El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 18 #2
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—Sé lo difícil que es colocarte en una posición vulnerable, Sarai.

Lo creas o no, yo pasé por algo muy parecido con Amir al principio de nuestra relación.

Tardó mucho en abrirse a mí. Creí que jamás llegaría a hacerlo.

Supongo que lo que digo es que… no quiero que te pierdas al amor de tu vida por culpa del miedo.

Me tiemblan los labios. Los aprieto hasta que casi ­desaparecen.

—Notos podía entrar —digo con un gruñido grave y ronco—. Siempre pudo entrar. Yo quería ser su casa. Pensé que lo era.

Le di mi corazón. Se lo di todo.

—Quizá lo sigas siendo —murmura Tuleen.

Tengo ganas de gritar, o de huir. Correr hasta que se me arruguen los pulmones y me cedan las piernas, y que el desierto haga lo demás.

Pero… basta. Ya basta de tantas posibilidades.

No se puede cambiar el pasado. No puedo gastar más energía poniendo en duda algo que sé que no es cierto. Notos no es mío. Jamás lo ha sido.

Me pongo en pie con aire rígido y me aliso las arrugas del vestido.

—Discúlpame, he de atender un asunto.

Me planto en el otro lado de la estancia en tres zancadas. Roshar nos mira a las dos, confuso. Si alguien se da cuenta de las lá­grimas que me corren por la cara, me limitaré a decir que se deben al sol.

El Festival Anual de la Lluvia llega con un tajo de luz rojiza que asoma por entre las densas nubes del este.

Empieza a mediodía, en el Monte Syr, donde se hace una ofrenda al Señor de la Montaña, una plegaria para invocar las lluvias que Ammara necesita tan amargamente.

Concluye al quinto día con un gran baile que se celebra en honor de nuestro dios más querido.

Me pongo un ligero vestido de lino y me coloco una corona de laureles en la sien.

Aplico algo de color a mis mejillas y kohl bajo los ojos.

Aprieto los labios ante el espejo. No hay manera de disimular estos mofletes hinchados.

Anoche me desperté dos veces. Una de ellas, porque el Señor de la Montaña me susurraba al oído, recordándome que se acerca mi hora.

La otra fue por el sonido de los pasos de Notos al dar vueltas por su habitación.

Me pregunté qué se habría puesto para dormir, si solo llevaba los pantalones, o bien nada en absoluto.

No estoy segura de cuál de las dos imágenes rondó más mis pensamientos.

Pero no puedo evitar el día de hoy, así que me preparo para lo que está por venir y me giro hacia la puerta que conecta nuestras habitaciones. Me encuentro a Notos ya en el umbral, su silueta rodeada de un halo de luz ambarina.

Parpadeo, sorprendida, y se me hace un nudo en el estómago.

—Me has asustado. —Se me ocurre otra idea de repente—: ¿Me estabas mirando?

Como respuesta, Notos me recorre de arriba abajo con la vista. Siento calor en el rostro.

—Ya estás vestida.

No llego a descifrar su tono. ¿Sugiere acaso que preferiría que no lo estuviese? En cuanto se me ocurre esa idea, me apresuro a descartarla.

Notos entra en la habitación, una sombra más en medio de la oscuridad.

Yo retrocedo hasta la ventana. La luz anacarada del alba asoma por el cristal polvoriento.

Desde este ángulo, el sol naciente derrama un resplandor naranja por toda la estancia y se refleja en la túnica verde de Notos, en los rizos de su cabello despeinado.

—¿Por qué me has estado evitando? —pregunta.

Con los brazos cruzados, le dedico una mirada fría.

—Qué raro —digo—. Me daba la impresión de que eras tú quien me evitaba a mí.

Desde que pasé por el dispensario, no le he visto el pelo. Y no porque no lo haya intentado.

Él me contempla, confuso.

—¿Y qué motivo tendría yo para evitarte, aparte de cumplir con mis patrullas?

No me digno a responder, porque me temo que tiene muchos motivos y no quiero saberlos.

—¿Eres consciente de que hay una puerta que conecta nuestras habitaciones? No es difícil llamar si deseas mi compañía.

—Tú tampoco has llamado.

—¿Esperabas que llamase?

Se me escapa la pregunta. Trago saliva, consciente de que no puedo respirar. Notos tamborilea con un dedo en su muslo, junto a la espada envainada.

—¿Pasa algo si lo esperaba?

Sus ojos oscuros se cruzan con los míos. Eso sí que no me lo esperaba. No sé qué responder. Este inmortal me exaspera muchísimo. No consigo obligarme a ceder, por mera cabezonería.

—Si quieres pasar tiempo conmigo, lo único que tienes que hacer es llamar a la puerta —digo, contenta de sonar impertérrita en medio de esta conversación tan incómoda.

—Me resultaría más sencillo acercarme a ti —dice— si no actuases como si pudiese contagiarte la viruela.

«¿En serio?»

—Yo no actúo como si pudieses contagiarme la viruela. —Él me lanza una mirada incisiva. Está bien, quizá sí que me comporto así, un poco. Un poquito. Una pizca. Pero es solo para evitar los impulsos de mi cuerpo cuando está cerca…, tan cerca como ahora—. Está bien. ¿Deberíamos ir de la mano?

Notos cambia el peso de un pie a otro, claramente tenso.

—¿No se ve eso con malos ojos en tu cultura? Me refiero a las muestras públicas de afecto.

Sigo notando que me ruborizo, por las mejillas y el cuello.

—Las parejas de prometidos pueden agarrarse de la mano, incluso en Ammara.

Pero tienes razón. Ha sido una idea estúpida.

Olvida que lo he mencionado. —«Estúpida, estúpida, estúpida»—.

Acabemos con esto, ¿te parece? Si desempeñamos bien nuestro papel, convenceremos al mundo (y al príncipe Balior) de lo mucho que nos amamos.

El príncipe acabará por darse por vencido.

Aceptará la derrota y se marchará con su ejército.

Juntos descendemos las escaleras hasta el patio frontal, donde ya están padre, Amir y Tuleen, con los caballos listos para ir hasta el Monte Syr.

Se oyen vítores al otro lado de las puertas cerradas; los ciudadanos de Ishmah se han reunido por las calles.

Tras ellos hay guardias dispuestos en hileras de a dos, al menos cuarenta hombres.

Mi cuñada lleva un sencillo vestido color oliva que acentúa el verde de sus ojos avellana. Me dedica una sonrisa tímida y yo se la devuelvo, avergonzada por el modo en que me marché del taller de Roshar a principios de semana. Tendré que pedirle disculpas cuando pueda.

No sé si Amir y Notos han llegado a hacer las paces desde que mi hermano amenazó con atravesar al dios con su espada, el muy necio.

Para mi absoluto horror, el príncipe Balior ya está sobre su montura y me observa con una mirada intensa.

Cuando su atención cae sobre el Viento del Sur, Balior frunce el ceño, aunque capto un pequeño aleteo de pánico en su semblante.

El Viento del Sur se inclina ante el rey.

—Majestad.

—Padre. —Con un tenso cabeceo, cojo las riendas de Zainab que me tiende un mozo de cuadra. Mi yegua golpea el suelo con los cascos sonoramente.

El rey Halim pasea la vista entre Notos y yo. Me retumba el corazón, enfermizo, pues espero alguna pulla hiriente o mirada de desaprobación. Sin embargo, en la boca del rey asoma una mueca triste. Si yo fuese menos cínica, casi creería que es remordimiento.

—Sarai…

—Será mejor que no lleguemos tarde al inicio de la ceremonia, ¿verdad, papá?

Mantengo su mirada acuosa hasta que padre la aparta.

Este es el último lugar donde yo querría abordar el tema de nuestra última discusión, sobre todo porque está presente el príncipe Balior.

Bastante difícil va a ser ya este día. He de mostrarme dichosa, entretenida, contenta, independientemente de la culpabilidad que rodea a este falso compromiso, del rencor que siento hacia mi padre.

—Sí —grazna padre, de pronto dubitativo—. Tienes razón. Sería de mal gusto llegar tarde, y no quiero ofender al Señor de la Montaña.

Por fin, se dirige al frente de la procesión y me deja algo de espacio para respirar.

El Viento del Sur se inclina hacia mi oreja.

—¿A qué ha venido eso? —murmura.

Yo niego con la cabeza, demasiado inundada por las emociones como para hablar. Zainab me da un golpecito en el hombro con el hocico. Yo le acaricio el cuello; el movimiento me calma. Con Zainab puedo ser yo misma.

Me dirijo al frente de la procesión y, de repente, una mano cálida y sólida cae sobre la mía.

Mi cabeza latiguea hacia Notos, que me contempla con esos ojos tan profundos.

Oigo aquello que no dice: «Estoy contigo».

Su mano y la mía están fuertemente agarradas.

El gesto significa para mí mucho más de lo que puedo expresar con palabras.

—Pensaba que no querías llamar la atención con muestras públicas de afecto —digo, aunque esbozo una mueca sonriente. No hay animadversión en mis palabras. Solo son cálidas.

Notos esboza una media sonrisa, reflejo de la mía.

—He pensado que podríamos hacer lo que haga falta para acelerar la partida del príncipe Balior.

Me da un tierno apretón en la mano y me ayuda a montar en Zainab. Segundos después, se sube a la silla de montar, a mi espalda. Sus fornidos muslos se pegan a los míos y su ancho pecho me acaricia la espalda.

A mí se me desorbitan los ojos. Me quedo rígida.

—¿Qué haces? —Intento deslizarme hacia delante, pero la curva de la silla de montar me obliga a pegarme a él. Me quedo quieta, manteniendo incómodamente la postura, envarada—. ¿Dónde está tu caballo?

—Vamos a cabalgar juntos.

—¡Eso no es una respuesta!

Veo que Amir nos contempla con interés —y quizá un poco de repugnancia hacia el Viento del Sur—, así que modero mi ­expresión y aparto la sorpresa y el pasmo de mis facciones.

Se supone que Notos y yo estamos enamorados. Que somos felices. Que cada uno está cómodo en compañía del otro. Buena parte de mí desearía que así fuese, que no tuviésemos que actuar frente a miles de espectadores. Que alguien pudiera amarme solo por ser Sarai.

—Pretendo mantenerte cerca —me explica. Yo muevo la cabeza y sus labios rozan la cuenca de mi oreja. Me muerdo la lengua para reprimir el gimoteo que amenaza con salir de entre mis labios—. Tras el último ataque, no pienso arriesgarme.