del Sur desliza las manos por mi espalda y me agarra cerrando los puños.
Yo gimo y me aprieto contra él. Notos tiene un sabor único en el mundo.
Es como el sol, un latido de luz en torno al que gravitan todas las criaturas grandes y pequeñas.
Lo he echado de menos más de lo que estoy dispuesta a admitir.
Me besa con más intensidad, se introduce en mis profundidades secretas.
Se me queda la mente en blanco. Me olvido de lo que ha sucedido hasta este momento.
Solo conozco el impulso de mis latidos, mi sangre hirviente.
Suaves mechones de sus cabellos se enredan entre mis dedos.
La presión de su cuerpo me arrastra hacia el recuerdo.
En su día disfrutamos de esto mismo. Compartimos la intimidad de estar juntos, de pertenecernos.
En aquel entonces teníamos confianza y amor.
—Espera. —Notos se echa de pronto hacia atrás y yo pierdo el equilibrio. Me agarro a su hombro para no caer de espaldas sobre un arbusto cercano—. Creo que no es buena idea —dice, con la respiración alterada a pesar de no haberse movido del sitio donde está sentado.
Eso me duele. A pesar del dolor, consigo esbozar una sonrisa de victoria.
—Estamos prometidos, Notos. Podemos hacer lo que nos plazca.
Él tiene la expresión lúgubre.
—Estás en pleno duelo, Sarai. No pienso aprovecharme de ti.
¿De qué duelo habla? ¿Del de hoy o del de todos los días de mi vida?
—No te estás aprovechando de mí.
Si hay alguien que se está aprovechando de esta situación, soy yo.
Él niega con la cabeza, férreo.
—Necesitas tiempo para curarte.
—¿No debería tomar yo esa decisión? Necesito que hagamos esto. —Mis dedos se deslizan por la suavidad gastada de su túnica. Agarro en el puño el algodón; me anclo a él—. Necesito sentirme viva.
—Lo comprendo, pero…
Rozo el frontal de sus pantalones con la palma de la mano, recorro la longitud de su deseo, siento cómo se endurece ante mi tacto.
El Viento del Sur tiembla. ¿Quiere apartarse? ¿Acercarse? Comprendo esas necesidades contradictorias. No es el único que las experimenta.
Sin embargo, lo que hace al final es apartar mis manos de su cuerpo con expresión triste.
—Esta no es la respuesta.
Me arde el rostro. Estoy tan embargada por la humillación que he de resistirme físicamente al impulso de huir del jardín.
Notos tiene razón. Odio que tenga razón.
Quizá me sienta bien momentáneamente si entregamos nuestros cuerpos el uno a la otra.
Pero no quiero que la pena enturbie la intimidad que podríamos compartir.
Al final, el rechazo es igual de doloroso.
Con la boca fruncida, me pongo en pie y me ajusto el vestido.
—Muy bien. Buenas noches, Notos.
Él me contempla con una tristeza que no intenta ocultar.
—No quiero que te marches —murmura—. No deberías estar sola. Esta noche no.
«Pues pídeme que me quede.» Sin embargo, me da miedo poner voz a este deseo. Me da miedo de muchas maneras, y este dolor nuevo no es más que otra complicación. Quizá sería mejor para ambos que me diese algo de espacio.
Me marcho del jardín sin decir adiós y pensando en todo aquello de lo que me arrepiento.
Más tarde, tras quedarme dormida llorando, me despiertan unos golpes en la puerta.
Mis ojos hinchados se abren apenas una rendija.
Parpadeo y oteo con ojos empañados en la penumbra.
¿Qué hora es? Con las cortinas echadas, es difícil de decir.
No vuelven a oírse los golpes. Mis articulaciones crujen al bajarme de la cama y atravesar la habitación.
Sigo llevando puesto el vestido de antes; estaba demasiado exhausta para cambiarme.
—¿Hola? —Pego la oreja a la puerta.
No hay respuesta. La abro y me encuentro un pequeño ramo de flores silvestres en el suelo, junto con una nota atada a los tallos. Recojo las flores y abro el mensaje.
«Lo siento.»
Es la letra de Notos. Me tiembla la boca y aprieto los labios en un intento de recuperar el control de mis emociones.
Quizá me haya comportado de forma demasiado rígida, demasiado hostil.
Tiene razón. Estoy pasando un duelo. Quería sentirme cerca de él, pero en ese momento la desesperación anuló la lógica.
Me alegro de que me detuviese antes de que la situación fuese a peor.
Estoy colocando el ramo en una vasija de agua cuando noto una punzada en el dedo.
Bajo la vista y percibo vagamente la gota de sangre que me brota del pulgar, donde me he pinchado.
Entonces reconozco las flores que estoy sosteniendo.
Pétalos aterciopelados, de un tono tan violeta que casi son negros.
«Iris negra.»
Me abalanzo hacia la puerta, pero se me nubla la visión, convertida en sombras. El pomo se me escapa de la mano. Me estrello contra el suelo. Mi pulso acelerado empieza a ralentizarse, y es entonces cuando aparece el Señor de la Montaña.
«Duerme, Sarai», me arrulla. «Duerme, bella mía.»