El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 23 #3
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Aunque Fahim le hubiese ordenado a Notos que se marchase, yo habría esperado una despedida. Notos y Fahim se llevaban bien, al menos hasta que —supongo— mi hermano descubrió mi relación con él.

Este inmortal, este dios, se escruta las manos, que descansan sobre su regazo. Unos dedos fuertes y marrones cubiertos de cicatrices blancas. Aprieta los puños.

—En aquel momento te estabas preparando para un certamen —murmura—.

Fahim me dijo que era el último año en que serías elegible.

A partir de la siguiente primavera no sería posible.

Si no ganabas —dice, y alza los ojos hacia los míos—, probablemente perderías tu única oportunidad de ver el mundo.

Lo que decía era verdad. La Competición de Violín del rey Idris, fundada por el primer soberano de Ammara, atraía a cientos de violinistas de élite de tierras cercanas y lejanas.

Quien ganase tendría la oportunidad de hacer una gira con orquestas más allá de Ammara, incluso hasta Um Salim; hasta reinos al norte, este y oeste.

En uno de esos reinos, Marles, tocaba la famosa Sinfónica de San Laurent.

Yo había soñado con tocar con ellos desde que era una niña.

Notos prosigue con una urgencia que me impulsa a prestarle toda mi atención.

—Fahim fue brutalmente sincero conmigo. Me dijo lo doloroso que era para él haber sacrificado la música por su deber hacia la corona. Aquello lo había destruido, Sarai…, y yo no habría podido encajar la idea de haber sido la causa de que perdieras tu sueño.

Niego con la cabeza, incrédula. Lo entiendo, pero…

—Podrías haber hablado conmigo de ello. Se nos podría haber ocurrido un plan.

—Tu hermano tenía razón. No era justo obligarte a quedarte teniendo en cuenta que era probable que yo me marchase. Ammara no era mi hogar, por más que quisiese quedarme. Romper por lo sano era lo mejor para todo el mundo.

—¿Lo mejor para todo el mundo —replico— o lo mejor para Fahim?

Notos abre la boca, hace una pausa y la vuelve a cerrar. Una dulce brisa agita los árboles de laurel cercanos.

—Sé que no fue justo —dice—, pero tenía la esperanza de que la carta que te escribí lo explicase todo.

Me pongo en guardia de repente.

—¿Qué carta?

—La carta que le pedí a Fahim que te diese.

Se hace el silencio, roto solo por el burbujeo de la fuente.

—Notos —digo—, jamás recibí ninguna carta.

Su semblante se contrae en una expresión confusa.

Yo dejo escapar un aliento afligido. Aquel mensaje es otro de los secretos que se guardó Fahim.

Recuerdo la angustia que sentí tras la par­tida de Notos, una angustia que me comía viva, preguntas para las que no tenía respuesta.

Recuerdo la falta de sueño, los días malgastados.

Perdí años de vida en esos meses. Todo un verano perdido.

—Si hubiera recibido la carta —susurro—, quizá habría podido seguir adelante con mi vida. Pero… no fue justo marcharte sin decirme siquiera adiós.

—Sarai, yo no quería irme. No quería abandonarte.

—Su expre­sión está compuesta de diferentes capas: remordimiento y dolor, vergüenza y arrepentimiento.

Me agarra de la mano. Yo no tengo fuerzas para apartarla—.

Tienes que entenderlo. Era un extraño en tierra extraña.

Como princesa que eres, se espera de ti que te cases a cambio de influencia y poder.

Yo no podía ofrecerte nada parecido a la seguridad.

Sí, soy un dios, pero no tengo ningún vínculo con tu cultura, tu pueblo, tu reino.

Y… la gente hablaba. Parte de lo que se decía no era nada amable.

Pensé que lo mejor era apartarme por completo de la situación.

—¿Desde cuándo te importa lo que digan los demás de ti? —M e sale la voz ronca, cada palabra es una esquirla de cristal en mi garganta.

—No me importa. —Me mira directamente a la cara, desafiante—. Lo que me importa es lo que digan de ti.

Es típico de él pensar en mí antes que en sí mismo. Así resulta muy difícil enfadarse de verdad con él.

—No tienes ni idea de cómo me sentí después de que te marcharas. —Un grave lamento se acumula en mi garganta. Cinco años de angustia, dolor, remordimiento—. Aquel año no pude competir. No podía ni cruzar la puerta del dormitorio. Primero te marchaste y luego Fahim murió…

—Ya me enteré de lo del accidente.

—No fue ningún accidente.

Notos guarda silencio.

—¿De qué estás hablando?

Dioses, me va a obligar a decirlo.

—Fahim no murió en un accidente de caza —digo con voz estrangulada, aunque esa fue la historia que divulgó mi familia. Fahim Al-Khatib, el brillante primogénito, se cayó de su caballo y se rompió el cuello. Un modo honorable de morir—. Se ahorcó.

El Viento del Sur se queda tan inmóvil que resulta difícil distinguirlo de las sombras a su espalda. Sus ojos oscuros son perlas, brillantes de pura pena.

—Sarai —jadea.

Se me escapa un ronco gemido de dolor. Me inclino sobre el banco y me cubro el rostro con las manos al tiempo que Notos me rodea con sus brazos. No me resisto. Lo cierto es que estoy lejos de este lugar, de este verdor sombrío.

—Dos semanas después de que te marcharas —susurro—, Fahim no bajó a desayunar. —A día de hoy, el olor del fuul, judías con limón y sal, me sigue revolviendo el estómago—. Aquello era inusual. La mayoría de las mañanas era el primero en sentarse a la mesa.

Y allí estábamos sentados Amir, padre y yo.

Cuatro sillas colocadas en una mesa lo bastante grande como para dieciséis ­comensales.

De vez en cuando, alguno de los consejeros del rey entraba en el comedor para entregar un mensaje.

En aquel momento, padre estaba negociando con Um Salim un posible acuerdo de matrimonio: mi enlace con el príncipe Balior.

Ojalá se detuviera aquí el recuerdo. Pero no se puede detener una inundación en movimiento. Despacio, prosigo:

—Después del desayuno fui a los aposentos de Fahim a ver cómo se encontraba.

La semana anterior había mencionado que no se sentía muy bien.

—Qué necia fui, creí que se trataba de una enfermedad, no de algún veneno arraigado en su corazón y su mente, una oscuridad que le pertenecía a él y a nadie más—.

Lo encontré colgando de los travesaños del techo —me obligo a decir—, con una soga al cuello.

Notos me contempla con las facciones petrificadas de puro horror.

—Sarai.

Y así, sin más, me rompo.

Padre jamás hablaba de la muerte de Fahim, Amir tampoco y yo tampoco. Todos seguimos adelante, cada uno con esa carga invisible, tan pesada que yo creía que se me rompería la espalda de soportarla.

Cinco años después del suicidio de Fahim, no estoy más cerca de la curación de lo que estaba entonces. ¿Qué es lo que he estado haciendo todo este tiempo, pues? Corriendo. Huyendo. Después de tanto tiempo, estoy cansada. Solo quiero descansar.

Notos me aprieta con más fuerza contra sí. Yo suelto un sollozo, pegada a su pecho.

—Lo siento mucho. —Aparta con suavidad los húmedos mechones de cabello que me caen por las mejillas estragadas de lágrimas—. Sé que no podemos volver atrás en el tiempo, pero ahora estoy aquí —dice—. Estoy aquí.

Las lágrimas fluyen sin cesar. Lloro por Fahim.

Lloro por padre. Lloro por mi madre, a quien nunca llegué a conocer.

Pero, sobre todo, lloro por mí misma. Por todo el caos, el dolor, la inestabilidad y las imposibilidades a las que me he enfrentado.

Por todas las batallas. Permito que el Viento del Sur me consuele.

Le doy la bienvenida. Sus brazos son sólidos y seguros.

Gradualmente, mis sollozos disminuyen y mi cuerpo se calma.

Me aparto, apenas lo suficiente como para que el aire corra entre nosotros. Mis ojos bajan hasta la boca de Notos. Él entreabre los labios y su aliento especiado me sopla en la cara. No hemos terminado.

—Notos.

Alzo una mano y le rozo con dos dedos el carnoso labio inferior. Recorro su boca hasta una comisura, y luego hasta la otra. No quiero pedir permiso. Quiero tomar, conquistar, reclamar para mí. Quiero dar, alimentar su hambre al igual que él ha alimentado la mía. Quiero dar vida… y recibirla.

Me inclino hacia delante y acaricio su nariz con la mía, un roce aterciopelado. Él parpadea, y un grave gruñido de ansia le brota de la garganta. El sonido me recorre la columna vertebral como una uña afilada. Se me endurecen los pezones, y un calor me recorre el vientre… hacia abajo.