El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 22
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L legamos a Ishmah antes del ocaso. Yo bajo enseguida del navío improvisado y echo a correr hacia las puertas de la capital. Me sale al paso una barrera de centinelas que se extiende codo a codo bajo la gran arcada. Me arranco el turbante y les muestro el rostro.

—Fuera de mi camino —rujo.

Los ojos de todos se desorbitan al reconocerme. Se inclinan al momento y me dejan pasar. Corro a toda prisa hacia el pequeño patio de las cuadras, oculto en la sombra de la muralla.

—¡Necesito un caballo!

A los pocos segundos me traen uno. Una yegua malhumorada, vivaz, de un intenso pelaje color caoba que casi resplandece bajo la luz menguante. Subo y agarro con fuerza las riendas con una mano temblorosa. Uno de los soldados, un capitán, da un paso al frente con aire preocupado.

—Alteza…

—Despejad los caminos —ordeno.

Él se aparta a toda prisa y empieza a rugir órdenes. Yo intento guiar a la yegua calle abajo, pero el animal sacude la cabeza y se desplaza lateralmente presa de los nervios.

—Maldita sea —siseo—. ¡Muévete!

Alguien agarra las riendas. Estoy a punto de abofetear a quien sea cuando, de pronto, la niebla del pánico desciende. Me encuentro con la mirada impertérrita de Notos, con la piel del semblante pintada de gris. Las largas horas de viaje lo han desprovisto de la mayor parte de su poder.

—Deja que lo haga yo —dice.

No me opongo. Lo cierto es que es un gran alivio dejarle la responsabilidad de atravesar la ciudad. Una vez que el Viento del Sur se ha sentado a mi espalda, le clava los tacones a la yegua y echamos a cabalgar. Atravesamos a toda prisa la calle con un veloz repiqueteo de cascos.

Subimos sin cesar hacia el anillo superior, por la ancha Calzada de la Reina. Notos no se dirige hacia las puertas centrales del palacio, sino hacia una entrada más pequeña cerca de los aposentos del rey. En cuanto cruzamos, bajo de un salto de la silla de montar.

—Sarai.

Le lanzo una mirada a Notos. Presenta una estampa magnífica sobre la yegua. A sus ojos profundos asoma una emoción que no puede poner en palabras. Quizá él también se arrepiente de lo que se dijo en el desierto. Entonces niega con la cabeza y dice:

—Ve.

Es el último instante en que lo veo, pues me abalanzo hacia el fresco interior del palacio.

Paso junto a nichos de verdor y fuentes burbujeantes.

Me tiemblan las piernas a causa de la fatiga, pero subo los escalones de tres en tres hasta el tercer piso.

Rodeo una columna y, cuando llego a los aposentos del rey, estoy a punto de desmayarme. Entro como una exhalación, jadeando.

Las cortinas están corridas. Los candiles humean, sus pabilos abrasados.

Los aposentos del rey Halim son muy lujosos, repletos de opulentas sedas colgantes.

El aire está estancado a causa del hedor a sudor viejo.

A pesar del letargo cálido que impera en la estancia, la cama del rey está repleta de mantas bajo las que descansa padre.

Amir está sentado a su lado, con la cabeza inclinada y las manos unidas, pegadas a la frente.

Es una sombra y un hombre, todo a la vez.

Yo doy un paso al frente.

—Amir. —No hay movimiento alguno. Se me encoge el corazón. Me llevo un puño al pecho e intento mantener a raya la histeria—. ¡Amir!

Él se revuelve y alza la cabeza. Bajo el tenue resplandor de un candil cercano, veo que tiene hinchada la piel alrededor de los ojos a causa de lo que seguramente han sido horas llorando. Al verlo, se me escapa el poco aire que me quedaba en los pulmones.

Mi hermano consigue ponerse en pie con esfuerzo. Tiene toda la túnica arrugada y desastrada. Me pregunto cuándo ha sido la última vez que se ha bañado.

—Sarai.

Por fin, salvo la distancia que nos separa y digo:

—He venido en cuanto he podido. —Le acaricio el hombro a mi hermano con gesto vacilante. Mi hermano es un ser frágil. Pronto, su vida cambiará. La corona descansará sobre su sien—. ¿Dónde está Tuleen?

—Le he pedido que se vaya —murmura, con la vista gacha—. No quiero que me vea así.

Eso me entristece, aunque entiendo cómo se siente Amir. Así maneja siempre nuestra familia las emociones incómodas. Lo que hacemos es arrancarlas de nuestro semblante. Nos restregamos la piel hasta quitárnoslas.

Le lanzo una mirada a padre.

—¿Está…?

—No. —Amir mira hacia la ventana, a pesar de que las cortinas están echadas—. Pero no le queda mucho.

Me da miedo asomarme a ver el cuerpo que se descompone bajo las gruesas mantas, un miedo que me pesa en la mente. Pero no puedo evitar el momento. Así pues, me giro y contemplo al rey de Ammara.

Tiene los ojos cerrados y el ceño cubierto de sudor.

—Padre. —Una palabra demasiado rígida. Jamás me ha sentado bien pronunciarla—. Papá.

Él entreabre los ojos. Una película blanca le nubla las pupilas.

—Sarai —dice con voz entrecortada—. Esperaba que vi­nieras.

Yo me muerdo el interior del carrillo. ¿Cuántas veces habré esperado oír esas palabras? Jamás imaginé que las oiría en su lecho de muerte.

El pecho del rey tiembla con un sonido líquido en los pulmones.

—¿Dónde está Amir? —resuella.

—Estoy aquí, padre.

Él asiente con un movimiento discontinuo.

—Me alegro. Estáis… juntos. Así ha de ser.

Yo tomo asiento en una silla vacía y agarro con ambas manos la mano de padre, como si así pudiera resguardar su fragilidad, los anillos opacos que brillaron en su día entre sus dedos.

—Siento no haber podido venir antes. Notos y yo sufrimos un retraso. Una tormenta roja destruyó su navío y…

Esto es un regalo que he estado a punto de no disfrutar jamás: la posibilidad de despedirme de padre. Hay cosas más importantes que discutir que mi retraso, pero no tengo ni idea de por dónde empezar.

Despacio, Amir ocupa la silla junto a la mía. Yo inspiro ­hondo.

—Papá…

—¿Sabes lo que me gustaría, Sarai?

Contemplo a nuestro padre, quien me mira sin parpadear. La fuerza total de su atención me inquieta.

—No, papá.

—Me gustaría tener la certeza de que estarás a salvo cuando me vaya. Que Ammara y Amir también estarán a salvo.

Entreabro los labios y los vuelvo a cerrar. No me salen las palabras. Ya entiendo de qué va esto.

—Admito que he complicado mucho la situación.

—Si te casaras con el príncipe Balior…

—No voy a casarme con él. Por favor, papá… —Suelto un suspiro y cierro los ojos—. Tendrás que confiar en que estoy haciendo lo que creo que es lo mejor. Si tú supieras…

No estoy segura de si es el mejor momento para revelarle lo que anida en las sombras. Probablemente no servirá para hacer más sencilla su partida.

—¿Qué? —insiste el rey Halim—. ¿Si yo supiera qué?

Miro a Amir, que me devuelve una mirada intensa.

—¿Qué es lo que nos estás ocultando, Sarai? —exige saber mi hermano.

Aprieto los puños de puro miedo y los apoyo en el borde del colchón. No es así como quería pasar mis últimos momentos junto a mi padre.

—Papá, sé que estabas convencido de que lo mejor era casarme con el príncipe Balior, pero no confío en él. Creo que alberga motivos ocultos para casarse conmigo.

Amir me contempla boquiabierto.

—¿De qué estás hablando? —Jamás ha pensado que el príncipe Balior fuese el enemigo. Ninguno de nosotros lo había pen­sado.

—Déjanos solos —le dice el rey Halim a Amir.

Mi hermano no se mueve.

—Sea lo que sea lo que Sarai sabe, ¿no crees que yo también debería saberlo teniendo en cuenta que soy tu heredero?

—Déjanos —repite padre con más fuerza.

La lenta palpitación en la mandíbula de Amir es la única señal de su indignación. Para mi sorpresa, no protesta. Nos lanza una última mirada amarga a los dos y se marcha. Cierra la puerta con suavidad al salir.

—Papá —digo con voz queda, como si estuviese hablando con un niño—, creo que el príncipe Balior pretende liberar a la bestia del laberinto.

—¡¿Qué?! —El rey intenta con esfuerzo enderezarse hasta apoyar la espalda en el cabecero—. Sarai, eso es ridículo.

Yo lo ayudo con suavidad a volver a tenderse en el colchón, mientras él me clava la mirada.

—Pero es cierto.

Padre niega con la cabeza y aparta la mirada. Al cabo, como si fuera incapaz de negar lo absurdo de mi afirmación, vuelve a centrar su atención en mí.

—El príncipe Balior es un hombre honesto. No quiero que los chismorreos mancillen su reputación. ¿Tienes alguna prueba de lo que dices?

Así pues, empiezo por el principio. A estas alturas, no me queda nada que perder.

Le hablo de los registros que encontré, de la información que averigüé sobre la bestia, de su relato personal sobre los acontecimientos que desembocaron en su encarcelamiento, del interés del príncipe Balior en el laberinto.

Sin embargo, a pesar de todas las pruebas que le presento, las dudas del rey Halim son palpables.

—Sarai…

—Ha traído a su ejército hasta Ishmah —afirmo, la última carta que puedo jugar en esta terrible partida de argumentaciones.

Hasta la última gota de color desaparece del rostro del rey Halim.

—¿Qué?

Siento náuseas. El príncipe Balior me ha mentido, aunque no debería sorprenderme. No llegó jamás a pedir permiso al rey para que su ejército pudiese entrar en Ishmah, y por lo tanto ese permiso no fue concedido. Lo demuestra la conmoción de padre.

—Yo lo he visto —digo—. Miles de sus hombres están acampados en los aledaños occidentales de la ciudad.

Dime, ¿por qué iba el príncipe a traer a su ejército a la ciudad si no pretende usarlo?

Una vez que libere a la bestia, me imagino que utilizará su ejército para sofocar cualquier posible venganza por su parte.

Se hará con el control. Creo que ahora ya queda claro que no pienso casarme con él, así que ¿por qué sigue deambulando por el palacio si no es para entrar en el laberinto y liberar a la bestia?

Durante un rato, todo queda en silencio. La luz del candil tiembla.