18 #3
Sí, sí, todo tiene mucho sentido, pero son dos horas de camino hasta el Monte Syr. ¿Cómo voy a soportar estar pegada al Viento del Sur como si fuera un sello de cera?
Las puertas se abren, como gigantes de antaño.
Se suceden los vítores, los rostros más brillantes de Ishmah saludan a nuestra procesión con gritos gozosos y flores arrojadas a las calles.
La Calzada de la Reina serpentea por la colina central, flanqueada por miles de ciudadanos que se han reunido aquí para celebrar el festival.
Hay flores que adornan cada puerta, cada carromato, cada carreta.
Incluso han engalanado con guirnaldas los cuellos de cabras y perros.
Notos y yo nos balanceamos a lomos de la yegua. Yo me esfuerzo por ignorar el roce de su pecho contra mi espalda, pero este tiene el extraño poder de arrebatarme los pensamientos. El Viento del Sur apoya una mano en mi muslo; la noto pesada y caliente. Con la otra agarra las riendas.
Amir y Tuleen cabalgan al frente, con padre. Vaya suerte la nuestra: el príncipe Balior cabalga junto a nosotros a lomos de un capón de color castaño.
—Qué buen tiempo hace hoy —comenta el príncipe.
Yo le dedico una sonrisa con los labios apretados.
—Pues sí.
Espero que con esto concluya la conversación, pero entonces el príncipe Balior dice:
—¿Tendrás tiempo esta semana para tomar una taza de té?
—Lo dudo —interrumpe el Viento del Sur, irritado—. La princesa Sarai y yo vamos a estar muy ocupados. Supongo que lo entendéis.
El príncipe Balior aprieta los labios.
—Por supuesto.
Pasea la mirada entre los dos, con expresión dubitativa.
Notos y yo descansamos rígidos sobre la silla de montar.
Parecemos dos arbustos espinosos más que dos personas.
Me estoy pensando cómo responder cuando la mano de Notos sube por mi muslo y se aposenta en mi cadera.
Casi me ahogo con mi propia lengua. Es un gesto posesivo. Viene a decir: «mía».
El príncipe arruga el labio y mira al frente.
Azuza a su capón para que se lance al trote.
Espero que Notos aparte la mano ahora que el príncipe Balior tiene la atención en otra parte, pero la deja donde está.
Soy dolorosamente consciente del tacto de sus dedos, del calor que transmiten por encima de la tela de mi vestido.
Nos acercamos a la puerta que separa el anillo superior de los inferiores. Alguien lanza un ramo al suelo. Pétalos negros que la luz baja tiñe de violeta. Antes de que pueda digerir lo que acabo de ver, pasamos al trote y giramos un recodo del camino adoquinado.
La inquietud empieza a dominarme. Eran iris negras. Me acuerdo de esa mujer en el mercado hace más de un mes. Mi deber era denunciarla, pero… no le estaba haciendo daño a nadie, y mientras yo me mantenga lejos de esas flores mortales, no hay motivo para preocuparse.
Las ventanas engalanadas y las casas regias del anillo superior dan paso a las puertas agrietadas y los porches medio derruidos del inferior.
Hay basura amontonada en los callejones más estrechos.
La capital sigue en pleno proceso de reconstrucción tras el ataque de los umbrandantes.
Ayer, Amir y yo asistimos a una reunión con el consejo del rey para discutir lo que podríamos hacer para dar cobijo a quienes han perdido su hogar.
Se asignarán fondos para proporcionar refugio temporal hasta que se reconstruyan los edificios.
Como si percibiese mi inquietud, el Viento del Sur me pasa un brazo por el vientre y me da un apretón destinado a calmarme.
Yo me retuerzo, pero al cabo me permito apoyarme contra su pecho con un suspiro agradecido.
El latido de su corazón retumba en mi espalda.
Si no me equivoco, se le acelera el pulso.
Dos horas más tarde, ascendemos por el Monte Syr, donde la tierra está agrietada y enrojecida y el viento convierte la arena en cristal en lo alto del farallón.
Hace muchísimo calor. El sol es de una blancura brutal que se refleja por las colinas y aplasta las dunas de Ammara.
La procesión se detiene formando una medialuna alrededor del trono.
El rey Halim se arrodilla frente al pedestal, con la cabeza inclinada.
¿Estará suplicando, tal y como hizo hace un cuarto de siglo?
¿Estará negociando o exigiendo? Sea lo que sea lo que le ofrece al Señor de la Montaña, no lo dice en voz alta.
Amir y Tuleen son los siguientes. Una vez que elevan su plegaria, despejan el área y yo me arrodillo para luego inclinarme hasta que mi frente roza el primer escalón de piedra tallada.
«¿Señor de la Montaña?»
Un viento brusco sopla en mi espalda. Me estremezco al sentir su presencia, aunque no aparece.
«Hola, Sarai. ¿Qué has venido a ofrecerme?»
Por el rabillo del ojo veo que el príncipe Balior se acerca al Viento del Sur. Los dos conversan y el príncipe hace un gesto de evidente frustración con las manos. Para sorpresa de nadie, Notos mantiene la calma.
Centro mi atención en la tarea que tengo entre manos y digo:
«No he venido a ofrecerte nada. Estoy aquí para suplicar tu clemencia.»
El viento deja de soplar de repente. Varios miembros de la guardia real miran en derredor, inquietos.
Aquí, en lo alto del farallón, el aire siempre está en movimiento, fraguando tormentas lejanas.
Yo espero, con un hormigueo en la nuca, a que llegue la represalia del Señor de la Montaña.
Quizá debería haber formulado mi petición con algo más de reverencia.
«Por favor», insisto. «No quiero morir. Quiero vivir.
Quiero…» Mis uñas trazan medias lunas en las suaves palmas de mis manos.
«No me debes nada. Eso ya lo sé. Pero mi padre es un buen hombre que solo quería salvarme.
¿Por qué he de ser castigada por algo sobre lo que no tenía control?
No era más que un bebé.» Un aliento brusco golpea la parte posterior de mis dientes apretados.
«Por favor, te lo suplico. ¿Puedes ayudarme? »
Pero el Señor de la Montaña no responde.
Al volver al palacio, al rey Halim le sale al paso una mujer muy alterada que sostiene un bebé contra su pecho. El niño está enfermo, tiene el rostro pálido y los ojos amarillos. A pocos pasos tras el rey, yo me quedo petrificada sobre el caballo que comparto con Notos.
—Por favor —dice la madre, y alza al bebé hacia el rey—. Os pido vuestra bendición, majestad. He suplicado al Señor de la Montaña, pero ignora mis ruegos. Sois la última esperanza que me queda de que mi hijo viva.
Uno de los soldados empieza a apartar a la mujer, pero padre alza una mano.
—Esperad. —Encorvado sobre su silla, contempla pensativo a la mujer y luego se vuelve hacia uno de sus guardias—. Ayúdame a bajar del caballo.
El Viento del Sur también desmonta y se coloca cerca del rey como medida de protección.
Yo veo que padre alza al bebé en sus brazos.
Recuerdo una época en la que dispensaba bendiciones con toda generosidad.
Iba una vez al mes a la ciudad. Jóvenes, viejos, sanos y enfermos: a nadie le negaba su bendición.
Sin embargo, tras la muerte de Fahim, dejó de procesionar por las calles.
Prefirió encerrarse tras los muros del palacio.
Padre le planta un beso al bebé, y empieza a formarse una cola. La bendición del rey tiene más valor que el dinero. Lentamente, padre avanza por la cola hasta que perdemos de vista su corona.
Mientras tanto, la gente deja de prestar atención al rey Halim y se centra en el Viento del Sur.
En un primer momento no capto qué es lo que dice la multitud.
Los sonidos de la ciudad ahogan cualquier voz que no esté muy cerca.
Al cabo, sin embargo, entiendo cuál es el tema de conversación: mi compromiso con Notos.
Vacilo y luego me bajo de Zainab. La guardia real está obligando a retroceder a la gente.
—Tienen mucho interés en ti —le murmuro al Viento del Sur.
Desde sus sillas de montar, Amir y Tuleen contemplan las bendiciones que dispensa a sus ciudadanos el rey Halim.
—¡Que le dé a la princesa un beso! —grita alguien.
La multitud se agita, incapaz de controlar la boca. «¿Un beso? ¿Lo he oído bien?» Ir de la mano como pareja de prometidos es inofensivo. Besarse es harina de otro costal. El príncipe Balior sigue sentado a horcajadas sobre su caballo, con la mandíbula tensa y expresión ultrajada.
—¿Decís que estáis prometida de verdad con el Viento del Sur? —exclama otra persona—. ¡Demostradlo!
Pronto, una segunda voz se une a la primera, y luego una tercera, hasta que el cántico resuena a nuestro alrededor:
«Que se besen, que se besen, que se besen, que se besen.»
Yo carraspeo y centro mi atención en Notos, cuyos ojos se han posado en mi cara.
De su turbante asoman mechones de cabello oscuro.
Tiene aspecto… no exactamente amedrentado, pero sí cauteloso.
Siento calor en las mejillas a medida que transcurren los instantes.
Habíamos hecho un trato. Notos juró ayudarme hasta que el príncipe Balior se marchase de Ammara.
Si este ve que la mujer que le prometieron le da un beso a otro hombre…
, eso podría bastar para que se marchase de Ishmah de una vez por todas.
No estoy segura de quién se pone primero en movimiento, pero, de alguna manera, de pronto me encuentro entre los brazos del Viento del Sur, como si hubiésemos acordado irrevocablemente hacer todo lo necesario para mantener esta farsa, y al infierno con las consecuencias.
Se me nubla por un momento la vista cuando su aroma me rodea.
Suelto un suspiro pegada a su pecho. Notos se pone rígido.
—Esto no significa nada —murmuro, solo para sus oídos.
«Que se besen, que se besen, que se besen, que se besen, ¡que se besen!»
—Claro. —Deposita su ancha mano en mi cadera—. No es más que una farsa.
Yo le agarro el frontal de la túnica cerrando el puño para que no me tiemble la mano.
—Exacto.
Sus ojos se acaloran. Creo que no me lo estoy imaginando.
—¿Y si…?
Me quedo sin aire en los pulmones.
—¿Qué?