El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 19 #3
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Y sin embargo, en este momento, permito que caiga mi armadura.

Pieza a pieza, todo sucede. Notos no sabe cómo me sentí cuando se marchó, pero permito que lo vea.

Me asomaba cada día a la ventana y contemplaba toda Ishmah con la esperanza de ver un atisbo del Viento del Sur.

Jamás me había sentido tan obsesionada, tan sola, tan débil.

Me encojo de hombros y esbozo una sonrisa dolorida.

—Remordimientos inútiles —digo, pero cuando intento pasar a su lado, Notos me agarra del brazo.

Siento que el aire cambia entre los dos, una ráfaga sutil que me endurece los pezones. De inmediato, me libro de su agarre de un tirón y me cruzo de brazos con fuerza. Él me mira el pecho. Si no me equivoco, algo en su mirada se oscurece.

—¿Lamentas no haberme acompañado? —murmura en voz baja.

La verdad me sale aunque no quiera.

—Lamento muchas cosas, Notos, incluyendo no haberte acompañado aquel día.

Pero ahora estamos aquí, en Mirash, juntos. Quizá podamos aprovecharlo al máximo.

Tras una hora deambulando, llegamos al distrito de ceramistas, repleto de artesanía de barro y ollas de arcilla endurecida.

Los puestos están incómodamente apretados entre sí, atestados de tazas pintadas con un arcoíris de colores cetrinos, rubíes, turquesas, aguamarinas.

Dejamos el distrito atrás y la ciudad empieza a deteriorarse gradualmente.

Hay familias jóvenes agazapadas en los rincones; algunas se han instalado entre montones de escombros o en las pocas estructuras que aún tienen paredes.

Me duele verlas. Hay muchas personas sin casa, comida o ropa limpia.

Si las lluvias regresaran, sanarían buena parte de lo que está destrozado.

—¿Qué sabes exactamente de esta nueva pista? —le pregunto a Notos tras girar un recodo. De vez en cuando tengo la certeza de sentir el roce de su mano en la parte baja de la espalda, un pálido toque de consuelo. Seguramente me lo estoy imaginando.

—Amad es un joyero bastante conocido en toda la región. Es de confianza.

—¿Estás seguro?

Giramos y nos internamos por una calle desierta. Nos detenemos ante un edificio anodino de tejado hundido.

—La reputación se construye sobre la propia palabra. Jugármela solo serviría para arriesgarse a algo más que a sufrir mi ira. Pondría en riesgo todo su modo de vida.

Hace un gesto con la barbilla para que lo siga y entra antes que yo en la tienda.

La mañana está muy clara, aunque las persianas están echadas en las ventanas.

El aire aquí dentro está incómodamente enrarecido.

Hay estanterías en las paredes con pequeñas esmeraldas y cuarzos pálidos como la luna.

Una única vela brilla en una mesa cercana, sobre un charco de cera caliente.

El hombre al otro lado del mostrador nos mira con la cautela de quien no puede permitirse bajar la guardia. Lleva dos cuchillos al cinto. Una desagradable cicatriz atraviesa la piel de una de sus mejillas bronceadas.

—Solo recibo a clientes con cita —dice mientras pule un peque­ño óvalo color turquesa—. Tendréis que venir en otro momento.

Notos se quita la capucha y murmura:

—Amad.

El joyero suelta un gruñido de reconocimiento. Sin embargo, cuando yo me quito mi propia capucha, se endereza de pura sorpresa.

—Alteza. —Inclino la cabeza a modo de saludo. De inmediato, Amad me hace una reverencia—. Mis disculpas, no sabía que vendríais.

A toda prisa, rodea el mostrador y cierra la puerta con llave.

—Confío en que no hayas hablado de nuestro encuentro con nadie —dice Notos mientras el joyero, Amad, regresa tras el mostrador.

—Claro que no.

Habla con una sonrisa sincera, pero, si no me equivoco, hay cierta tensión alrededor de sus ojos. Está incómodo; no se me escapa ese detalle. Me inclino sobre el mostrador y digo:

—Notos dice que sabes algo del laberinto. ¿Qué sabes y cómo lo has averiguado?

Me da igual la reputación de este hombre, yo no lo conozco personalmente. Ha de demostrar que es digno de confianza.

Amad se echa hacia atrás con aire despreocupado. Me mira con seguridad… Es buena señal.

—Tengo un cliente que posee una buena cantidad de textos poco conocidos y oscuros.

—Deja a un lado la joya turquesa y coge una gema amarilla del tamaño de la uña de mi pulgar—.

Hicimos negocios, y cuando Notos me preguntó si sabía algo sobre la bestia del laberinto, resultó que tenía en mi poder ese pergamino.

Entrecierro los ojos. Yo también percibo el escepticismo del Viento del Sur.

—¿ Resultó que tenías ese pergamino en tu poder? —digo—. ¿Así, sin más? Me parece muy oportuno.

—Y a mí —dice Notos.

Estamos juntos, codo con codo. La princesa Sarai Al-Khatib y una deidad. El joyero debe de darse cuenta de a quién se enfrenta, porque baja la vista.

—Está bien —concede—. Es cierto que ya tenía el pergamino en mi poder, pero es que había otra persona investigando sobre la bestia del laberinto.

Ahora sí que estamos llegando a alguna parte.

—¿Quién?

—El príncipe Balior de Um Salim.

Cierro los ojos en medio de una oleada de inquietud. Notos suelta una maldición en voz baja. Y yo que pensaba que íbamos un par de pasos por delante del príncipe cuando en realidad le estamos pisando los talones.

—¿Le dijiste al príncipe Balior que nos interesaba la misma información? —le pregunto al joyero.

—No. —Niega con la cabeza firmemente—. Me reuní con el príncipe antes de que Notos me escribiera.

El Viento del Sur y yo intercambiamos una mirada sentida. Al menos estamos a salvo…, de momento.

Amad saca una caja de madera pulida de debajo del mostrador.

—Al príncipe no le hizo gracia lo que le conté. Quizá para vosotros sea de más interés.

La madera es bastante vieja. Está descolorida y cubierta de grietas. En la parte frontal hay remolinos grabados. Paso un dedo por la pulida superficie y noto un latido en los oídos, una grave vibración que recorre la estancia. Ni Notos ni el joyero parecen captarla.

La tapa se abre con un suave chirrido. En el interior hay un pergamino atado con una tira de cuero. Despacio, lo saco de la caja. Un trozo del pergamino se desprende cuando desato la atadura y lo abro.