El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 18 #5
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Se me encoge el corazón. Bueno. Por supuesto que era el único motivo que Notos tenía para llamar a mi puerta. Lo último que necesito es que padre vuelva a poner en duda nuestro compromiso. No estoy preparada para hablar con él ahora.

—¿Y no podemos… no podemos sencillamente dar un paseo?

Algo así me gustaría. Creo. Caminar junto al Viento del Sur por las calles de Ishmah. Intentar unir el pasado con el presente.

Pronto estamos recorriendo la Calzada del Rey en dirección a los jardines públicos.

Todo está en silencio, excepto por los sonidos que ascienden desde Ishmah.

Los cascos de los caballos. La cháchara de los mercaderes que cierran sus puestos.

El rumor de telas, la colada ondeando en tendederos de pelo de cabra desplegados entre edificios.

—Me he enterado de que el príncipe Balior y tú hablasteis en privado el otro día —murmura Notos, con las manos a la espalda, cuando giramos un recodo.

La luz de la luna ilumina los adoquines y derrama su resplandor de plata por los tejados. Yo reprimo el impulso de mirarlo.

—Así es. —Mis sandalias arañan el duro suelo.

Él vacila, y por el rabillo del ojo veo que también está reprimiendo el impulso de mirarme.

—No es asunto mío, pero no puedo evitar preguntarme por qué sigues dándole el beneficio de la duda teniendo en cuenta lo que sabemos de él.

No estoy segura de si sentirme satisfecha porque a Notos no le guste que hable con el príncipe o molesta por su falta de confianza en mí.

—El príncipe Balior no se rinde con facilidad y, dado que pretende quedarse, pongo mucho cuidado en no enfadarlo. Prefiero que crea que tiene una oportunidad de conseguir que cambie de opinión en cuanto al compromiso.

—¿Y podría suceder? —Me obliga a detenerme en medio de la calle. La entrada del jardín está a pocos pasos de distancia; sus puertas de hierro forjado son un escudo sobre hojas entrelazadas—. Que cambiaras de opinión, digo.

—¿Qué? —Lo contemplo, completamente desconcertada—. ¿Te refieres a cambiar mi opinión sobre Balior?

Él me mira con algo que creo que es temor.

—No es una pregunta tan difícil, ¿no?

Cuanto más estudio al Viento del Sur, más segura estoy de algo: le importo. Le importo más de lo que yo pensaba, más de lo que él está dispuesto a admitir. La mera idea me provoca calor de la cabeza a los pies.

—No —digo suavemente—. Supongo que no es difícil.

—¿Sientes algo por él? —Su mirada regresa a la mía, implorante.

—¿Aparte de desconfianza? No.

Entonces hago algo completamente estúpido: bajo la mirada hasta su boca, que se curva levemente en una media sonrisa, como si Notos se hubiese percatado de que mi atención ha cambiado.

—Lo cierto es que yo también quería hablar contigo —dice.

—Ah, ¿sí? —Estoy calmada, estoy absolutamente calmada—. ¿Sobre qué?

—Sobre el beso.

Ladeo la cabeza con curiosidad.

—¿Cuál de los dos?

El Viento del Sur escruta mi cara. Sus ojos descienden por mi cuello desnudo hasta el escote de mi vestido. Y siguen descendiendo hacia la curva de mis pechos y mi cintura. Se me queda la boca seca. Consigo no desmayarme por mera fuerza de voluntad.

—¿Importa eso?

No estoy hecha de piedra. He pensado una vergonzosa cantidad de veces en ambos besos.

Pero me niego a decírselo. No quiero contárselo a este inmortal que tiene más poder sobre mí del que sospecha.

Ahora me pregunto si el error ha sido mío, por haberlo invitado a dar un paseo por la ciudad al ocaso y haberme colocado tan cerca de su calor y su aroma.

—No dejo de decirme que debo dejarlo pasar —murmura—. Que no he de analizarlo todo con tanta profundidad. Pero… —  A lza la cabeza. Sus ojos están oscurecidos—. Lo deseaba. Y tú también lo deseabas.

La tierra tiembla repetidamente bajo mis pies. El mundo entero se tuerce.

—¿Estás seguro de eso? —Es lo primero que me sale por la boca…, y no tiene nada que ver con lo que siento.

Notos echa la cabeza hacia atrás y se pasa la mano por el rostro con fuerza. Yo apenas llego a captar su expresión herida, porque empieza a caminar a zancadas.

—Otra vez te marchas —espeto, con el estómago encogido al verlo alejarse—. Es lo que mejor se te da.

—Eso no es justo. —Gira en redondo y me clava una mirada de ojos ardientes—. Da igual cuántas veces intente comunicarme contigo, o cambias de conversación o me echas una culpa que no me merezco.

—¿Que no te mereces? —Casi se me salen los ojos de las órbitas—. ¿Lo dices en ser…?

—La mitad del tiempo no sé lo que quieres —me interrumpe con un aspaviento—. Quieres que me acerque. Quieres que me vaya. Quieres que te bese. Quieres que pare. Quieres mi compañía y al mismo tiempo la desprecias.

¿Acaso cree que es el único que se siente confundido?

—¿Te crees que para mí es fácil? —siseo—. Quiero estar cerca de ti, pero, a veces, siento que necesito echar a correr. No lo puedo explicar. Es como si mi cuerpo recordase lo que sentí cuando te marchaste, como si necesitase abandonarte antes de que decidas hacerlo tú por mí.

Él suelta un resoplido.

—Así que lo que estás diciendo es que es culpa mía.

—¿Qué? ¡No!

—Entonces, ¿qué es lo que quieres?

—No lo sé —digo entre dientes—. Lo que intento decirte es que…

—Claro que lo sabes —dice él—. Pero te da miedo.

¿Por qué no consigo hablar a las claras? Valiente estupidez de pregunta. Ya sé por qué. ¿Qué pensaría Notos si viera lo mucho que me aterroriza que me vuelva abandonar? Que me abandone cualquiera, en realidad.

El Viento del Sur contempla la calle desierta, con la expresión envuelta en sombras. El jardín público, tan cerca y sin embargo tan lejos. Ojalá hubiéramos llegado hasta las puertas de hierro. Quizá así se habría aclarado de alguna manera este malentendido.

—Creo que lo entiendo —dice.

¿Cómo lo va a entender? Si supiera lo que siento jamás se habría marchado. Seguramente vio algo que no deseaba, alguna flaqueza en mi interior.

—¿Sabes qué? Todo esto ha sido un error. —Me cruzo de brazos y me aparto de él—. Deberíamos regresar al palacio y hablar con padre. —Solo de pensarlo me pongo de peor humor aún—. Quizá sería mejor que hablásemos con él por separado.

Notos niega con la cabeza. Si no estuviese tan convencida del absoluto control que tiene, me preocuparía que fuera capaz de abrir un agujero en la pared de alguna tienda cercana de un cabezazo.

—¿Qué impresión dará eso ante la gente? —pregunta, alzando la voz—. Estamos comprometidos.

—¡Eso da igual! —grito—. ¡Nuestro compromiso nunca ha sido real!

Acabo de meter la pata. Me queda absolutamente claro al ver los ojos de Notos, que retrocede unos pasos. Se le escapa un gemido de dolor de entre los labios, demasiado roto como para ser una risa.

—¿Sabes por qué volví, Sarai? No fue porque tu padre me hubiese mandado llamar.

Fue porque pensé que nuestra historia no había terminado.

Pero desde el mismo momento en que entré en el salón del trono, dejaste claro que no tengo hueco en tu vida.

No sé por qué sigo luchando —dice entre dientes, obligándose a sacarse cada palabra rota de la garganta—.

No sé por qué sigo aferrándome a la esperanza.

Yo me esfuerzo por respirar. Me duele contemplar su dolor.

—¿La esperanza de qué?

—Como si no lo supieras.

Irrumpo en tromba en mis aposentos, con la ira de una tormenta. La puerta se cierra tan fuerte que tiemblan los cuadros de las paredes. Un único candil derrama un resplandor ambarino sobre las alfombras y las pesadas cortinas.

Veo la funda de mi violín en el armario abierto.

Descansa junto a mi atril, bajo el peso de numerosos estudios, sonatas, algún concierto entero, todo ello cubierto de polvo.

Me arrodillo junto a la funda y paso la mano por su forma oblonga.

Hubo una época en la que las emociones particularmente tempestuosas me obligaban a colocarme el violín bajo la barbilla y a pasar horas concentrada en la música hasta calmarme.

Sin embargo, en el momento en que mis dedos rozan los cierres de metal, algo se derrumba en mi interior. Aparto de mí la funda.

Suelto un gemido de frustración y me dejo caer sobre el colchón, despatarrada, para contemplar el techo.

Tengo toda la piel ruborizada, los pezones endurecidos.

Siento un apagado latido entre las piernas.

Cierro los ojos y me llevo las manos a los pechos.

Doy un leve apretón. No estoy segura de qué me resulta más humillante: que Notos haya sido capaz de destrozar mis defensas o que aún lo desee a pesar de su tajante negativa a explicarme por qué se marchó hace tantos años.

Vuelve a mí ese beso hambriento que nos dimos en público. Este compromiso es una farsa. En cuanto alguien lo examine con suficiente atención, toda la fachada se derrumbará. Y sin embargo, queda lo que tuvimos Notos y yo en su día. Eso perdura a pesar de mis intentos por destruirlo.

A veces, la mejor cura para la frustración sexual es la venganza sexual.

Me estoy levantando el vestido cuando un tablón chirría al otro lado de la pared.

Lentamente, me enderezo hasta quedar sentada entre las almohadas.

El suelo vibra bajo el peso de los pasos del Viento del Sur.

Se detiene, quizá cerca de la ventana. Imagino que está contemplando el laberinto, tal y como he hecho yo antes, y cuestionándose su propósito y su presencia.

Poco después vuelvo a oír sus pasos, y a continuación el chirrido de su cama al sentarse en ella.

Nuestras habitaciones tienen una disposición espejada, lo cual significa que su cama comparte pared con la mía.

Al pensarlo, se me dispara el pulso. Si hiciera falta, yo podría dar unos golpecitos en la pared y Notos podría responder.

Me estoy irguiendo sobre las almohadas cuando un sonido áspero llama mi atención.

Vuelve a oírse. Es un sonido de pura tensión, un gemido amortiguado.

Se me eriza todo el vello del cuerpo. Mis oídos reconocen lo que mis ojos no alcanzan a ver. Vuelvo a enderezarme, con las mantas arrebujadas entre las manos.