El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 23
61%

23

E l rey Halim exhala su último suspiro en una mañana gris y opaca.

Amir y yo estamos junto a su cama. Las lágrimas mojan las mejillas de mi hermano, pero yo evito mirarlo a los ojos para brindarle algo parecido a intimidad.

En cambio, contemplo el bulto que es el cuerpo de mi padre bajo las mantas.

Estoy hueca, desprovista de cualquier sentimiento.

Este hombre no es mi padre. El rey Halim era fiero, animado, amado por todos.

Esto… no es más que una pila de huesos viejos.

Nos quedamos sentados en silencio hasta que el sacerdote da la bendición que le asegurará al rey una transición segura al más allá.

Poco después, el sacerdote se marcha. Yo no estoy segura de qué decir.

He perdido a una madre, a un hermano y, ahora, a un padre.

Pronto la maldición se cobrará mi vida. Amir se verá obligado a gobernar solo sobre la tierra donde estarán enterrados nuestros cuerpos. Ya me duele por él.

Alargo la mano y tomo la de mi hermano. Él me la aprieta con tanta fuerza que podría romperme los huesos.

—Lo echo de menos —dice Amir con voz estrangulada, y vuelve a romper a llorar.

Lo entiendo, porque yo llevo toda la vida echando de menos a papá.

Él siempre dedicó sus mayores esfuerzos a sus hijos.

Aun así, le acaricio la espalda a Amir. Lo consuelo con palabras murmuradas que no significan nada.

Le digo que todo saldrá bien, quizá ahora no, pero algún día.

Le recuerdo que es fuerte, resistente y, sobre todo, que lo aman.

Con la muerte del rey Halim, el periodo oficial de luto comenzará esta misma noche al ocaso.

La coronación de Amir tendrá lugar al final de esta semana.

Necesitará toda su resiliencia, toda su fuerza.

No tiene tiempo de procesarlo todo ni de pasar un duelo.

Yo no le desearía semejante deber a nadie.

Llaman a la puerta, que se abre. Tuleen asoma la cabeza.

—El consejo quiere hablar contigo, Amir. Cuando tengas un momento.

El futuro rey de Ammara me agarra con más fuerza, con el rostro apretado contra mi cuello.

—No quiero que me vea así —murmura.

Eso les sucede a todos aquellos que protegen su corazón con tanta fiereza como los hijos del rey Halim.

—Tienes que confiar más en Tuleen —susurro como respuesta, y miro a la futura reina a los ojos por encima del hombro de Amir—. Es compresiva y amable. Y lo que es más importante, es tu esposa. Deja que te ayude a llevar esta carga.

Un estremecimiento lo recorre por completo. Tuleen se queda en la puerta, insegura. El dolor afila sus delicados rasgos. Con suavidad, me separo de los brazos de Amir. Él me mira con los ojos enrojecidos y el rostro cubierto de mocos y lágrimas. Yo digo:

—Amir, no hay vergüenza alguna en sentir dolor. Todos experimentamos algo parecido en algún momento de la vida. Deja que Tuleen te ayude. Deja que tu esposa —repito— te ayude. —L e limpio las mejillas y digo con voz tranquilizadora—: Vamos, todo irá bien.

Amir, vacilante, se acerca a Tuleen, quien lo rodea en un abrazo.

Ella lo aprieta contra sí y lo consuela como se consolaría a un niño.

Los dos conversan en tono bajo y yo me acerco a una de las ventanas abiertas.

El aire está fresco, a pesar del sol naciente.

Me reconforta saber que lo último que vio papá antes de que se lo llevase la oscuridad fue la gloriosa extensión de las dunas do­radas.

El chasquido de la puerta aparta mi atención del desierto. Amir se ha marchado. Tuleen, en cambio, sigue aquí.

—¿Me permites? —dice, con un gesto hacia las sillas.

Yo asiento y ocupo una que da la espalda a la cama de padre. Tuleen se sienta frente a mí. Lleva un vestido color marfil y un fino turbante de perlas sobre su suave frente. Aprieta los puños sobre el regazo, con tristeza en esos ojos del color del musgo.

—Lo siento mucho, Sarai.

Yo cierro los ojos ante una nueva oleada de dolor. Se me escapa una lágrima y me la enjugo.

—Hace meses que la salud de padre iba empeorando —susurro—.

Pensé que estaba preparada. Pensé que le había comunicado todo lo que quería que supiera.

Ahora que se ha ido, me doy cuenta de que habría necesitado tres, cinco, siete años más para hablar con él, para conocerlo, para am…

—abro los ojos y me llevo una mano a la boca al ver que se me rompe la voz— amarlo.

Tuleen, sin decir nada, me tiende un paño de tela, que uso para limpiarme los ojos.

—Te entiendo. Mis padres ya fallecieron. Los echo de menos cada día.

Así es el dolor, comprendo. He estado en la orilla del dolor, he sentido sus aguas oscuras en los tobillos, espinillas, gemelos.

Durante un tiempo estuve libre de dolor.

El regreso de Notos trajo de nuevo la frustración, la confusión; pero también la calidez, la seguridad y la sanación. Sin embargo, la marea siempre cambia.

—Esto va ser un gran golpe para Amir —la informo, aun­que es más que probable que ya lo sepa—. Él… —Dios, cómo odio esto— admiraba muchos aspectos de nuestro padre y su relación se estrechó mucho durante los años posteriores a la muerte de Fahim.

—Lo sé. —La atención de Tuleen se centra en el juego de té que descansa sobre una mesa cercana—. ¿Té?

No espera a que responda. Me parece bien. La veo servir el té de una tetera de plata de hermosa factura. Me tiende una taza. Está amargo. Las hojas llevan demasiado tiempo dentro.

Tuleen se sirve y se reclina para decir:

—Me preocupo por él. —Tap, tap, tap, hace su uña contra la taza de porcelana. Al final, deja su té en la mesa sin haber be­bido—. El rey Halim era un buen hombre: honorable, muy respetado, admirable. Eso ya lo sabes. Por eso sus hijos son ciudadanos tan notables en el reino.

Siento un aleteo en el corazón ante su elogio, pues no me lo esperaba. Aun así, me mantengo en silencio y espero a que continúe.

—Pero quiero que sepas el enorme impacto que esto ha tenido en Amir. No quiere que te lo diga, pero yo creo que necesita más apoyo del que quiere admitir, sobre todo durante esta transición…

Tuleen vacila.

—Vamos —la insto—. Te escucho.

—Amir habla a menudo de Fahim. Aunque yo no lo conocí, veo cuánto lo amaba nuestro pueblo.

Era encantador, sobresaliente, diligente.

Estaba claro que contaba con el favor del reino.

Amir jamás pensó que heredaría el trono.

Nunca quiso algo así. Por desgracia, las circunstancias han cambiado.

Cree que es una decepción, que no puede ocupar el puesto de Fahim.

A tu hermano lo aterraba regresar y que se demostrase que era un fracasado.

Estudio con la mirada a mi cuñada durante un instante y luego aparto la vista.

—Ya veo.

No me había dado cuenta de que la inseguridad de Amir era el motivo que subyacía a esa luna de miel extendida. Y yo sintiendo rencor por su libertad cuando él también estaba huyendo de las imposibles expectativas de padre.

—El rey y yo tuvimos varias conversaciones —prosigue Tuleen— en las que le mencioné lo mucho que me preocupaba la presión a la que estaba sometiendo a Amir.

Mi cabeza latiguea. Alzo completamente las cejas.

—¿Desafiaste a padre? —Pensaba que yo era la única que se atrevía a desafiarlo.

—Pues sí. —Inclina la cabeza, sin dejar de mover los dedos, jugueteando con un pliegue de su vestido, tironeando de un hilo suelto—.

Aunque no estoy segura de que haya hecho mucho bien.

Tu padre no parecía entender que Amir no es Fahim.

Es más sensible, menos intrépido. Por desgracia, dado el estado avanzado de su enfermedad, el rey Halim no pudo permitirse el lujo de liberar a Amir de su deber.

Ha sido… mucho. —Se acaricia la sien con gesto agotado—.

Demasiado, diría yo. Amir no ha tenido suficiente tiempo para aprender todo lo necesario para guiar al reino antes de la muerte del rey.

—Nunca hay suficiente tiempo.

Suelto un suspiro. Pobre Amir. Le queda un largo camino por delante.

Hay muchas cosas que hacer. Durante los próximos siete días, los habitantes de Ammara colocarán ofrendas en los templos y santuarios.

Las puertas de la capital se cerrarán. Los mercados permanecerán cerrados hasta que otro herede la co­rona.

—Soy consciente de que no tenemos una relación estrecha —murmura Tuleen—, pero quiero que sepas que estoy aquí si me necesitas.

—Y ahora toma mi mano en la suya y me da un tierno apretón.

Acepto este consuelo como lo que es: un regalo—.

Eres mi familia, pero más allá de eso, eres mi amiga.

Si en alguna ocasión no sabes a quién acudir, por favor, piensa en mí.

Una oleada de gratitud me recorre. Me muerdo el interior del carrillo tan fuerte que me hago sangre.

En mi familia no se habla de estas cosas.

No comentamos las durezas de la vida. No demostramos infelicidad ni sufrimiento.

Qué alivio que esta mujer haya entrado en nuestras vidas y nos haya permitido recorrer nuevos caminos.

—Te lo agradezco —susurro. No sabe cuánto.

«No está tan mal tener una hermana», pienso.

El tiempo pasa, y yo empiezo a refugiarme en los jardines.

Al alba y al ocaso me encuentro envuelta en verdor, haciendo todo lo posible para evitar cualquier interacción.

El banco de mármol níveo está frío bajo mi cuerpo, la fuente burbujea tras un escudo de hojas de laurel entrelazadas.

Las buganvillas ascienden por la fachada de la pared de piedra a mi espalda, sus capullos tienen tonos de ocaso: anaranjados, rosados y lavandas.

Hoy ha sido un día particularmente pesado. Yo no aguantaba ni un momento más en mis aposentos. Son demasiado grandes, hay mucho espacio para que mis pensamientos den vueltas y vueltas en espiral. Aquí, el denso follaje se acumula y asciende. Me rodea con aromas de tierra y dulce néctar.