El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 19 #4
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Se me hace un agujero en el estómago. Alzo una mano temblorosa y recorro las notas musicales escritas en el pergamino: cuartas, octavas, accidentes y pausas que crean una melodía que reconozco de inmediato.

Era una de las piezas favoritas de Fahim.

De algún modo, está conectada con el laberinto, aunque no tengo la menor idea de cómo. Notos está igualmente perplejo.

—¿Qué me dices del cliente a quien le compraste este per­gamino? —digo, alzando los ojos hacia el joyero—. ¿Sabes su nombre?

Debe de haber algo que no estamos captando, algún punto débil. Todo me resulta espectralmente familiar y, sin embargo, se escapa a mi comprensión.

—Siento decir que no. No era más que un mercader de paso.

El calor y la anchura de Notos a mi lado atraen momentáneamente mi atención.

—¿Me permites? —pregunta.

Yo asiento y le tiendo el pergamino. Él arruga la frente y lo estudia. Me permito esbozar una pequeña sonrisa. Muchos no saben que la música es un lenguaje. Un lenguaje que pocos dominan. Notos mira con atención una de las esquinas del pergamino.

—¿Ves esto?

—¿El qué? —Por encima de su hombro, me fijo en el lugar al que señala. Es un pequeño dibujo en tinta negra. No me había fijado antes en él. Representa lo que me parece que es un hombre alado—. ¿Lo reconoces?

—No estoy seguro, pero… —Niega con la cabeza y pasa un dedo marrón por la ilustración. La luz ambarina de la vela cercana incide sobre el pergamino—. Creo que tengo que mandarle un mensaje a mi hermano.

—¿A Bóreas?

—A Euros —replica.

Interesante. Es una de las pocas veces en que Notos menciona a su familia. En el pasado, cualquiera de mis intentos por saber algo más de sus parientes fue recibido con un silencio de piedra, lo que me provocaba una infinita frustración.

—¿Crees que tiene algo que ver con el laberinto?

—No estoy seguro. —Las arrugas en su ceño se acentúan—. Podría ser.

Yo había albergado la esperanza de que pudiéramos descubrir alguna posible debilidad de la bestia, una pista sobre el poder que pueda poseer una vez que salga del laberinto. ¿Qué tendrá todo eso que ver con notas musicales?

Entonces reflexiono un poco más sobre el tema. Aquí hay algo. Hay algo que no estoy viendo.

—¿Tendrá algo que ver con mi maldición?

La cabeza de Notos latiguea en mi dirección.

—¿Qué maldición?

Mis ojos se desorbitan. No pretendía decirlo en voz alta.

—Esto…

Suenan golpes en la puerta. El joyero se envara. El Viento del Sur se queda rígido, al igual que yo. Una voz dice:

—¿Princesa Sarai?

La puerta se sacude. Quienquiera que se encuentre al otro lado, está intentando abrirla.

Notos desenvaina la espada con un movimiento fluido.

—Me dijiste que nadie sabía de nuestra presencia —le gruñe a Amad.

La tensión que emana de su cuerpo es prácticamente física. Repta bajo su piel, se acumula en esos ojos de pupilas oscuras. Por fin, la rabia abre una grieta en esa fachada de piedra. Es un espectáculo digno de ver.

Notos avanza hacia Amad, que suelta un gañido y retrocede para poner algo de distancia con el Viento del Sur. Se parapeta tras el mostrador a modo de escudo.

—¡No era mentira! —exclama—. ¡Lo juro!

El viento se arremolina entre mis piernas y me tironea de la capa. Una de las piedras preciosas de las estanterías cae de su lugar y rebota en el suelo con un tintineo. Amad contempla la joya con expresión alterada.

—¿Y por qué aparece alguien en tu tienda y pregunta por la princesa?

Un hilo de aire latiguea y se cierra alrededor del cuello de Amad antes de alzarlo por los aires. Él se asfixia y dice con un resuello:

—Te prometo que…

—Perdón por interrumpir —dice el visitante tras la puerta—. Tengo un mensaje para la princesa Sarai del príncipe Amir. Alguien me ha dicho que la ha visto entrar en esta tienda.

Yo me quedo boquiabierta por la sorpresa. ¿Amir? Me acerco rápidamente a la puerta. Alargo la mano hacia el pomo, pero Notos me la agarra antes de que pueda abrir.

—Deja que abra yo —dice en tono quedo.

Yo asiento y me echo a un lado. Él abre la puerta. Un golpe sordo a nuestra espalda nos indica que Amad ha caído redondo al suelo.

Se trata de Emin. Al pobre chico le falta el aliento; está empapado de sudor.

—Alteza. —Hace una reverencia, con las manos apoyadas en las rodillas, y me transmite el mensaje—: Un emisario del príncipe Amir apareció por las cuadras poco después de que os marcharais.

Os estaba buscando. No quise traicionar vuestra confianza, así que no le hablé de vuestro paradero.

De todos modos, el emisario tenía una carta urgente para vos, así que accedí a entregarla yo mismo.

A cambio de un buen dinero, no me cabe duda. Niego con la cabeza, incrédula.

—¿Y cómo me has encontrado?

—Notos y vos mencionasteis que veníais a Mirash —resopla—. He venido a caballo tan rápido como he podido. He preguntado por la calle si alguien había visto a una mujer que viajaba con un hombre armado. Me han indicado este lugar.

Con poco tiempo que perder.

—Gracias, Emin.

En cuanto el pergamino roza mis dedos, rompo el sello de cera y empiezo a leer.

Sarai:

No estoy seguro de si esta misiva llegará a tiempo. Se trata de padre. Se nos va. Por favor, ven. Me temo que ya sea tarde.

Amir