El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 23 #2
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El crujido de los guijarros en el suelo atrae mi atención hacia la entrada.

El Viento del Sur, con una túnica violeta que se mezcla con las sombras y la mano en la empuñadura de la espada, está ahí plantado, bajo un racimo de flores con forma de trompeta.

Incluso en la penumbra en ciernes, sus ojos oscuros poseen un notable brillo.

—Es tarde para estar despierto —digo. La medianoche pasó hace una eternidad.

—Estaba completando mi ronda —dice con ritmo lento, grave y cuidadoso—. Pensé que estarías aquí.

El comentario me provoca una sonrisa pequeña y triste. Porque me conoce, comprendo. Quizá mejor de lo que yo me conozco a mí misma.

—No podía dormir.

—Es comprensible. —Hay una pausa; siento su indecisión, la misma que tengo yo por dentro. Notos es una de las personas que me he esforzado por evitar—. Roshar te está buscando —dice.

—Lo sé.

Roshar llamó a mi puerta hace un rato. Yo no respondí. Me dejó una nota, junto con una tartaleta de albaricoque, en la que decía que vendría a buscarme al día siguiente. La tartaleta descansa sobre mi escritorio, intacta.

El Viento del Sur avanza un paso. Solo uno. La franja de oscuridad que nos separa parece estar viva. Entre nosotros siempre está ese tira y afloja, ese impulso de caer o huir. La realidad es que no quiero estar sola. Su presencia es bienvenida.

—¿Puedo sentarme? —pregunta.

Siento un nudo en la garganta, pero asiento y me deslizo hacia un extremo del banco para dejarle espacio.

—Habría venido antes —susurra Notos, girándose hacia mí—, pero quería respetar tu necesidad de intimidad. —Su expresión se contrae con gesto impotente—. Lo siento mucho, Sarai.

Yo hago un gesto con la cabeza, entumecida. He pasado estos últimos días organizando el funeral, preparándome para la coronación de Amir. Un rey por otro. Apenas he dormido.

—Gobernó Ammara durante cincuenta y siete años —digo.

Papá apenas era un chico de doce años cuando heredó el trono.

—Fue un rey honorable.

Pues sí, el rey Halim fue honorable, leal, justo. Los ciudadanos de Ammara recordarán su generosidad y su buena voluntad. En cuanto a mí, me aferraré a los pocos recuerdos de las escasas veces en las que tuve un padre más que un rey.

Al ver que no respondo, Notos pregunta:

—¿Cómo se encuentra Amir?

—Tan bien como puede estar, dadas las circunstancias.

—Las siguientes palabras me salen antes de tener la oportunidad de procesarlas del todo—: Sé que no te cae muy bien, pero es importante que demostremos que el reino presenta un frente unido, al menos hasta que Amir se haya asentado en su nuevo papel.

—Aunque yo no estaré aquí para presenciarlo—. Sé que te agradecería mucho tu apoyo.

—¿Eso te lo ha dicho él?

—Bueno, no. —Aprieto los puños sobre el regazo—. Pero he hablado con Tuleen, y quiero que sepas lo difícil que va a ser la transición para él. Es demasiado orgulloso como para pedir ayuda, y si aceptas, aliviarías muchas de sus preocupaciones.

El Viento del Sur suspira.

—Amir y yo nunca hemos estado de acuerdo, y lo más segu­ro es que nunca lo estemos.

Pero eso no significa que no piense que es bueno.

Eso no significa que no vaya a apoyarlo.

—Con toda sinceridad, dice—: Amir supondrá un cambio positivo para Ammara.

Construirá un legado del que tu padre se sentiría orgulloso. Estoy seguro.

Qué pocas palabras, y sin embargo, cuánto ayudan a aliviar mis preocupaciones antes de que estas tengan oportunidad de arraigar demasiado. Asiento, ligeramente azorada.

—Perdón.

—No me has ofendido.

¿Cómo consigue perdonar con tanta facilidad? He insultado su talante, no una vez, sino constantemente, desde que regresó. Los dioses deben de tener la piel muy dura.

—Sarai. —Por fin, la mano de Notos cubre la mía y derrite el hielo de mi fría piel. Se me encoge el corazón. Su contacto siempre me ha estabilizado—. ¿Qué necesitas?

Quizá he estado esperando esta pregunta. Hubo una época en la que habría respondido con mentiras de toda forma y color. Pero, en este momento, confío en que no me deje de lado.

—Me gustaría tener compañía, aunque no hablemos.

—Pues me quedaré aquí sentado tanto tiempo como nece­sites.

Y eso es exactamente lo que hace. Esto también sirve para curarme. Le muestro una herida profunda y él la recibe. Me ve.

—¿Quieres hablarme de tu familia?

Durante nuestra relación previa, le pregunté en múltiples ocasiones por su familia. Notos jamás se dignó a responder en profundidad. Aquello me frustraba, pues quería saber más de este dios incognoscible. Quería saber todo lo que pudiera darme y más.

—Si estás buscando un relato de consuelo y amor familiar —m e advierte—, no lo encontrarás en la historia que estoy a punto de contarte.

Lo cierto es que no. Yo solo busco algo real. Con suavidad, le aprieto la mano. Sus ojos saltan hacia los míos, arremolinados, vulnerables, temerosos de ser vistos. Lo entiendo, lo veo, lo conozco como me conozco a mí misma.

—Nunca tuve una relación estrecha con mi padre —empieza el Viento del Sur—.

Bóreas era el mayor, el favorito. Céfiro era muy astuto, siempre se pasaba de listo.

Solía meterse en los asuntos de los demás…

Aunque nunca lo castigaban por ello. Euros era…

problemático. Despreciaba a nuestro padre y hacía todo lo que estaba en su mano para hacerle la vida tan difícil como fuera posible.

De los cuatro, Euros era quien sufría más maltrato.

Al decir esto, el Viento del Sur guarda silencio. Si no me equivoco, parece intranquilo, quizá incluso culpable, aunque no me imagino por qué.

—Yo, por mi parte, no era como mis hermanos. Era un dios que decidía pasar tiempo entre libros, sin combatir. —Curva la boca en una expresión amarga—. Me llamaban débil, blando.

Notos es la última persona a la que yo consideraría débil. Tiene partes blandas, al igual que cualquier persona. A mí me gustan esas partes, porque son las más estables y seguras.

—Eres un espadachín soberbio —le aseguro—. Eres un protector en todos los sentidos de la palabra. No hay nadie más fuerte que tú, nadie en quien confiaría más para proteger Ammara.

O mi corazón.

Él tiene la cabeza inclinada, pero sus ojos se arrugan de un modo que sugiere cierta emoción.

—No tomé la espada por la gloria —dice—.

La tomé por necesidad. Sin un arma en la mano, me habrían despreciado, habría caído en el ostracismo.

Pero caí en la trampa de cambiar para encajar en la personalidad que los demás habían creado para mí.

Por eso sufrí tantas dificultades en la infancia.

Jamás sentí que perteneciese de verdad a la Ciudad de los Dioses.

»Cuando me desterraron a Ammara, me dediqué muchos años a deambular por ahí.

Pero un día oí que se iba a realizar un sacrificio a la bestia del laberinto.

Siete hombres enviados a morir. Pensé que, si podía matar a la bestia, le demostraría a mi padre que era un gran líder.

No estoy muy seguro de por qué lo hice. Después de que lo derrocásemos, mi padre quedó atado al Abismo y jamás llegó a salir.

Pero parte de mí aún buscaba su aprobación, incluso en aquel momento.

—Jamás entendí por qué te quedaste —digo—. Eres inmortal, más poderoso que el más poderoso entre los mortales. ¿Por qué arrodillarte ante un rey que no era el tuyo?

Él me estudia durante un rato.

—Quizá no era mi rey al principio, pero acabé respetando a tu padre.

Era inteligente, justo, si bien excepcionalmente duro con sus hijos.

—Suelta un suspiro—. Pero, por responder a tu pregunta, yo creía que tu padre quería a un hombre como Euros o Bóreas: un luchador nato.

Le dije que a mí no me interesaba derramar sangre.

Lo que quería era ayudar al pueblo de Ammara.

Tu padre respetaba mi postura, no intentó cambiarme.

Yo no tenía ni idea de las dificultades por las que había pasado Notos. Y yo que me estaba montando mi propia historia triste sin compartirla con alguien que quizá podría haberme entendido verdaderamente…

—¿Y tus hermanos? —pregunto—. ¿Qué les sucedió?

—Admito que perdimos el contacto hace mucho tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

—Muchos siglos —dice.

Asiento, con una gran tristeza por él. Me parece importante que se haya abierto así, que haya compartido conmigo estos trozos sombríos de sí mismo. Me gustaría conocer a Notos completa y profundamente. Me gustaría tocar su corazón del mismo modo que él ha tocado el mío.

—¿Echas de menos a tus hermanos? —le pregunto.

—A decir verdad, resulta difícil echarlos de menos sin haberlos conocido genuinamente. Por supuesto que conocía en cierta medida a mis hermanos, pero de manera superficial. Jamás permitieron lo contrario.

Pienso en eso a veces. Conozco de mis hermanos solo lo que estos me han enseñado. Me gustaría que Amir y yo tuviésemos una relación más estrecha. Me habría gustado que Fahim hubiese confiado en mí lo suficiente como para compartir conmigo sus tribulaciones.

Alzo unos ojos dolidos y repletos de lágrimas y susurro:

—¿Por qué no me dijiste que Fahim te pidió que te marcharas?

Una inspiración repentina y brusca corta el aire. En un primer momento me parece que Notos no va a responder, pero entonces dice:

—¿Te lo dijo tu padre?

Asiento. Notos me agarra ambas manos.

—Porque —dice, con voz tan queda que casi se diluye bajo el ruido de la fuente— sabía que te dolía mucho su pérdida. Era un buen hombre que solo hacía lo que pensaba que era lo mejor para ti.

Pero Fahim debió de darse cuenta de que había cometido un error. ¿Fue por eso por lo que se suicidó? ¿Quizá la culpabilidad ante mi desesperación fue demasiado para él? ¿O fue quizá alguna otra carga? La presión de nuestro padre, la imposible búsqueda de perfección…

—Fahim no sabía lo que era lo mejor para mí —digo—, y tú tampoco.

Él asiente, con expresión demudada.

—Tienes razón. Tomar esa decisión por ti no fue justo. Debí pensármelo mejor.

—¿Qué fue exactamente lo que te dijo?