20
S e me escapa el aliento. No recuerdo haberme puesto en movimiento, pero de pronto estoy cruzando el umbral a trompicones.
Salgo a la luz y me envuelve un viento brusco y caliente.
El estruendo a mi alrededor no me alcanza, porque estoy lejos, en otra parte, en las profundidades de mi mente.
Mi corazón gorjea de miedo: «demasiado tarde».
La última ocasión en que vi a padre se arremolina ante mí como una columna de humo.
Los trozos rotos de su corazón, que yo misma hice añicos con mis palabras crueles.
Recuerdo lo diminuto que parecía, encogido bajo las sábanas de su cama.
Me vi atrapada y ataqué. Quería herirlo al igual que él me había herido a mí. Y ahora…
El polvoriento camino cruje bajo mis sandalias. Me detengo; todo me da vueltas. Notos me agarra del brazo y murmura:
—Calma.
Me libero del agarre del Viento del Sur de un tirón y echo a correr ciegamente en la dirección en la que creo que está la entrada de la ciudad.
Las piernas me impulsan por el camino, hasta la parte más atestada del mercado.
La multitud se ha multiplicado desde esta mañana.
Me interno entre carromatos y pedigüeños vestidos con harapos.
Notos y yo hemos pasado antes por aquí, y sin embargo, por el motivo que sea, nada me resulta familiar.
—Sarai. —La sombra del Viento del Sur se alarga mientras este intenta alcanzarme—. ¿Qué sucede? Habla conmigo.
El enjambre de paseantes bloquea el camino algo más adelante, así que me interno a toda prisa por un callejón lateral para rodear a la masa. Aún tengo el mensaje de Amir arrugado en mi puño sudoroso. Mientras siga en movimiento, no caerá sobre mí el pesado miedo de lo que podría pasar.
—Sarai. —Notos me agarra del brazo.
—¡No me toques! —rujo.
El Viento del Sur retrocede un paso y alza las manos, con el semblante pintado de confusión.
Ahora reconozco mi propia postura. Los pies firmes, afianzados, como para recibir una andanada de golpes.
Nos hemos detenido en medio del camino; la multitud nos mira, hostil.
Notos no es mi enemigo. Creo que eso ya lo hemos dejado atrás.
—Lo siento. Es que… —Noto un nudo en la garganta y trago saliva para detener mi creciente vergüenza—. Lo siento. No debería haberte gritado.
«Mantén la calma», me digo. Pero no tengo nada con lo que estabilizarme. No cuento con ningún ancla más allá de mis pensamientos desbocados.
—Quiero ayudarte —murmura él—, pero no puedo hacerlo si no permites que me acerque. —A continuación, en tono callado y sentido, añade—: Deja que me acerque, Sarai.
Un granjero que pastorea dos cabras me aparta de un empujón por la espalda.
Yo caigo hacia delante, cerca de Notos, que es una roca alrededor de la cual fluye la corriente de gente.
He aquí lo que sé: el Viento del Sur es mi prometido solo en apariencia, y sin embargo, esto que hemos reparado y vuelto a construir podría ser lo más auténtico que he tenido en mi vida.
Está aquí, creo. Y eso ya es suficiente en sí mismo.
Sin pronunciar palabra alguna, le tiendo el mensaje con mano temblorosa. Él lo lee a toda prisa. Un latido después, baja la nota.
—Mi padre…
Notos asiente, aunque con aire frío. Se niega a mirarme a los ojos.
—Por aquí.
Resulta que estaba avanzando en dirección contraria.
Desandamos nuestros pasos tan rápido como podemos.
Sin embargo, a mediodía en Mirash, las calles están atestadas y el espacio entre la gente es tan estrecho que no cabe entre ella ni una hoja de pergamino.
Al cabo, nos vemos obligados a detenernos.
—¿Qué sucede? —pregunto—. ¿Por qué no nos movemos?
Intento poner algo de espacio entre quienes me rodean y me llevo un codazo en la espalda.
—No estoy seguro —dice Notos.
La gente estira el cuello con curiosidad, incluido un chiquillo vestido con mugrientos harapos.
—¿Qué pasa, mamá?
—Shhh, pequeño —lo manda callar, pero se lo acerca.
Un grito atraviesa el aire. De pronto, la multitud se divide, todo el mundo empieza a desplazarse en dirección contraria a la entrada.
Yo intento resistir la marea; Notos me protege por la espalda.
El primer grito da paso a otros tres, que dan paso a otros siete, que dan paso a otros diez.
Una bota me pisa los dedos de los pies. Un hombre cae y es aplastado.
Entonces lo huelo: hay humo en el viento.
—Umbrandantes —dice Notos.
Una fría oleada de desesperación me salpica. Los umbrandantes campan por toda Ammara, pero yo había albergado la esperanza de que, justo hoy, no tuviéramos que enfrentarnos a ellos. Tardaremos horas en llegar a Ishmah. Se nos acaba el tiempo.
Notos se gira hacia mí.
—Dirígete a la entrada —dice—. Espérame en el navío. Tengo que enviarle un mensaje a Euros, pero primero me encargaré de esto y luego estaré allí lo antes posible.
Yo reprimo el impulso de arrojarme a sus brazos. Me recuerdo que es un dios, que puede cuidar de sí mismo.
—Ten cuidado —susurro.
Él asiente.
—Y tú también.
El Viento del Sur echa a volar por los aires a lomos de una ráfaga de viento bajo sus botas.
Desaparece tras los edificios y yo echo a correr hacia la entrada, esquivando lo mejor que puedo a quienes huyen.
Al cabo, paso bajo la arcada. Ammara se extiende ante mí.
Ahí está el navío. Sus velas gemelas se sacuden bajo una brisa sorprendentemente fuerte.
Camino arriba y abajo frente al navío, intentando recuperar el aliento. Pienso en padre. Pienso en Amir y en Tuleen. Debería estar junto a su cama, pero me encuentro lejos, como siempre he estado. Por más que lo intente, jamás podré salvar la distancia que nos separa.
El sol brilla hirviente en las alturas y me abrasa la piel. No estoy segura de cuánto tiempo ha pasado. ¿Una hora? ¿Dos? Mis ojos escrutan el cielo. No hay rastro del Viento del Sur. Poco después, los gritos se apagan. Pero yo sigo caminando en círculos.
Entonces, una figura borrosa cruza la arcada. Yo la contemplo con ojos entrecerrados, en la lejanía.
—Gracias a los dioses. —Ahogo una exclamación y echo a correr hacia el Viento del Sur—. Empezaba a creer que te había pasado algo.
Notos pasa cojeando a mi lado sin dar señas de haberme visto. Yo me coloco a su lado, deslizándome por la arena.
—¿Te encuentras bien? —pregunto.
—Todo bien.
«Todo bien» son las palabras que yo misma uso cuando nada va bien.
—No tienes aspecto de que vaya todo bien. Te han herido. —Lo sigo hasta el navío—. Estás en condiciones de llevarnos hasta Ishmah, ¿verdad?
Notos aminora la marcha y me lanza una mirada afilada por encima del hombro. Luego sigue andando. Yo abro la boca y la vuelvo a cerrar.
—No pretendía…
—Seguro que no.
Esas palabras me duelen. Estaba preocupada por el Viento del Sur, pero al fin y al cabo es inmortal y poderoso. Mi padre, en cambio, se está muriendo. No se puede comparar un pez con un ave. Pertenecen a mundos completamente diferentes.
—Toma. —Le tiendo el odre de agua. Él da un gran trago y me lo devuelve—. Vamos.
Subo al navío y me coloco en la proa. Las velas, sin embargo, cuelgan laxas. Me giro en redondo. Notos está apoyado contra el casco, con los brazos cruzados, contemplando las lejanas dunas.
—¿No me has oído? —pregunto.
Él alza la cabeza, con los ojos entrecerrados bajo el duro resplandor del sol. No veo diferencia alguna entre sus iris y sus pupilas; solo hay una negrura arremolinada, una furia tan hostil que me veo obligada a retroceder un paso.
—Dame un maldito minuto, Sarai.
Yo me encojo y me cubro el vientre con las manos.
—Lo siento. Tienes razón. Es que… se nos acaba el tiempo, y…
—Entiendo que estés asustada —gruñe él—, pero estoy intentando ayudar.
Hay que tener eso en cuenta, sí. Notos está haciendo todo lo que puede para ayudarme, pero hasta los dioses tienen sus límites.
—Lo comprendo —le digo—, y lo Siento. Descansa un momento si lo necesitas. Avísame cuando estés listo para regresar.
Sin embargo, Notos pregunta:
—¿Seguro que tanta prisa por volver es por tu padre o se trata de algo más que yo no sepa?
—¿Qué? —Lo contemplo boquiabierta—. ¿Es que no has leído la nota?
Él frunce el ceño.
—Sí, pero aquí está pasando algo más que no me estás diciendo. En cuanto me lo cuentes todo, podremos regresar a Ishmah.
De pronto lo veo todo rojo. De no estar segura de que Notos podría desarmarme, le quitaría la cimitarra y la clavaría en la palmera más cercana.
—¡Que mi padre se muere, Notos!
—¿Quieres que coopere? Pues necesito respuestas. —El fuego brilla en sus ojos de ébano—. Empecemos por la maldición.
Algo se rompe dentro de mí, esta imagen de múltiples facetas de mí misma.
Me abruma un rugido; es el viento, que ha empezado a azotar con ferocidad creciente.
¿O acaso se trata de mi propio corazón atronador?
No puedo salir de Mirash sin la ayuda del Viento del Sur.
Tampoco puedo evitar derrumbarme ante él.
Lo único que puedo hacer es retrasar mi inevitable derrumbe.