El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 21
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M i hombro se estrella contra el suelo. Siento una punzada de dolor que estalla en mi articulación.

La borrasca se traga mi chillido, me clava dagas en los ojos, revuelve la tela de mi vestido con manos afiladas y ansiosas, golpea una y otra vez contra mi cuerpo, me entierra más y más en la arena.

La densa nube de partículas me araña la piel.

En cuestión de segundos acabo enterrada.

Mis pensamientos quedan borrados. Me pongo en pie a trompicones y me esfuerzo por mantener el equilibrio en medio de las violentas ráfagas. Doy un paso al frente y se me doblan las rodillas. La arena empieza a acumularse sobre mi cuerpo con temible velocidad. La tierra exige carne.

Niego con la cabeza. Agarro arena a puñados en un inten­to de estabilizarme.

«¡Céntrate!» Tengo que llegar a algún punto elevado.

Estoy atrapada en los valles entre las dunas; aquí se acumulará la arena y no me permitirá subir hasta quedar libre.

Inspiro hondo, doy un fuerte empujón y vuelvo a liberarme de la arena.

Estoy en pie. Me deslizo hacia delante, en alguna dirección sin nombre.

No puedo ver, ni oír, ni hablar. Al cabo, el terreno empieza a ascender.

Con los ojos entrecerrados para protegerme de los residuos, paseo la vista entre la bruma rojiza y gris en busca de una figura ancha. Notos debería estar en algún lugar cercano. No puede haber caído muy lejos. Y sin embargo, no veo nada.

—¡Notos! —chillo, aunque el viento también se lleva mi voz.

Una vez más, grito su nombre. El rugido de la tormenta reverbera tan concienzudamente por el terreno que haría falta un milagro para que me oyese.

—¿Sarai?

El bramido me llega muy amortiguado, lejos, pero es el ancla que he estado buscando tan desesperadamente.

—¡Notos!

—¿Dónd… tás?

Giro en todas direcciones, desesperada.

—¡Estoy aquí! —No veo rastro alguno de él. Avanzo a trompicones en dirección a su voz, enterrada hasta las rodillas en la arena—. No te veo.

Encorvada para protegerme de los brutales vientos, sigo avanzando por la arena, que me devora las pantorrillas y me lame la cara y el cuello con una lengua rasposa.

«Sarai.»

Me detengo y alzo una mano para protegerme los ojos. El aire se agita sin cesar. Ahora, la voz viene de detrás de mí…, creo. Echo un vistazo por encima del hombro. La nube se aparta momentáneamente. Y ahí aparece una forma oscura justo en el límite de mi vista: el Viento del Sur.

«Vas en dirección contraria.»

—¡Bueno, sería de gran ayuda que siguieras llamándome para saber dónde estás! —chillo.

«Por aquí, Sarai.»

Me abalanzo hacia el frente, agitando los brazos para mantener el equilibrio. Siento como si no avanzase nada hacia la figura borrosa, la cual, extrañamente, parece ahora más alta que el Viento del Sur, aunque el aire se desplaza tan rápido que no puedo confiar en mi vista.

—¡Estoy aquí!

¿Es un espejismo? ¿Una ilusión?

«Rápido. No tenemos mucho tiempo.»

Lo lógico sería pensar que el Viento del Sur me ayudaría en lugar de quedarse ahí, fuera de mi alcance. Él también domina los vientos, pero se limita a contemplar cómo avanzo a duras penas.

—¡Sarai!

Mi cabeza latiguea.

—¿Notos?

Esta voz suena diferente, con una textura parecida a la piedra cruda y sin pulir. Me tambaleo de pura incertidumbre; me tiemblan las piernas a causa del esfuerzo. Necesito descansar, pero descansar es morir.

Algo me golpea por la espalda. Caigo de boca al suelo.

Un objeto pesado me aplasta las piernas; quizá un árbol o un bloque de madera.

La arena se alza con rapidez; mis piernas quedan enterradas, igual que mi estómago.

La arena sube y sube; me cubre los pechos, los hombros, el cuello.

Me revuelvo para salir, pero solo consigo hundirme aún más.

—¡Notos! —Toso y escupo un puñado de arena—. ¡Notos!

No hay respuesta alguna, solo un rugido, un temblor de energía que se me clava en los oídos. Cierro con fuerza los ojos. Que los dioses me ayuden, no quiero morir. Así no. Dudo que nadie vaya a encontrar mi cuerpo jamás.

Sin embargo, cuando vuelvo a abrir los ojos, se me escapa una exclamación ahogada.

En la lejanía, el Viento del Sur avanza hacia mí, usando sus poderes para apartar las ráfagas más crudas de viento.

Sus ojos se cruzan con los míos y siento que me va a estallar el corazón a causa de una oleada abrumadora de alivio. Es el Viento del Sur y ha regresado.

Con los brazos extendidos, Notos aparta los residuos volantes. Al fin, consigue crear una pequeña burbuja de aire frente a la fuerza de la tormenta. Al otro lado de la barrera transparente, la borrasca clava sus temibles dientes.

Notos me tiende de golpe la mano. Una corriente de aire alza el pesado tablón de madera que me aplastaba el cuerpo y lo arroja a otra parte. El peso sobre mis piernas desaparece para dar paso al dolor. En cuanto estoy libre, Notos me atrae hacia sí de un tirón y me abraza.

—¿Estás herida? —Su boca roza mi oreja. Habla con tonos graves y profundos en los que palpita el poder.

—No. —Le agarro la túnica cerrando el puño. El calor de su cuerpo atraviesa la tela y me empapa la piel—. Te estaba buscando, pero la tormenta…

—Lo sé. —Me aprieta con más fuerza entre sus brazos, de músculos deliciosamente duros—. Ahora estás a salvo.

Poco a poco, dejo de temblar. El castañeteo de dientes se desvanece.

—¿Dónde está el navío?

Él me apoya los dedos en la parte baja de la espalda.

—Ha sido destruido. Hecho pedazos.

Se me encoge el estómago y se me hunde el corazón. Ese navío era el único modo que teníamos de llegar a Ishmah antes del anochecer. Antes de…

Entierro el rostro en su hombro. Un sudario oscuro cubre mis pensamientos.

Esto no puede ser el final. Hay cosas que he de decirle a padre.

Han sido muchos meses de enfermedad en los que no me he sentado a su lado, no he comido con él, no he hablado con él, no lo he consolado.

¿Y si abandona este mundo sin que hayamos sanado por completo nuestra relación?

—No podemos retrasarnos. —Me aferro a la cordura con uñas y dientes—. Si el navío ha quedado destruido, tendremos que ir a pie.

—Sarai —dice él—, sabes que es imposible.

Quizá sea improbable, pero imposible no.

Si Notos puede mantener esta burbuja protectora, deberíamos poder cruzar las dunas con relativa facilidad.

Lo más preocupante es el agua. Tendremos que esperar hasta la noche para usar las constelaciones como guía.

Me temo que para entonces habrá pasado ya demasiado tiempo.

Latido a latido, nos mantenemos juntos, abrazados. No me he sentido tan segura desde hace años.

—Mira —digo—, hay circunstancias desesperadas que requieren tomar decisiones difíciles. Puede que una tormenta roja pase con rapidez o que se mantenga en el mismo lugar durante días. Pero a padre ya no le quedan días. Podemos atravesar la tormenta usando esta burbuja como medida protectora.

—No es posible —dice Notos.

Yo aprieto los dientes. Ni siquiera está intentando verlo desde mi perspectiva.

—Pues yo digo que lo es.

—Mis poderes no son infinitos —explica él—.

Se agotarán tarde o temprano, seguramente antes de que hayamos llegado a ­Ishmah.

Cuando eso ocurra, no tendremos ninguna protección contra los elementos, ni frente a los umbrandantes que podamos encontrarnos por el camino.

Preferiría buscar refugio y conservar mi poder para cuando lo necesitemos de verdad.

—Y yo prefiero correr el riesgo.

No hay refugio alguno. Solo están las dunas, un eterno ascenso y descenso de arenas requemadas por el sol.

—Para —espeta—. No digas necedades.

Me pongo rígida.

—Así que mis necesidades son necedades.

—Sabes bien que eso no es lo que he dicho. —Un resoplido de aire, hecho de dolor o de frustración, le brota del pecho—. Si te internas en esa tormenta, morirás.

No le falta razón.

—¿Y si te digo que haré lo que me venga en gana?

—Te lo prohíbo.

Mis ojos llamean, y me aparto del refugio de sus brazos.

—Soy la princesa Sarai Al-Khatib. Eres tú quien se inclina ante mí.

Si así lo desease, podría ordenar que clavasen su cabeza en una pica y nadie me llevaría la contraria.

Notos se restriega la cara con la manga de la túnica. Se produce un cambio sutil: nuestra pequeña burbuja abovedada empieza a hundirse hacia dentro.

—Piensa en todo lo que nos estamos jugando, Sarai. Esto es una tormenta roja, capaz de arrancarles la piel tanto a hombres como a bestias. Hasta a mi poder le cuesta mantenerla a raya…

—¡Padre se está muriendo! —grito—. ¡He de ir con él!

—¡Me da igual tu padre! —exclama él—. A mí me importas tú. —Se pasa los dedos por los rizos negros despeinados—. ¿De verdad crees que voy a permitir que te adentres en una muerte segura? Si te sucediese algo que yo podría haber evitado, jamás me lo perdonaría.

—Basta. —La palabra tiembla en mi boca—. No lo dices en…

—No pongas palabras en mi boca. No me digas lo que siento.

Estoy inmóvil. Petrificada por mis propios sentimientos, por esa sensación de insuficiencia, por las mentiras que cuento. Notos, en tono quedo, pregunta:

—¿Por qué te cuesta tanto creer que me importas?

Para mi horror, unas lágrimas calientes se derraman por mis mejillas erosionadas por el viento. Notos alza la mano y recorre con el pulgar la senda acuosa que trazan.

—Porque tengo miedo —digo con voz ronca.

—¿De qué?

No puedo decirlo. Y sin embargo, me parece inevitable. Cada una de nuestras interacciones nos ha traído aquí, a este momento de peligro, de pánico, de corazones rotos.

—¿Y si vuelvo a dejar que te acerques a mí y te marchas otra vez?

La tristeza contrae la boca del Viento del Sur. Hubo una época en la que me habría ocultado esa emoción, pero quiero pensar que los dos hemos evolucionado en cierta manera.