18 #4
Notos niega con la cabeza y la barba que cubre su mandíbula me raspa la mejilla. Se me encoge tanto el estómago que temo que desaparezca.
—Da igual —murmura él.
No puedo evitar sentir decepción. Había pensado que…, pero no, qué estupidez. Habíamos prometido mantener esta pantomima. Si lo que quiere el pueblo es ver un espectáculo, pues un espectáculo habrá de ver.
Alzo la cabeza y lo miro con ojos entornados. Nuestras bocas están separadas por apenas un pelo.
—Hazlo —murmuro.
Un beso casto. Apenas un roce pequeño e impersonal. Eso era lo que pretendíamos. Y sin embargo, en cuanto los labios de Notos tocan los míos, me abro para él, lo traigo hacia mí con la facilidad con la que la aguja enhebra el hilo, hacia la oscuridad aterciopelada del recuerdo.
En cuanto mi lengua toca la suya, algo se le rompe por dentro.
Suelta un gruñido bajo y me aprieta contra sí.
Me pasa los dedos por el cabello. Echa mi cabeza hacia atrás y devora mi boca hasta la última gota.
Su hambre es idéntica a la mía: un pozo sin fondo.
Me lleva hacia las profundidades, y yo me dejo llevar, olvidado cualquier recato.
No me esperaba esto, pero… es lo que deseo. Lo deseo a él, del mismo modo que un río desea llegar al mar. Las circunstancias que nos han obligado a unirnos no son ideales, pero no puedo negar que aún siento algo por este inmortal. Que lo ansío.
Resuena un «ooooh» colectivo, y nos separamos como dos conejos sobresaltados. La multitud que nos rodea es un borrón de colores. Siento la boca reblandecida, como un moratón. El Viento del Sur tiene el rostro casi tan rojo como el mío.
—¡Otra vez! —grita alguien—. ¡Otro beso!
—Creo que ya está bien por hoy —digo en voz alta para que me oigan desde el otro lado de la calle.
Notos me mira a los ojos, pero yo me apresuro a apartar la vista, porque me da miedo que perciba mi respiración alterada.
Desde luego, va a ser un día muy largo.
—Princesa Sarai, ¿podemos hablar un momento?
Me giro hacia el príncipe Balior. Hemos llegado al palacio hace menos de una hora. Aún siento la boca entumecida tras el beso de Notos. El Viento del Sur ha huido a sus aposentos como si lo persiguiese la mismísima muerte. Me digo a mí misma que no he de tomármelo como algo personal.
—Disculpa, príncipe Balior, pero tengo que cambiarme para la cena. ¿Te importa que hablemos mientras damos cuenta del cordero esta noche?
—Solo necesito cinco minutos de tu tiempo. —Da un paso al frente y yo capto un penetrante aroma a clavo, tan fuerte que me lagrimean los ojos—. Por favor.
A su semblante asoma una sinceridad que no he visto hasta ahora.
Casi parece desacostumbrada en sus facciones.
En cuanto hayamos tenido esta conversación, podré volver a no pensar en el beso.
Asiento y señalo hacia un salón vacío. El príncipe se deja caer en un sillón.
Yo ocupo el vecino, de color turquesa. Al otro lado de los altos ventanales arqueados de una pared se atisba el Monte Syr, que se alza hacia el cielo azul.
—En primer lugar —dice—, quería disculparme por mi comportamiento últimamente. —Se endereza en el asiento y me dedica una mirada directa—. Ha sido difícil aceptar el hecho de que hasta los planes mejor trazados se pueden torcer.
Asiento en señal de entendimiento, a pesar de la inquietud que se abre paso en mi interior.
—Disculpas aceptadas.
El príncipe parece aliviado. Se relaja entre los cojines.
—También quería pedirte disculpas por no haberte contado nada de mis investigaciones, tal y como te dije en el baile.
Te prometí ayudarte a encontrar una solución para el problema de los umbrandantes que atacan Ammara.
—Da un golpecito con el pie en el suelo y luego otro, y después lo deja inmóvil—.
Me considero un hombre de palabra y no he mantenido mi promesa.
—No te preocupes —lo tranquilizo—. Los dos hemos estado muy ocupados. No esperaba que dejases todo de lado para atender mis necesidades.
—Aun así, estoy decepcionado conmigo mismo.
—Se inclina hacia delante y apoya los codos en los muslos, con los dedos entrelazados suavemente entre las piernas—.
No me he esforzado al máximo y, como consecuencia de ello, he saboteado nuestra relación antes de que esta tuviese oportunidad de florecer.
Y ahora, los umbrandantes han atacado la ciudad…
Me siento fatal. Podrían haberte matado.
Que yo sepa, no ha habido hombres del príncipe Balior entre las bajas. ¿Significará eso que no se involucraron demasiado en la defensa de la ciudad? Es difícil de decir. En cuanto al resto, entiendo que siente remordimientos, pero lo hecho hecho está.
—Príncipe Balior…
—¿Puedo preguntarte por qué rompiste nuestro cortejo?
—M e estudia con aire reflexivo, como si fuese un animal al que debe diseccionar.
Yo siento el absurdo impulso de cubrirme el pecho con los brazos—.
Cuanto más pienso en el tema —prosigue—, más me cuesta creer que todo se haya estropeado por culpa de mis investigaciones.
A fin de cuentas, te había contado con toda sinceridad que me fascina el laberinto, ¿no?
—Así es.
El príncipe Balior asiente, satisfecho al ver confirmadas sus sospechas.
—¿Fue por algo que dije? ¿Te ofendí de alguna manera, o a tu cultura, o a tu pueblo?
Esta conversación parece más peliaguda de lo que yo había esperado. No quiero seguir ofendiendo al príncipe Balior y tampoco lo quiero enfurecer. Bastante inestable está ya Ammara; no puede defenderse de más tensiones. ¿Ha traído el príncipe Balior la oscuridad al corazón de Ammara?
—Sé que puede ser difícil de aceptar —digo—, pero el Viento del Sur y yo ya tuvimos una relación. Aunque una unión con Um Salim supondría ciertas ventajas, el Viento del Sur sigue siendo el ser más poderoso del reino. Atar mi vida a la de él proporciona ventajas innegables.
El príncipe Balior niega con la cabeza, con la boca torcida en un gesto que, decididamente, no es de humor.
—Eso es lo que no tiene sentido para mí, ¿entiendes? El rey Halim intentó unir nuestros reinos de forma bastante vehemente. Él también se enfureció al descubrir tu engaño. Me dio la impresión de que ahí residía otro de los motivos por los que rechazaste mi propuesta.
Desde nuestra conversación durante el baile, he estado pensando en cuál debería ser mi siguiente paso.
¿De qué serviría librarme yo si mi pueblo acaba conquistado a manos de Um Salim?
Pero quizá estoy gestionando mal todo este asunto.
He actuado basándome en meras suposiciones, no en la verdad.
No tengo pruebas. Y por ello, no le he dado al príncipe la oportunidad de defenderse.
—Si llegásemos a ser marido y mujer —empiezo a decir lentamente—, yo esperaría que actuases con integridad. Tendrías que ser alguien en cuya palabra puedo confiar.
—¿Y no puedes confiar en mi palabra?
«Respira hondo. Inspira, espira.»
—Vi algo que me llevó a poner en duda tus motivos para querer casarte.
—Ah. —Inclina la cabeza hacia delante, con una mano en la boca—. El ejército.
Luego alza la mirada, y yo experimento la sensación inconfundible de estar arrinconada, a pesar de que estamos sentados en una estancia espaciosa y que una brisa caliente sopla por las ventanas abiertas. Cuento con pocos segundos para decidir cómo reaccionar.
Replico con dos sencillas palabras:
—¿Por qué?
Él esboza una sonrisa un poco afilada y un poco maliciosa.
—Por el mismo motivo por el que tu padre apostó guardias en mis aposentos.
Por el mismo motivo por el que sus hombres me siguen a cada paso que doy.
No puedo olvidar la historia de nuestros reinos.
Entre Ammara y Um Salim hay tensiones políticas desde hace décadas.
¿De verdad me vas a culpar por desear un poco de seguridad al visitar un reino enemigo?
No, la verdad es que no puedo culparlo.
—¿Y por qué no le hablaste del ejército al rey?
—Claro que le hablé del ejército al rey.
—¿Qué?
—Con tantos ataques de umbrandantes, le pedí al rey Halim permiso para que mis hombres se refugiasen en la capital. Y aceptó.
Ni en mis sueños más alocados habría pensado que padre permitiría que un ejército entrase en Ishmah. A medida que avanza su enfermedad, me temo que su mente también se deteriora.
—Si sirve para calmar tus preocupaciones —dice el príncipe—, esta noche, durante la cena, le recordaré que mis hombres siguen en la ciudad. Si me pide que saque a mis tropas de la capital, ordenaré que se marchen sin discutir.
Desde luego, eso serviría para calmar un poco mis nervios.
—Gracias.
—¿Bastaría con eso para que te replantearas nuestro compromiso?
Apoyo las manos en el regazo. El brazalete emite un destello apagado.
—No lo sé —digo con toda honestidad. Es lo más que puedo decirle de momento—. Aunque esto haya sido un malentendido, sigo prometida con el Viento del Sur.
—Y ya has demostrado lo fácilmente que puede romperse una promesa. —Me dedica una mirada afilada.
Eso también es verdad. Tendré que pensarme qué es lo que quiero de verdad, qué es lo mejor para el futuro de Ammara.
—Me lo pensaré.
—Es todo lo que te pido. —El príncipe se pone en pie y me saluda con un cabeceo. Parece de mejor humor que antes de esta conversación—. Que tengas buen día, princesa Sarai.
Y así, el festival se va desarrollando. Cada noche, tras pasar tiempo en la ciudad, colocar ofrendas y pasear por los mercados, regreso a mis aposentos, deshidratada y quemada por el sol, pero contenta por haber pasado tiempo con mi pueblo.
Una noche, Notos llama a la puerta que conecta nuestras habitaciones.
Casi me tropiezo con las prisas para ir a abrir.
—Hola —digo sin aliento, apartándome mechones de pelo de los ojos.
El Viento del Sur alza una ceja con curiosidad.
—El rey Halim requiere nuestra presencia en sus aposentos.