El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 22 #2
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—Esto… no es bueno. —Con un profundo suspiro, el rey Halim se hunde aún más en las almohadas, apenas un saco de piel y huesos—.

Si acuso al príncipe Balior, lanzará a su ejército sobre Ishmah sin dudarlo.

—Frunce el ceño, con expresión reflexiva—.

Dudo que vaya a atacar pronto. Como mínimo, esperará hasta que yo me haya ido.

—Sigue otra larga pausa—. Es posible que lleve a cabo su jugada durante la coronación de Amir.

Advertiré a los centinelas. Contamos con pocos hombres.

Buena parte de la ciudad estará desprotegida durante la ceremonia.

Se me escapa un sonido distorsionado de la garganta, a medio camino entre una risa y un sollozo.

—¿Y qué pasa conmigo? —Como siempre, estoy sola en medio del frío—. Mi vida acabará dentro de ocho días, papá. ¡Ocho! Debería haber muerto al nacer. Ese era mi destino. No se puede cambiar.

—Tu destino no era morir aquel día. Tu destino era vivir, Sarai. Llevar una vida plena. Eso era lo que yo esperaba para ti.

Niego con la cabeza. Me sale la voz grave y ronca:

—En ese caso, te he fallado.

La quietud se adueña de la estancia. Pienso en las cabras degolla­das en el mercado, un goteo lento y constante de vida que se ­escapa.

—¿De qué modo me has fallado? —pregunta con una suavidad que rara vez he presenciado.

Las lágrimas me abren senderos salados por las mejillas. Intento mantener la fuerza, pero no lo consigo.

—Lo he intentado, papá. Durante todos estos años he intentado ser la princesa que necesitaba Ammara. —Con tacto, diplomacia, perfección, buen juicio. Una líder sobresaliente. No podía arriesgarme a tener ni una sola imperfección—. Pero me temo que no he estado a la altura de mi pueblo. Ni de ti.

—¿Qué…? —Intenta por segunda vez enderezarse en la cama, y fracasa. Se hunde en las almohadas—. ¿Qué dices de no estar a la altura? Por supuesto que has estado a la altura. El pueblo te ama, como debe ser. Y Amir, en el trono… necesitará todo tu apoyo.

Asiento, muda, aunque noto que me doblo por dentro. Por una vez me gustaría saber cómo me sentiría si el hombre que me crio me oyese de verdad.

—¿Puedo preguntarte algo? —Él asiente, aunque con cautela, como si presintiese un cambio en mis emociones—. ¿Qué es lo que amas de mí?

Padre se reclina sobre la almohada empapada de sudor.

—¿Qué tipo de pregunta es esa?

—Responde, por favor.

El rey Halim tiene aspecto de estar sufriendo una gran injusticia, como si yo lo hubiese ofendido por atreverme a hacerle esta pregunta. No tiene ni idea de lo desesperada que estoy por oír sus palabras.

—Te amo por diligente —dice en tono gruñón—. Te amo porque eres una líder. Amo la complejidad de tu mente, tu entrega al pueblo de Ammara.

Con cada uno de los rasgos que menciona, mi corazón se va encogiendo más y más. Niego con la cabeza y me aparto de él.

—Pero es que esa no soy yo.

Él se me queda mirando.

—No comprendo.

—Soy todas esas cosas —digo— porque me sentía presionada para ser una versión inmaculada de ti.

Papá suelta un resoplido. Su incredulidad me duele.

—No tiene sentido que pienses eso, Sarai. ¡Piensa en todo lo que he hecho por ti y por tus hermanos a lo largo de estos años! Ha sido todo para asegurarme de que te cuidaban, de que te sentías amada.

—Esa es mi verdad —digo—. Siempre ha sido mi verdad. No he querido aceptarla por miedo a fallarte.

Qué triste que padre nunca me haya conocido, que no sepa quién soy, que solo conozca aquello que en realidad no soy.

—No entiendo qué es lo que quieres —dice entre dientes.

Una sensación desenfrenada se apodera de mi pecho. Jamás he pronunciado esas palabras en voz alta. Las he atesorado, albergado, doblado sobre sí mismas hasta reducirlas a la nada. Las he llevado dentro todos los años de mi vida. Y ahora dejo que salgan:

—Quiero ser libre —susurro con voz temblorosa.

Caen más lágrimas. Padre me aprieta la mano mientras yo siento que los pedazos inadecuados de mi ser encajan en su sitio—.

Quiero conocer el mundo —digo—. Quiero cultivar una vida de valor y autenticidad.

Quiero desprenderme de las obligaciones de mi linaje.

El rey Halim parece terriblemente entristecido.

—¿Por qué no me lo has dicho nunca?

—Porque tenía miedo —digo con voz estrangulada—. Me daba miedo que, hiciera lo que hiciese, jamás fuese suficiente para ti. Lo único que yo quería era tocar el violín, pero hasta eso dejó de atraerme.

Porque, cuando Fahim se quitó la vida, mi amor por la música murió con él.

Empiezo a sollozar con tanta fuerza que caigo sobre la cama. Me siento tan perdida, tan completamente sola… Padre se muere. Jamás hemos estado de acuerdo, pero no quiero que se vaya.

—Sarai —un suave roce en la parte de atrás de mi cabeza—, mírame.

Yo alzo la cabeza y me restriego la nariz. Para mi asombro, en los ojos de padre hay lágrimas. Dulcemente, dice:

—Eres mi hija. Mi regalo más grande y más inesperado. Si de verdad crees que no eres suficiente, es que te he fallado como padre. Siempre he estado orgulloso de ti, Sarai. Siempre. Siento mucho no haber sido capaz de decírtelo jamás.

Yo asiento, incapaz de hablar en pleno llanto. Él dice:

—¿Me preguntas qué necesita el reino? A Sarai. Solo a Sarai. Es a Sarai a quien necesita Ammara, a quien necesita Amir, a quien necesita Notos.

Notos. Me pregunto dónde estará.

—Me hizo daño cuando me abandonó. Me temí que jamás le hubiese importado.

Me temí que jamás me hubiese amado como yo lo amaba.

—Comprendo que sientas rabia hacia Notos, pero la culpa no es solo suya. Fahim desempeñó un papel importante en su partida.

Lo único que interrumpe el silencio es el resuello de los pulmones de padre. Un entumecimiento peculiar empieza a extenderse por mi cara.

—¿De qué hablas? ¿Qué tiene que ver Fahim con la partida de Notos de Ishmah?

—¿No lo sabías? —Padre me escruta los ojos—. Fahim le pidió a Notos que se marchase. Yo no supe que habían hablado hasta que el propio Fahim me lo contó aquella misma noche.

—Pero… —Tiemblo, de pronto insegura—. ¿Fahim le pidió a Notos que se marchase?

—Siempre pensé que Notos había decidido irse.

Padre jamás lo refutó. Aparto mi mano de la suya—.

¿Por qué? —grazno—. ¿Por qué iba a pedirle Fahim que se marchase?

Sabía lo que Notos significaba de mí. Sabía que lo ­amaba.

Aún lo amo.

—No sé qué era lo que pensaba Fahim —dice con voz cada vez más débil—, pero sé que se arrepintió de haberlo hecho. Envió a varios exploradores en busca del Viento del Sur a las semanas siguientes, con la esperanza de convencerlo para que volviese, pero ninguno encontró a Notos.

¿Por qué tomó Fahim esa decisión? No se trataba de su vida.

No era asunto suyo. Quizá temía mi felicidad, temía a la persona en la que yo me convertía cuando me amaban, cuando era libre.

¿Fue porque Fahim no podía experimentar lo mismo por ser el heredero?

¿Fue porque el amor era otro de los aspectos de su vida a los que debía renunciar por ser rey?

Mi ira crece, pero me desinflo. ¿Qué más dará? Fahim ya no está. Lo que se hizo ya no puede deshacerse. Me pregunto por qué Notos no me lo habrá contado, por qué no habrá rebatido mis palabras hirientes al respecto. Permitió que impactasen en él y le causasen un gran dolor.

—¿Por qué no me hablaste nunca de esto? —susurro.

A padre le faltan momentáneamente las palabras. Rara vez se me permite presenciar una emoción tan profunda como la tristeza y el remordimiento que pintan ahora su semblante.

—Cuando encontramos el cadáver de Fahim —dice, con temblor en las palabras—, todo mi mundo cambió.

El mundo de todos nosotros. No me pareció importante obsesionarme con el pasado sabiendo que ya no regresaría.

Y… supongo que parte de mí quería protegerlo de tu ira, aunque ya no estuviera con no­sotros.

Pasa un largo instante antes de que yo reúna la fuerza para ­hablar.

—¿Lo sabe Amir?

—No. La muerte de Fahim fue un gran impacto para él, como bien sabes. No quise mancillar la imagen que tenía de su hermano.

Es demasiado. Enterarme de que toda la ira y el resentimiento que he albergado iban dirigidos hacia el lugar equivocado…

, que Fahim es el responsable de este agujero que tengo en mi vida…

Y sin embargo, Notos no se opuso a mi hermano.

Se marchó, a fin de cuentas…, sin mí. ¿Cómo podría yo reparar ese daño? ¿Cómo podría curarme?

—Papá —me restriego la nariz con el dorso de la manga—, ¿qué pasará cuando tú ya no estés? ¿Quién enseñará a Amir a gobernar? ¿Quién guiará a Ammara en medio de la oscuridad?

¿Y qué sucederá cuando llegue mi día del nombre? ¿Cómo voy a proteger nuestro reino si no sigo viva? ¿Cómo voy a interponerme entre el príncipe Balior y el laberinto?

—Sarai —aprieta mi mano con una fuerza sorprendente—, la más brillante y fiera de mis hijos. Estoy seguro de que encontrarás la manera.

—No sé… —Me recorre un escalofrío y se me escapa de entre los labios un sonido ronco y herido—. No quiero enfrentarme a esto yo sola.

—Eres fuerte. Más fuerte de lo que crees.

Estoy seguro de ello. —Alza nuestras manos unidas y las lleva hasta mi mejilla húmeda—.

Prométeme que no te enterrarás en dolor cuando me haya ido.

He vivido una vida plena, más de lo que creía posible.

Amir y tú encontraréis el camino cuando llegue el momento.

Por más que lo intente, no consigo controlar este llanto roto. Hay muchas cosas que no nos hemos dicho el uno a la otra.

—Papá…

—Prométemelo.

De repente, se me quitan de golpe las ganas de luchar. Apoyo la cara contra su pecho hundido.

—Está bien —susurro—. Te lo prometo.