El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 19 #2
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—Sarai. —Notos se agacha a mi lado. El navío se desplaza a buena velocidad sobre una llanura. Yo inclino la cabeza. Las lágrimas me corren por las mejillas y caen sobre mis muslos cubiertos. Con suavidad, Notos me alza el rostro, preocupado. Lo orienta hacia el suyo—. ¿Por qué lloras?

Me tiemblan los labios en cuanto otro recuerdo se escapa de sus confines. La ternura de Notos en esos callados instantes, enrollados entre las sábanas, uno en brazos de la otra. El recuerdo me calma, aunque una herida sin fondo dentro de mí se abre aún más que antes.

—Porque el mundo es hermoso —digo con voz estrangulada—. Y soy una extraña para mi propio reino.

No, para mi reino no. Para mí misma.

Eso me lleva a preguntarme si me he conocido de verdad en algún momento.

Durante toda mi vida me han dicho cómo he de vestirme, cómo he de actuar, qué he de decir, qué he de comer, cuándo he de irme a dormir, qué debo estudiar, quién debo ser.

He sido impecable en todos los sentidos. Pero no he sido yo.

Notos parece entristecido. Me enjuga las lágrimas, pero me deja llorar. No intenta sofocar mis emociones. Les deja espacio, como siempre ha hecho. Recuerdo la facilidad con la que me enamoré del Viento del Sur. Sigue siendo el mismo dios atento que siempre ha sido.

—Estoy bien —afirmo, y sorbo por la nariz. A pesar del impulso que siento de enterrar la cara en su pecho, me aparto de su abrazo.

Él me contempla durante un largo momento. Luego, como si decidiese que tampoco estoy tan mal, se pone en pie y vuelve a ocupar su puesto en el timón. Orienta el navío en dirección a Mirash. Yo apoyo la espalda contra los cajones y recuerdo lo que se siente al estar viva y ser libre.

Si Ishmah es un corazón rojo encajado en arenas doradas, Mirash es ébano pulido, carente de imperfecciones.

Antes de que Ishmah tuviese el honor de ser la capital de Ammara, fue Mirash la que ostentó ese título.

Sin embargo, cuando sus oasis se secaron, sus residentes abandonaron la resplandeciente ciudad.

Levantaron ­Ishmah en los acantilados cercanos, usando altas piedras rojas.

Las lluvias humedecieron el suelo y la Ciudad Roja prosperó, mientras que Mirash quedó enterrada en el polvo.

Detenemos el navío bajo un grupo de palmeras datileras y desembarcamos. Tengo el cabello desaliñado. Con una mueca, intento recomponerme los mechones despeinados por el viento.

Al igual que sucede con todas las ciudades importantes de Ammara, Mirash está rodeada por altas murallas.

En las puertas hay talladas runas protectoras para alejar a los umbrandantes.

Desde esta posición elevada puedo ver toda la región.

Buena parte de la antigua capital está tallada en la enorme ladera de un acantilado que se extiende del este al oeste: pequeñas casas de ventanas cuadradas, escalinatas erosionadas por los elementos.

Atisbo las puertas más grandes y ornamentadas de templos y santuarios.

El mayor de ellos se ha levantado en honor al Señor de la Montaña.

La parte sur de Mirash se extiende por una llanura dispersa.

Hay numerosas tiendas de campaña de lienzo blanco esparcidas por el terreno; un número incalculable de ellas.

Son familias desplazadas que se refugian bajo esas coberturas insustanciales.

El oasis es una mancha verde que se marchita en la esquina noreste de la ciudad.

Debido a la pertinaz sequía, apenas queda de él un pequeño y fangoso estanque.

Notos y yo nos situamos al final de la cola de gente que espera para entrar en la ciudad.

Yo me remuevo y alzo una mano para escudar mis ojos.

Siete años. ¿De verdad ha pasado tanto tiempo desde la última vez que vine a Mirash?

En aquella época iba de gira de conciertos.

Pasé aquí una única noche y luego me dirigí al oeste, donde también tenía que actuar. Apenas tuve tiempo para explorarla.

—No has de revelar tu identidad —me murmura Notos al oído—. Deja que me encargue yo.

Me sube la capucha. Yo giro la cabeza para descubrir que nuestras bocas quedan a un pelo de distancia. Me lamo los labios. La cola avanza, pero el Viento del Sur no hace ningún amago de apartarse. Yo tampoco. Centro la vista en su boca, en ese grueso labio inferior, y luego la aparto.

—¿Y bien? —Carraspeo—. ¿Vamos?

Notos retrocede un paso, con una mirada indescifrable. Una vez que mira de nuevo al frente, yo dejo escapar el aire que contenía en los pulmones.

Llegamos con rapidez al frente de la cola.

Tras inventarnos un cuento sobre venir a visitar a unos parientes en la ciudad, los guardias nos hacen un gesto para que entremos, completamente ignorantes de que la princesa de Ammara camina entre ellos.

A decir verdad, prefiero el anonimato. Es una libertad que no suelo experimentar.

Aquí puedo deambular sin que me reconozcan.

A esta hora, la vía principal, que se extiende paralela a los acantilados, está atestada.

Debido a la falta de espacio disponible en el perímetro, unos cuantos artesanos han montado sus quioscos en medio de la calle, para frustración de los habitantes de Mirash.

En cierto momento, un granjero atraviesa la calzada con sus vacas y bloquea todo el trasiego de gente.

Avanzamos por la calle repleta de personas y no puedo evitar darme cuenta del interés que despierta Notos. Sobre todo en mujeres, incluso en las que están casadas, con runas de ópalo tatuadas en la mano izquierda. Las miro con toda la ira que soy capaz de reunir, hasta que se alejan.

Notos se lleva un puño a la boca y tose, aunque a mí me parece más una risotada.

—¿Qué? —espeto.

—Nada.

Pero él esboza una media sonrisa.

—No deberían ir mirando lo que no les importa. —Sorbo aire por la nariz. A fin de cuentas, Notos y yo estamos prometidos. Es perfectamente aceptable reclamar para mí al inmortal con quien me voy a casar, sea o no una farsa.

—Ándate con ojo —murmura—, no sea que alguien piense que estás celosa.

—Si así sucede, es que estoy desempeñando bien mi papel, porque eso es exactamente lo que sentiría una mujer prometida si una extraña se comiese con los ojos a su novio.

Como siempre, Notos atraviesa la multitud con una facilidad que a mí me cuesta imitar. No deja de buscar en todo momento. Su consciencia recorre el entorno y absorbe todo tipo de detalles insignificantes que a mí se me pasan por alto.

—¿Has estado antes aquí? —le pregunto, tras apartar de un golpecito a un anciano atrapado en la corriente humana del mercado.

—Hace años que no vengo. —Notos me guía por un callejón atestado entre dos estructuras de piedra con tejados planos—. No sé si lo recuerdas —dice por encima del hombro—, pero en cierta ocasión te pedí que me acompañaras.

Así fue. En aquella época, yo no confiaba en él, pues era un dios cuyo poder yo no podía comprender. Y sin embargo, tampoco podía evitar buscarlo con la mirada a cada oportunidad que se presentaba.

—Lo recuerdo.

—Me dijiste que no.

Me llevo el brazo a la nariz al pasar junto a una pila de detritos sobre la que revolotea un millar de moscas. Desprende un hedor a trozos de animal podridos.

—Para ser sincera —digo—, pensaba que me lo habías pedido por hacerle un favor a padre.

—No fue el caso.

—Eso lo sé ahora. —Dejamos atrás los detritos y bajo el brazo para respirar aire más limpio. Algo más adelante, una mancha de luz señala el final del callejón—. Aquella mañana llegué a ir a los establos —confieso.

Notos se detiene y se gira en redondo hacia mí, con el semblante arrugado de confusión. Una gota de sudor le pasa por el lateral del cuello. Yo reprimo el demencial impulso de quitársela de un lametón.

—¿Cuándo?

Una vez más, experimento las ganas de huir a toda prisa, lejos, durante tanto tiempo como aguanten mis piernas.

Y sin embargo, esas ganas vienen acompañadas del deseo de que me consuele, de que me apriete contra sí.

Si fuese más valiente, quizá acariciaría con el dedo la comisura de la boca del Viento del Sur.

Solo puedo imaginar que su mero contacto me abrasaría.

—Poco después del alba.

—Fui a por ti —dice, y busca mi mirada en la penumbra bajo los edificios—. Pero no te vi.

—Según el guardia de la puerta, no me crucé contigo por apenas unos minutos.

Al oír esto, Notos parece experimentar sentimientos encontrados. ¿Habría sido diferente de haberlo sabido?

—Yo pensé que no querías viajar conmigo —dice—. De haber sabido que aparecerías, no me habría ido.

Yo acababa de cumplir diecinueve años. No entendía que aquel inmortal terrenal me pidiese que lo acompañase a una ciudad cercana, aunque en aquel momento ansiaba desesperadamente ser digna de su atención.

El certamen de violín era inminente, y no podía permitirme dejar de practicar, pero me dio igual.

—Sí que te habrías ido —digo, incapaz de moderar mi amargura.

—¿Por qué dices eso? —Parece más curioso que otra cosa.

—No me habías jurado lealtad ni nada parecido. Quizá pensaste que yo no era más que una molestia.

Notos parece absolutamente perplejo.

—No era eso lo que sentía por ti… en absoluto.

«No preguntes.» Pero rara vez hago caso de mis propios consejos.

—¿Y qué es lo que sentías?

Él cambia el peso de un pie a otro y tamborilea en la empuñadura de su espada. Si a mí me cuesta mostrarme vulnerable, más le cuesta aún al Viento del Sur, un dios que rara vez habla de su pasado o de sus sentimientos.

—Valoraba mucho lo que teníamos —dice—. Sentía que estábamos construyendo algo que nos pertenecía solo a nosotros.

«Sentía.» Una palabra firmemente arraigada en el pasado.

Pero ¿qué pasa con lo que me ha confesado hace poco? «Solo hay una persona a quien desee en esta vida, y esa persona eres tú.» No podemos volver a nuestra antigua vida, eso lo comprendo. La situación ha cambiado demasiado. Yo misma he cambiado.