El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 18 #6
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Al otro lado de la pared, el Viento del Sur se está tocando.

Mi mano sudorosa se desliza por mi torso.

Aprieto el puño sobre mi vientre tembloroso.

Cuando era más joven, me tumbaba despierta en la cama e imaginaba lo que sucedería si el Viento del Sur entrase en mi habitación.

Imaginaba el destello caliente de su lengua.

Anticipaba el calor de su aliento, la tersura de sus músculos, la embestida de sus caderas.

La cama de Notos empieza a chocar contra la pared a ritmo lento.

Yo me apresuro a quitarme el vestido y la ropa interior y a agarrar un pequeño frasco de aceite del cajón de la mesa de noche.

Dioses, qué retorcida soy. El Viento del Sur es un adulto; tiene derecho a su intimidad.

Pero yo he de calmar mis propios apetitos.

Una mujer tiene necesidades. Nadie podría culparme por atenderlas.

Separo las piernas y me paso los dedos aceitados por mi abertura empapada. Mi carne tiembla de excitación. Llevo la mano hasta la pequeña protuberancia de carne oculta bajo una mata de vello oscuro. El más leve roce me provoca una oleada de placer. Suelto un gemido.

Contemplo el techo e imagino el torso musculoso del Viento del Sur sobre las mantas. Ha de estar desnudo, su piel bronceada salpicada de ese escaso vello negro. Su sexo cuelga, pesado, entre sus fornidos muslos. Sus ojos tienen las pupilas dilatadas.

Mi entrepierna se contrae al imaginarlo, pero yo no dejo de trazar círculos con la mano.

La imagen me impulsa, más alto, más fuerte, con una sensación más vívida.

Encojo los dedos de los pies, clavo los talones en el colchón.

El sudor me empapa la piel, me pega las sábanas al cuerpo sofocado.

Una punzada me recorre en espiral la pelvis, como la cuerda tensa de un arco.

Ahí están sus manos: anchas, de dedos gruesos y encallecidos.

Imagino que se introducen entre mis muslos, que se deslizan por mis húmedos pliegues.

Sus dedos penetran lentamente en mi abertura con una sensación de plenitud.

Un temblor me recorre la entrepierna, me muerdo el labio y aprieto las caderas contra la mano.

Más presión. Aprieto con firmeza mi protuberancia de carne y suelto una exclamación.

El deseo enroscado en mi pelvis explota con una oleada de cálido e hirviente placer.

Saciada, me dejo caer sobre el colchón, entre las mantas de lana y las sábanas de algodón. Mis párpados empiezan a cerrarse.

Alguien aporrea la puerta que conecta los dos cuartos. Yo me sobresalto y se me escapa un grito.

—¿Sarai? —me llama Notos—. ¡Sarai, abre la puerta!

Yo me enderezo en la cama, rígida, con el rostro ruborizado y las manos entre los muslos. Aprieto los dientes de pura frustración.

—¿Qué quieres?

—Déjame entrar.

—Ah, ahora sí quieres hablar conmigo. —Se me quiebra la voz—. Ya es tarde, Notos.

—Si no me dejas entrar, voy a echar la puerta abajo.

Reclino la cabeza contra las almohadas y cierro los ojos con fuerza. El calor del clímax empieza a dispersarse a medida que pasan los instantes.

—Un momento —grazno.

«Mierda.» Echo mano de un paño limpio del armario, me lo paso por la entrepierna y las axilas húmedas y luego lo arrojo sobre la mesita de noche. Me apresuro a recolocarme el vestido. Forcejeo con la cerradura y abro de golpe.

Su ancha figura se recorta contra el interior sombrío de sus aposentos. Lleva unos pantalones holgados que le cuelgan de las caderas. Su musculoso abdomen está injustamente tenso. La ­extensión desnuda de su pecho ocupa toda mi vista. No veo nada más.

—¿Qué quieres? —pregunto sin aliento.

—¿Te encuentras bien?

Cuando por fin aparto mi atención de sus musculosos pectorales, consigo que mi mente aturdida le dé sentido a esa pregunta.

—¿Disculpa?

Notos me contempla como si fuese una disminuida mental.

—He oído un grito. —Al ver mi confusión, explica—: Sonaba como si tuvieses algún problema.

Un calor sutil me sube por las mejillas. «Problema.» Sí, es un modo de llamarlo. No me había dado cuenta de que había hecho tanto ruido al…, bueno, al aliviarme.

—Como puedes ver, estoy bien. —Señalo mi vestido arrugado con gesto impaciente—. Y ahora, si me disculpas…

Empiezo a cerrar la puerta. Él encaja un pie en la jamba. Nuestros ojos chocan: los míos, cautelosos; los suyos, escépticos. De un fuerte empujón, Notos entra a la fuerza.

Yo me cruzo de brazos y sigo con la vista su poderosa silueta por la habitación. Bajo el vestido, se me endurecen los pezones.

—Que compartamos puerta no significa que seas libre de entrar y salir como te plazca. ¿He de llamar a los guardias?

Notos no responde. Se interna en mi despacho; al parecer, está buscando algo.

Instantes después regresa y entra en mi baño, para luego pasar a mi salón.

Sin embargo, se detiene al centrar la atención en la cama desastrada.

Yo me doy cuenta horrorizada de que el paño que he usado para limpiarme descansa hecho una bola sobre la mesita de noche, junto al frasco de aceite.

Carraspeo y doy un paso al frente para apartar su atención de las pruebas incriminatorias.

—¿Qué es lo que quieres, Notos? No me gusta que vengan a perturbar mi descanso.

—¿No hay nadie aquí? —insiste—. ¿Estás sola?

Yo alzo una mano y vuelvo a bajarla.

—Claramente.

Una vez más, Notos vuelve a centrar su atención en el paño.

Siento el impulso de arrojarlo por la ventana, pero eso solo serviría para reforzar la verdad de su propósito.

Por otro lado, ¿por qué habría de avergonzarme?

No he hecho más que cumplir con la voluntad de los dioses.

¿Por qué no podría cualquier mujer darse placer en la intimidad de sus habitaciones, al igual que hacen los hombres?

Lentamente, Notos se gira hacia mí. No me doy cuenta de que estoy aguantando la respiración hasta que un pinchazo bajo mi esternón me obliga a soltar el aire.

—¿Te estabas dando placer?

El calor incendia mi pecho. No está bien que unas palabras tan sucias se pronuncien con una voz tan vívida.

—Así es —afirmo—. Y tú también. —Bajo los ojos hacia sus pantalones y me encuentro con la inconfundible dureza de su erección—. ¿Acaso lo niegas?

Y el Viento del Sur dice:

—No lo niego.

Un placer oscuro me recorre. He aquí numerosas riquezas inexploradas. Yo quiero descubrirlas todas, apurar hasta la última y deliciosa gota.

—¿Estabas pensando en mí? —pregunto, y alargo el brazo hacia Notos para sujetar su erección por encima de los pantalones.

Aprieto el pulgar sobre la ancha cabeza.

Su sexo se crispa bajo mi contacto, un calor duro y latente—.

¿Pensabas que mi boca recorría tu cuerpo?

¿Pensabas en qué sentirías si nuestros cuerpos volvieran a encontrarse, a descubrirse?

Y pensar que podríamos habernos aliviado juntos en lugar de buscar el placer por separado.

Bajo mi contacto, su voluntad se debilita. Me alegro. Voy a derrumbarlo piedra a piedra. Y cuando lo único que quede sea polvo y ruinas, volveré a hacerlo de nuevo.

—Permíteme que te deje algo absolutamente claro —dice él—. Solo hay una persona a quien desee en esta vida, y esa persona eres tú. —La textura grave y terrosa de su voz recorre mi piel como crudos granos de arena—. Las cosas que imagino contigo…

Yo trago saliva.

—¿Qué es lo que imaginas?

Sus ojos se vuelven completamente negros.

—Quiero ocupar todas tus curvas con las manos.

Aferrarme a tu piel dispuesta y marcarla con mi boca, para que todos los que te miren sepan que eres mía.

—Yo entreabro los labios; sus palabras me sorprenden y me tambalean—.

¿Quieres saber lo que deseo? —Prosigue, acercándose.

Me coloca una mano en la curva de la cadera—.

Deseo que viertas la dulzura de tu garganta en la mía.

Deseo que me aprietes la polla con tu sexo.

Quiero que tus extremidades me obedezcan.

Quiero dejarte sin aliento y que tu corazón se desboque junto al mío.

Lo que deseo es… —su voz se vuelve aún más baja, si tal cosa fuera posible— todo lo que puedas darme.

No puedo moverme, ni hablar, ni respirar. Él prosigue:

—¿Acaso no ves el hambre que siento por ti, Sarai? ¿No reconoces las vueltas que doy en esta jaula, ansioso por cualquier resquicio de afecto que quieras compartir conmigo?

Siento una punzada bajo las costillas. Me falta el aliento al comprender el dolor que le ha ocasionado tanto deseo, tantas vueltas por la habitación, tanta espera, tanto anhelo. Mis defensas se ven completamente sobrepasadas.

—¿Y por qué me abandonaste? ¿Fue porque yo no era suficiente para ti?

Me mira como si lo hubieran abofeteado.

—No, Sarai —dice, de repente frío—. No es por ti. Es por mí. Es que…

Notos retrocede un paso. Solo uno. A mí se me encoge el corazón.

—Te vas a marchar.

Lo único que quiero es una explicación. Sinceridad. Pero él no deja de escaparse.

Su mirada se cruza con la mía. Me falta valor para interrumpir el contacto.

—Viajaremos a Mirash a finales de esta semana —me recuerda—. No lo olvides.

—No te preocupes —murmuro mientras él ya se retira—. No lo olvidaré.