El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 19
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–¿ B asta con esto para comprar tu silencio?

El guardia, de rostro sombrío, contempla mi mano tendida con incertidumbre.

Yo suelto un suspiro por dentro. Este sabe negociar. Está bien. Se oye un suave tintineo cuando dejo caer otra moneda en la pila que se amontona en mi mano. Hacia el este, el cielo empieza a palidecer. No tengo mucho tiempo.

—Alteza…

—¿Qué te he dicho, Emin?

Entiendo su preocupación. De verdad que la entiendo.

Es muy temprano, una hora inusual para alejarse del palacio.

La capital entera duerme. No tardo mucho en alejarme de mis aposentos sin que me vean y en preparar a Zainab en los establos desiertos.

Mi yegua espera calmada a mi lado, meneando la cola perezosamente para espantar las moscas.

Notos no vendrá a buscarme hasta las siete, la hora a la que hemos decidido partir.

Para entonces pienso estar ya muy lejos de las puertas de Ishmah.

No necesito ninguna escolta. Lo que necesito es libertad.

Mirash está a medio día de camino al noroeste.

Soy perfectamente capaz de viajar yo sola.

Una vez que llegue a nuestro destino, esperaré a Notos en la entrada.

Si no sufrimos ningún retraso, regresaremos a casa al anochecer.

Al joven guardia le tiemblan los labios. Apenas ha empezado a salirle la barba, algo despeluchada en la barbilla.

—Que no he de dirigirme a vos por vuestro título oficial.

—¿Y?

—Y que tenéis el poder de dificultarme muchísimo la vida si no os obedezco.

Le he enseñado bien.

—Excelente. —Añado otra moneda a la pila creciente.

Emin clava la vista en el montón de oro.

Yo echo una mirada por encima del hombro, pero el patio está desierto.

Nada interrumpe los sonidos nocturnos excepto algún que otro relincho de los caballos en los establos cercanos.

Refugiada como estoy bajo las sombras de los muros del palacio, es poco probable que cualquier guardia de patrulla me vea.

—¿Emin? —Él se sobresalta, y yo hago un gesto hacia la puerta cerrada—. Date prisa, por favor.

Sus ojos vuelven a sobrevolar el oro y yo reprimo un resoplido en forma de risa. Por supuesto, primero hay que pagar. Sin embargo, cuando tiendo la mano hacia la suya, una mano aún más grande y fuerte me aferra de la muñeca y detiene el movimiento.

Los ojos de Emin se desorbitan. Mi cabeza latiguea y me quedo petrificada en el sitio. Dos ojos oscuros destellan bajo un turbante de un tono rojo flamígero. Se me encoge el corazón con tanta fuerza que me parece que se me ha subido hasta encajarse en mi garganta.

—Si mal no recuerdo —dice Notos lentamente, con esa paciencia controlada que tan bien conozco—, decidimos que íbamos a viajar juntos a Mirash. —Me contempla sin parpadear—. ¿Has cambiado de opinión?

Ambos sabemos la respuesta a esa pregunta.

Notos se adelanta un paso, y su calor llega hasta mí a través del frío de la noche del desierto. Me hormiguea la piel ante su proximidad. Maldito sea este cuerpo traicionero. Aun así, me quedo clavada en el sitio; no quiero ceder terreno.

Emin pasea la mirada entre los dos, confuso. Es verdad: se supone que Notos y yo estamos prometidos. Perdidamente enamorados.

Agarro con el puño la tela color marfil que le cubre el pecho y miro a mi prometido con ojos entrecerrados.

El Viento del Sur no esperaba esta muestra de afecto.

Quizá está mal por mi parte, pero el poder que tengo sobre este inmortal me da placer.

Ladeo la cabeza y me doy unos golpecitos en la mejilla, con aire expectante.

Notos le lanza una mirada al joven guardia, que se apresura a apartar la suya para darnos un poco de intimidad. El Viento del Sur se inclina y yo le planto un beso en la mejilla.

Su aliento especiado me abruma. No puedo negar que parte de mí quiere girarle la cabeza y hacerse dueña de su boca, tal y como deseé hacer tras enterarme de que se había tocado pensando en mí en su dormitorio.

—¿Cómo sabías que estaba aquí? —pregunto.

—Porque te conozco —murmura.

A estas alturas, no lo puedo negar. Notos entiende que necesito libertad. Y yo entiendo que él necesita compartir, ser transparente.

—¿Hasta qué punto me conoces? —pregunto, desafiante. De pronto me siento valiente.

Él reprime una sonrisa.

—Te has olvidado de tu capa. —Me la tiende y dice—: Echa un vistazo a los bolsillos.

Así lo hago, y saco dos tartaletas de miel envueltas en tela.

Aún están calientes. Ahora me toca a mí reprimir una sonrisa.

Qué gesto tan inesperadamente atento. Debe de haber ido hace un rato a la panadería en la ciudad; ha llamado a la puerta de Nadia y ha comprado las dos tartaletas para el viaje.

Alzo los ojos y le pregunto a Notos:

—¿Te he llegado a contar cómo descubrí la panadería de Nadia?

Juraría que nos hemos acercado sin darnos cuenta. Él me acaricia el brazo con la mano.

—Recuérdamelo.

Oh, dioses. Me llevo la mano a la frente y se me escapa una risa burbujeante al recordarlo.

—Padre prohibió los dulces en casa después de que Fahim se comiese una bandeja entera de una sentada.

La prohibición no detuvo a mi hermano. Se iba a escondidas a la ciudad y los compraba él mismo.

Cuando me trajo una de estas tartaletas de miel, le exigí que me enseñase dónde estaba la panadería que las horneaba.

Se me hacía la boca agua al probarlas, las necesitaba.

Y así, la primera vez que llevé a Notos a la panadería, le estaba diciendo sin palabras lo que significaba poder experimentar ese placer sin restricciones.

A partir de entonces, me traía a menudo esas tartaletas de miel.

Las iba dejando por mi dormitorio, en el aula de música, en el jardín.

Era un pequeño juego privado, nuestro secreto, un hilo más de la madeja de nuestra historia.

Por aquel entonces yo sentía por él lo mismo que siento ahora.

Carraspeo y retrocedo un paso. El cielo ha empezado a desprenderse de su palidez gris.

—Abre la puerta —le ordeno a Emin, y luego vuelvo a centrar mi atención en el Viento del Sur—. ¿Vienes o no? No debemos retrasarnos.

No sabría decir durante cuánto tiempo me escruta el rostro. Quizá él también haya reconocido este deseo que no dejo de reprimir. ¿Cuál de los dos se romperá? ¿Cuál de los dos cederá? Yo no. Jamás.

Me quita las riendas de la mano y se las tiende al guardia.

—Lleva el caballo a los establos —dice—. Vamos a ir en mi navío.

A un kilómetro de distancia de la muralla exterior, el navío de Notos descansa bajo la escasa sombra de una palmera abrasada.

Es esbelto, con forma de flecha. Tiene dos mástiles gemelos y velas blancas de lienzo.

Parece fuera de lugar entre las dunas del desierto, anaranjadas y rojizas como el óxido.

La arena sisea bajo nuestros pasos mientras ascendemos por una duna particularmente inclinada. A pesar de mis esfuerzos, el Viento del Sur me mantiene el paso, a mi lado, y de hecho tiene que acortar sus zancadas para ajustarse a las mías. Un gesto que me enternece y enfurece a partes iguales.

Subo a bordo mientras Notos desata las velas.

Hay varios cajones amarrados con cuerdas al suelo para afianzarlos.

El crujido de la madera me despierta un recuerdo particularmente vívido, que se alza como una hoja sobre las aguas de un oasis olvidado.

El viento, el mundo convertido en un borrón de luz y de color.

Una sensación más cercana a volar de lo que yo haya experimentado jamás.

Me siento en la proa con las piernas cruzadas y me encojo al notar el sudor pegajoso que me empapa las axilas. Saco el odre de mi zurrón y doy un largo trago de agua. La humedad me limpia el polvo de la boca, el amargor de una era pasada.

Estar sentada aquí, en este lugar que tan bien conocía en su día, me duele más de lo que estoy dispuesta a admitir. Sé que esa época ya no regresará.

Contemplo la popa, donde Notos agarra el timón. Nuestras miradas se cruzan, y el mundo guarda momentáneamente silencio. «¿Te acuerdas de esos días?» Quiero preguntarle. «¿Te acuerdas de las risas que compartíamos, del futuro que estábamos construyendo? ¿Te acuerdas?»

Una nube sobrevuela la expresión del Viento del Sur. Percibo su necesidad de hablar, pero al final se limita a mirar al frente y afianzar las piernas. Una potente ráfaga de viento hincha las velas y nos ponemos en marcha a toda velocidad hacia el alba.

El navío se desliza por el suelo para luego ascender por el lateral de la duna.

Subimos más y más. Mis manos se agarran al borde del casco a medida que nos acercamos a la cumbre.

El viento ruge en mis oídos. La luz del sol asoma para dar la bienvenida a un nuevo día, y es entonces cuando despegamos.

La risa me hormiguea en el pecho. La intento reprimir, pero no consigo evitar que salga a borbotones de su jaula. Nos elevamos, ingrávidos, por el aire. Nada puede detenernos. Yo me maravillo ante lo que estamos haciendo.

Llegamos a una duna vecina y nos deslizamos ladera abajo.

Yo miro por encima del hombro al Viento del Sur.

Sus dientes, que rara vez están a la vista, destellan bajo los pálidos rayos de la mañana.

El tiempo me transporta. Vuelvo tener dieciocho años y navego en el navío del Viento del Sur bajo un cielo repleto de estrellas.

Fue la primera vez que paladeé la libertad.

La posibilidad de otra vida se desplegó demencialmente a través de mí.

¿Y si no hubiera muros tras los que resguardarse y toda la tierra fuese mi legado?

¿Qué podría yo encontrar en ella? ¿Qué podría aprender de mí misma?

Sin embargo, esa vida jamás fue mía. Solo pude verla desde lejos.

De pronto, mi risa se hace añicos. Aprieto los dientes, pero no puedo evitar un sollozo.