El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 20 #2
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—Nací enferma. —Hablo con voz baja, rápidamente—.

Según el médico, no iba a sobrevivir a la primera noche.

Padre fue al Monte Syr a suplicar por mi vida.

En un primer momento, padre creyó que el Señor de la Montaña se había apiadado de mí.

Me salvó la vida y crecí saludable. Pero ese mismo año, las sequías diezmaron el reino y la mayoría de las cosechas se estropearon.

—M e pongo en pie en la proa y miro al frente.

El cielo azul, despejado; y bajo este, la tierra de bronce—.

Padre sospechó que algo iba mal. Regresó al Monte Syr a interrogar al Señor de la Montaña, quien a su vez le contó partes del trato que no le había revelado en un primer momento.

—Por el rabillo del ojo, veo que Notos se endereza, con toda su atención centrada en mi perfil—.

A cambio de mi vida, se quedó con las lluvias nutrientes de Ammara.

—El sudor me corre por la línea del pelo.

Me lo enjugo con la manga de la túnica—.

He ahí mi maldición, la carga que llevo —digo—.

El sufrimiento que le he ocasionado a mi pueblo.

Durante un rato, el Viento del Sur me contempla, con el rostro carente de emoción.

—¿Eso es todo?

Aunque no quiero engañarlo, no veo otra opción. Quedan pocos días, y me parece que no tiene sentido hablarle de mi muerte inminente. Quizá sea hora de aceptar las cartas que me han tocado en la vida. No quiero que le duela.

—Sí.

Una ráfaga de viento particularmente violenta me revuelve el vestido. Notos se esfuerza por parecer impertérrito, pero a medida que pasan los segundos, veo las grietas de su fachada, al igual que veo las de la mía.

—Entenderás lo terrible que es —insisto—. Si las lluvias no regresan, mi pueblo perecerá. Nuestras últimas cosechas se echarán por completo a perder. Nuestro ejército quedará debilitado, y Ammara, indefensa.

Cualquier conquistador podría cruzar como si tal cosa las puertas de Ishmah y hacerse dueño del reino sin siquiera alzar un arma. No habrá nadie que se oponga a cualquier enemigo ni a los umbrandantes.

Notos se lleva una mano a los ojos para escudarse del intenso brillo de mi confesión. Luego la aparta y aprieta el puño.

—¿Cuánto hace que lo sabes? —Yo no respondo, y él gruñe—: ¿Cuánto?

—Desde siempre. —El mundo arde como una cerilla encendida en mi garganta—. Siempre lo he sabido. Padre me prohibió que hablase de ello.

Él niega con la cabeza, la mandíbula apretada, y contempla los tablones de madera bajo sus pies.

—No lo sabía. —Pronuncia las palabras con un tono tan suave que, en un primer momento, creo que me las he imaginado—.

El rey Halim me pidió que regresara para luchar contra los umbrandantes, pero no sabía que existía una amenaza mayor.

—Frunce el ceño—. ¿Por qué crees que hay una conexión entre la maldición y el laberinto?

Esto, al menos, no es ninguna falsedad.

—El símbolo sobre la puerta del laberinto es el mismo símbolo del Señor de la Montaña.

Notos frunce aún más el ceño. El silencio se alarga.

—¿Has advertido a tu pueblo sobre lo que está por venir?

La culpabilidad se adueña de mí con gran ferocidad.

—No.

Padre y yo hemos discutido amargamente sobre esto.

Yo quería contarlo todo. El pueblo se merece saber que la sequía se debe a fuerzas oscuras.

Pero el rey Halim quería mantener ese dato en secreto, en la familia.

Si una maldición amenaza la vida de Ammara…

No podía permitir que hubiese ni un resquicio de duda o debilidad acerca de su reinado.

Y sin embargo, ahora pienso en Haneen, la rapsoda. Pienso en Roshar, mi queridísimo amigo; en Ibramin, profesor y padre. Pienso hasta en Tuleen, cuya amistad conmigo apenas ha empezado a florecer.

—Creo que deberías contárselo —dice Notos.

—¿Y a ti qué más te da?

Él alza la cabeza de golpe.

—¿Te has parado a pensar que quizá Ammara no es solo tu hogar, sino también el mío?

—Eso no es verdad.

—¿Y quién eres tú para decir lo que es verdad y lo que no?

—L a furia con la que habla me obliga a retroceder un paso.

Una fuerte ráfaga de viento me despeina los cabellos y agita las ralas hojas de palma a nuestra espalda, arrojando largas sombras por el árido suelo—.

En su día también fue mi hogar —gruñe—.

He sido un necio por creer que podría volver a serlo.

Esa frase me atraviesa el pecho con la celeridad de una flecha. Es una emoción bien enterrada en mi interior, tan antigua como la misma tierra y erosionada a causa de mucha tensión.

—No lo comprendo —me obligo a decir—. Jamás habías dado muestras de que te importara.

—Ah, ¿no? —Me clava la mirada hasta que yo bajo los ojo s—. Luché para proteger a tu pueblo. Adopté vuestras costumbres. Presenté mis respetos a vuestros dioses.

Sí que lo hizo. Supongo que jamás me he planteado cómo convierte cualquiera un lugar nuevo en su hogar. Siempre supuse que el hogar es donde se nace. Notos prosigue:

—Cuando fui desterrado, no tenía ningún lugar al que ir. Quizá quise creer que merecía tenerlo…, que te merecía a ti.

Se me encoge el corazón.

—¿A mí? —susurro.

El Viento del Sur me contempla con una franqueza que he ansiado muchísimo a altas horas de la madrugada. Este poderoso inmortal, este dios eterno, puede ser muchas cosas, pero vulnerable no es una de ellas.

—El hogar no es un sitio, Sarai. Para mí, no.

—Yo no soy tu hogar —digo con voz temblorosa—. No puedo serlo.

No me doy cuenta del brillo que había en sus ojos hasta que este desaparece, como una estrella que se apaga.

—En ese caso, no nos queda nada que decirnos.

Notos sube a bordo y ocupa su puesto al timón. Yo me acomodo en la proa, con algo parecido a la vergüenza enroscado en el estómago. No sé si gritar o llorar, si suplicar o permanecer muda.

Partimos en silencio y nos lanzamos por las dunas.

Contemplo mi brazalete con forma de flecha y recorro su delicada curva de plomo.

Los vientos arrecian y sacuden el bote. Ni el calor ni el resplandor del mediodía consiguen alcanzarme.

Imagino que estoy en una habitación fría y oscura, con las cortinas corridas y la puerta bloqueada.

Si me entierro lo suficiente bajo las sábanas, quizá la realidad tampoco me toque.

He aquí lo que Notos no comprende: en su día, yo perdí a dos personas a las que amaba.

Por ello, me propuse vivir una vida en la que no tuviera futuro.

Viviría una vida en la que no amaría a nadie, porque si no amaba a nadie, tampoco perdería a nadie.

Y eso es lo que hice. Cerré mi corazón. Les di la espalda a mis deseos y mis anhelos.

Le pertenecí solo a Ammara, pero no al mundo, que no me debía nada.

Puede que Notos vea, o viera, un hogar a mi lado, tal y como yo veía un hogar junto a él.

Nuestro navío atraviesa los enormes valles arenosos. El silbido del viento se convierte en un aullido penetrante. Mi cabeza latiguea. A la espalda de Notos se empieza a reunir una enorme masa roja que se propaga por el cielo.

—¡Una tormenta roja! —grito.

El Viento del Sur aprieta los dientes y se esfuerza por mantener el rumbo.

El viento es tan potente que hincha al máximo las velas con un fuerte crujido.

Todo el velero se sacude. El silbido es ensordecedor.

Notos intenta guiar el navío entre dos dunas, pero se ve obligado a cambiar de dirección cuando la nube arremolinada nos envuelve y el sol se oscurece.

Viramos a un lado y a otro, incapaces de mantener el rumbo. Yo alzo la vista y veo que las velas se han hecho pedazos; un millar de granos de arena las ha destrozado.

—¡Notos! —Señalo las velas.

Él asiente con lúgubre resolución.

—¡Agarra el timón!

La popa da una sacudida y yo caigo de golpe contra el mástil. Impacto con el hombro y reprimo un grito de dolor. Consigo engarfiar un brazo alrededor del mástil lo suficiente como para que Notos me acerque hacia su pecho de un tirón y me coloque las manos sobre el timón.

—Lo tengo —digo.

Él se esfuerza por arreglar las velas hechas jirones mientras yo apoyo mi peso en el timón para mantenerlo firme.

Suena como si el mismísimo cielo se hiciera añicos en las alturas.

Las tormentas rojas más violentas pueden extenderse hasta ochenta kilómetros.

Nuestra única esperanza es salir de ella antes de que nos destroce… o, aún peor, nos entierre vivos.

Giramos con brusquedad y otra ráfaga me arroja de lado por los aires.

Me estrello contra unos cajones. Una de las cuerdas de sujeción se rompe.

Dos cajones salen volando y un tercero explota contra el casco.

Llueven trozos de madera sobre mi rostro.

Me da un vuelco el estómago; la fuerza del golpe me arrastra bocabajo hasta el borde del navío.

Algo sólido sujeta mi hombro contra el bote.

Me cuelgan las piernas por encima de la barandilla; los dedos de mis pies rozan la superficie de la arena.

A pesar de que la tormenta de residuos le oculta la cara, los ojos ardientes de Notos se clavan en los míos con un miedo inconfundible.

Me sube de un tirón de nuevo al navío y me lleva hasta el mástil.

—Agárrate —gruñe.

Una vez que me he sujetado bien, Notos regresa al timón.

El aire está tan cargado de partículas que apenas veo a medio metro de distancia.

Aceleramos de pronto hacia lo alto de una duna.

Salimos volando de su cúspide, atravesando los detritos, y otra violenta ráfaga de aire sacude el navío.

Empezamos a dar vueltas. Pierdo el agarre del mástil y, de pronto, estoy cayendo.

—¡Notos!

Lo último que veo son los ojos del Viento del Sur. La tormenta también se lo traga.