El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 21 #2
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—Sé bien que me marché —susurra—. Y sé lo mucho que te dolió.

Y lo siento. Siento muchísimo el daño que te he hecho.

Lo lamento a diario. —Da un paso al frente.

Noto la atracción que me provoca, el impulso de caer, de hundirme en él, de olvidar.

Necesito emplear todo mi valor para no retirarme—.

Pero voy a protegerte lo mejor que pueda, y eso implica retrasar el viaje a Ishmah hasta que pase la tormenta.

Tiene razón. Sería una decisión imprudente, pero…

—Es que no lo entiendes —digo con voz estrangulada, y me restriego los ojos—. Le he dicho a padre todo tipo de cosas horribles. Tengo que disculparme. Tengo que decirle… —Que lo quiero. Que jamás he entendido por qué no me sentía amada—. Tengo que verlo antes de que sea demasiado tarde.

—Lo entiendo, Sarai, de verdad que lo entiendo. Viajaremos hasta Ishmah en cuanto sea seguro. Pero ni se te ocurra escabullirte tú sola. Si te marchas de este refugio —dice con expresión pétrea—, te encontraré. No cometas el error de pensar que tu vida no le importa a nadie.

Me tiemblan las rodillas. Despacio, me hundo hasta caer al suelo. Estoy agrietada por completo, y todo lo que tanto me he esforzado por contener se filtra por entre las fisuras de mi ser. De momento, solo puedo esperar y rezar para que la tormenta pase rápido.

«Aguanta, padre. Aguanta.»

Cae la noche, pero la tormenta sigue aullando.

Se cierne sobre nuestro frágil refugio como una bestia territorial.

La ausencia de sol provoca un frío que se adueña de la tierra.

Yo me estremezco. La cúpula protectora está intacta, y Notos consigue recuperar trozos del navío, que luego hunde profundamente en la arena para formar tres paredes inestables.

Milagrosamente, ha recuperado mi zurrón, que aún contiene el odre de agua y dos melocotones magullados.

No sé si dará igual. Lo más seguro es que esta borrasca me mate antes de que pueda llegar hasta padre.

Sentado a mi lado, con la espalda apoyada en el casco, el Viento del Sur recorre la zona con la mirada.

Su hombro roza el mío, y yo reprimo el impulso de apoyarme contra él y recurrir a parte de su fuerza para estabilizarme.

La presencia de este dios ha causado estragos en mi vida y, sin embargo, Notos está dispuesto a ofrecerme algo de consuelo si así se lo pido.

Meto la mano en el zurrón y saco el odre. Se lo tiendo; hace horas que no bebe nada. Él me recorre con la mirada con algo casi parecido a una expresión ofendida.

—Soy inmortal —gruñe—. Bebe tú.

—Qué quisquilloso —murmuro, pero me bebo el agua templada. Apenas quedan un par de tragos. Habrá que racionarlos con cuidado.

De vez en cuando, el casco se sacude a nuestra espalda. Yo intento ignorar esas sacudidas, con diferentes niveles de éxito. A lo largo de las horas, nuestra burbuja protectora disminuye. El poder de Notos es enorme, pero también finito. Me pregunto cuánto aguantará.

—Sigo enfadada contigo —espeto.

—Lo sé.

—Deberías haber dejado que me marchara.

Él niega con la cabeza.

—Ya cometí ese error una vez. No pienso volver a repetirlo.

En los rincones más lejanos de mi corazón, quiero creerlo.

—Si dices que fue un error, ¿por qué lo hiciste?

«Porque no te quiero.»

Me quedo rígida; las palabras se me clavan como unos dientes afilados. Aprieto tanto la mandíbula que siento una dolorosa punzada en la sien. Añado:

—Si eso es de verdad lo que sientes, ¿por qué estás aquí?

Notos me mira, confundido.

—¿De qué hablas?

—Acabas de decir…

—Yo no he dicho nada. —Escruta mi rostro con una mezcla de desconcierto y preocupación—. ¿Te encuentras bien?

«No creas lo que te dice este dios. Te llevará por mal camino.»

Hundo los dedos profundamente en la arena, en la frescura que anida bajo la superficie.

Esa voz me ha venido a ver en sueños y durante la vigilia.

Es la figura envuelta en sombras de mis visiones.

El Señor de la Montaña. ¿Cómo no me he dado cuenta de lo mucho que se parece su voz a la del Viento del Sur?

—Sarai.

Me sobresalto.

—¿Qué?

—¿Dónde estás? —pregunta Notos.

Cuando era más joven, a veces oía la voz del Señor de la Montaña. Aunque en aquel momento no sabía reconocerlo. En los últimos meses, sin embargo, su voz aparece cada vez más a menudo, en ocasiones varias veces a la semana. Me da miedo pensar en lo que eso significa.

—Aquí.

Me aparto de su contacto y me apoyo del otro lado.

Mi cuerpo se ajusta a la blanda arena del suelo.

Mi cabeza no deja de dar vueltas. He estado tan centrada en el Festival de la Lluvia, en el viaje a Mirash, en descubrir posibles pistas sobre el laberinto, que me he olvidado por completo de a qué día estamos.

Quedan ocho días para el día de mi nombre.

El Señor de la Montaña no quiere que se me olvide.

Duermo un poco, aunque no es un sueño reparador. El frío del desierto se mete por debajo de mi vestido, me pone la piel de gallina. Ni siquiera el calor que emite Notos puede desterrarlo.

Al cabo de lo que apenas parece un instante, me despierta una sacudida. Abro los ojos y los entrecierro para protegerme de un resplandor inesperado. El alba asoma tras el horizonte.

—La tormenta ha pasado —dice Notos.

—¿Y qué? —Reprimo un gemido al enderezarme hasta quedar sentada. Todos los dolores de la caída del día anterior se han asentado en mis articulaciones—. El navío sigue roto.

Y en cuanto a mi padre, no sé si habrá sobrevivido a esta ­noche.

El Viento del Sur no se aparta de mí, tal y como yo había esperado. En lugar de eso, me pone una mano en la nuca y me apoya el pulgar en la mandíbula apretada.

—¿Te importa mirarme, por favor? —susurra.

Lo pregunta con tanta compasión que no puedo negarme.

Cambio de postura e inclino mi rostro hacia el suyo.

Tirabuzones oscuros caen despeinados por entre sus orejas.

En los primeros compases de nuestra relación, recuerdo cómo caían estos mechones sedosos entre mis dedos.

También recuerdo la callada fuerza de su mirada.

Me da miedo el poder que tiene sobre mí.

Sus ojos me prometen toda una vida de paz. No ansío más que eso.

—Lo siento —dice—. Siento mi comportamiento de ayer. Intentaba protegerte del único modo que sé; pero me temo que a mis métodos les faltaba la comprensión adecuada. No estuve dispuesto a oír lo que te preocupaba.

Esa disculpa supone un bálsamo inesperado.

—Mi padre se muere, Notos —digo con tono débil y suplicante—. He de ir con él.

—Llegaremos hasta tu padre —dice, y aprieta mi mano con la calidez de la suya, mucho más ancha—. Te lo prometo.

Me ayuda a ponerme en pie y examina los restos de nuestro refugio. Yo paseo la vista por el paisaje bañado por la luz del sol matutino. Las dunas han cambiado de posición; yacen aplastadas como perros bajo el calor abrasador. Las imperfecciones de Ammara, pulidas.

Notos arranca un travesaño de madera del casco con un sonoro crujido. Yo lo contemplo con los brazos cruzados.

—¿Qué haces?

Él se quita la túnica y empieza a anudar las mangas de la prenda alrededor del extremo del tablón.

—Aprovechar lo que tenemos.

Acto seguido, saca de los restos del navío una plataforma, el mástil y la vela.

Bajo la túnica lleva una fina camisa que le llega hasta el muslo; está empapada de sudor y pegada a su piel.

Intento con todas mis fuerzas apartar la mirada, pero caigo presa de aquello que tanto deseo.

El cuerpo del Viento del Sur es hermoso, y yo admiro todo lo bello.

—Siéntate aquí. —Hace un gesto hacia la plataforma improvisada, lo suficientemente grande como para que la ocupen dos personas.

Una vez que me siento, él se coloca a mi espalda—.

Pega las rodillas al pecho. Y ahora, échate hacia atrás.

—Un brazo fuerte me rodea la cintura. Encajada entre sus fornidos muslos, me aprieto contra él—.

Intenta no hacer ningún movimiento brusco.

El viento infla la vela improvisada y nos impulsa hacia delante. Yo me agarro con fuerza al brazo en mi cintura. Cruzamos las dunas en dirección a Ishmah. En dirección a casa.